Peter sonrió y dejó caer la camisa.
– No. Sólo hormonas salvajes.
Los otros hombres, que finalmente habían dejado de mirarme de soslayo después del incidente en que me vieron «desnuda en el patio", ahora me miraban con renovado interés. Sonreí, esforzándome por no gruñirles y luego volví rápidamente al bosque.
Jeremy, dos de la partida y yo estábamos revisando los arbustos en el cuadrante nordeste del bosque cuando escuchamos un grito, esta vez tan urgido que corrimos al lugar. Cuando llegamos, Nick y dos de la partida estaban junto a un cuerpo. Nick alzó la vista y me dirigió una mirada que decía que había intentado evitar que los hombres vinieran a este lugar. Jeremy y yo fuimos junto al cuerpo y lo miramos. Era el hombre desaparecido. Su camisa estaba rasgada en el cuello y llena de sangre. Tenía la garganta abierta, con colgajos de carne. Las cuencas vacías donde habían estado sus ojos nos miraban. Lo habían encontrado los cuervos o los buitres antes que nosotros. Además de los ojos, le habían picoteado el rostro y habían dejado agujeros sangrientos a través de los cuales se veía el hueso blanco. Su camisa y su cabeza estaban rodeadas de pedazos de carne, como si la gente hubiese espantado las aves de rapiña cuando se daban su festín.
– Igual que los otros -dijo un hombre y luego dejó de mirar.
– Hay una diferencia -dijo otro-. No se lo comieron. Por lo menos no los perros. Supongo que lo hicieron los pájaros; los hijos de puta no perdieron el tiempo.
Un hombre más joven de pronto se dio vuelta y corrió al bosque. Segundos más tarde lo oímos vomitar. Dos de los hombres sacudieron la cabeza en una expresión de conmiseración, y los dos se veían también un poco verdes. Mi estómago tampoco estaba del todo bien, aunque eso no tenía nada que ver con el cadáver. Cuando el hombre más joven terminó de vomitar, se quedó callado un momento y después salió corriendo de la espesura.
– ¡Vengan! ¡Tienen que ver esto!
Sabía lo que había encontrado. Lo sabía y temía entrar en la espesura para confirmar mis sospechas, pero Jeremy me empujó hacia delante. Cuando me metí entre los árboles, el olor del vómito me provocó más nauseas. Luego miré el suelo, siguiendo la dirección que indicaba el joven con el dedo. En el suelo húmedo había huellas de animal.
– Miren el tamaño -dijo el joven-. Dios, son grandes como platos. Como dijeron esos chicos. ¡Estos perros son inmensos!
Al observar los árboles, alcancé a ver algo en un espino. Un poco de pelo dorado que brillaba incluso a la sombra. Mientras todos los demás miraban las huellas, fui hasta el arbusto, me paré delante, extendí la mano hacia atrás y metí el pelo en mi bolsillo. Luego busqué a ver si había más. Como no encontré, miré las huellas, tan reconocibles como las huellas de un par de zapatos familiares. Al mirarlas me sentí mal. Después la desilusión se convirtió en otra cosa. Furia.
– Tengo que irme -murmuré mientras me empezaba a alejar.
Nadie intentó detenerme. Los humanos supusieron que era una reacción demorada por el cadáver y la Jauría no quería hacer escándalo.
– ¡Clayton! -grité al dejar que se cerrara la puerta detrás de mi.
Clay apareció en la puerta de la cocina, con una cuchara de madera en la mano.
– No tardaron mucho. Ven y haz el café.
No me moví.
– ¿No me vas a preguntar si encontraron al hombre desaparecido?
– Eso implicaría que me importa.
– Lo encontraron.
– Me alegro, así que se irán. Tanto mejor. Ahora ven y…
– Encontré esto junto al cuerpo -dije, sacando los pelos de mi bolsillo.
– Parece mío.
– Es tuyo. Y también estaban tus huellas allí.
Clay se apoyó en el marco de la puerta.
– Mi pelo y mis huellas en el bosque. Qué curioso. Espero que no estés insinuando lo que creo, cariño, porque si lo recuerdas, yo estuve contigo toda la noche, que es cuando Tonio dice que desapareció este tipo.
– No estabas conmigo esta mañana cuando me desperté.
Clay casi deja caer la cuchara.
– ¡Me fui cinco minutos! ¿Cinco minutos para rastrear a un tipo y matarlo? Soy bueno, pero no tanto.
– No tengo idea de cuánto tiempo te fuiste.
– Sí que lo sabes, porque te lo estoy diciendo. -Los vestigios de buen humor desaparecieron del rostro de Clay al acercárseme.
– No lo hice. Usa la cabeza, Elena. Si hubiese perdido el control y matado a ese tipo te lo habría dicho. Te habría pedido que me ayudaras a deshacerme del cuerpo y a decidir qué decirle a Jeremy. No habría estado retozando en la laguna mientras hubiera un humano en nuestro bosque, a la espera de que lo encontrara otro grupo de cazadores.
– Creíste que tenías más tiempo. Pensabas ocultar el cuerpo más tarde, luego de quitarme de ahí.
– Eso es mentira; lo sabes. No te oculto nada. No te miento. No te engaño. Nunca.
Me adelanté con el rostro en alto.
– ¿De veras? No sé por qué olvido la discusión que tuvimos antes de que me mordieras, cuando me dijiste lo que pensabas hacer. Supongo que es una amnesia conveniente.
– No lo planeé -dijo Clay, erguido delante de mí. La cuchara de madera se rompió en dos cuando apretó el puño. -Ya hablamos de eso. Sentí pánico…
– No quiero oír tus excusas.
– ¿Nunca quieres oírlas, verdad? Más bien quieres hablar de cosas que no hice. y después meter eso en el medio cuando aparece la oportunidad. ¿Por qué me molesto en defenderme? Tú ya sabes todo lo que hago y no hago y los motivos. Nada que yo diga puede cambiar eso.
Se dio vuelta y volvió a la cocina. Yo giré en sentido contrario, caminé hasta el estudio y cerré la puerta de un golpe.
Sentada en el estudio, advertí sorprendida que no tenía el impulso de huir. Mi pelea con Clay no me había dejado con el impulso irresistible de escapar de Stonehaven. Lo de anoche había sido un error, pero del que había aprendido algo. Había bajado la guardia, cediendo a mi deseo inconsciente de volver a estar con Clay ¿Y qué pasó? A las pocas horas me estaba mintiendo. En el momento mismo en que estábamos en el bosque, mientras yo dormía, él estaba dando rienda suelta a su lado más oscuro. No cambiaría. No podía cambiarlo. Era violento, egoísta y no se podía confiar en él. Me hizo falta una noche para volver a darme cuenta de eso, y valió bien la pena.
Unos veinte minutos más tarde, se abrió la puerta del estudio y Nick miró al interior; Yo estaba acurrucada en el sillón. Cuando abrió la puerta me enderecé.
– ¿Puedo entra?? -preguntó.
– Huelo comida. Si la compartes eres más que bienvenido.
Entró al cuarto y puso un plato de panqueques y jamón en el banquito. Los panqueques no tenían ni manteca ni jarabe de arce.
Tomé uno y lo tragué demasiado rápido como para sentirle el gusto, para no recordar quién los había hecho y por qué.
– ¿Se acabó? -pregunté.
Nick se dejó caer en el sofá y se estiró.
– Casi. Llamaron a más policías del pueblo. Están allí ahora. Jeremy y Peter me enviaron.
Antonio atravesó la puerta.
– ¿Están investigando? -preguntó mientras sacaba las piernas de su hijo de encima del sofá para sentarse.
Nick se encogió de hombros.
– Supongo que sí. Trajeron cámaras y una bolsa de cosas. Viene alguien de la morgue a buscar el cuerpo.
– ¿Crees que encontrarán algo? -me preguntó Antonio.
– Con suerte, nada que no vincule el asesinato a un perro salvaje -dije-. Si parece claro, probablemente cierren la investigación rápido y dediquen sus esfuerzos a encontrar los penos. No tiene sentido buscar evidencias cuando los presuntos asesinos nunca irán a juicio.
– Tan sólo un disparo de escopeta -dijo Antonio-. Si ven la mínima señal de una pelambre en el bosque, van a disparar. Cuando necesitemos correr, vamos a tener que encontrar algún lugar lejos de aquí y de Bear Valley.