Nick nos llevó a un bosque que ya habíamos utilizado; pasamos una entrada y recorrimos el camino abandonado de una maderera, raspando la base del piso del auto contra el suelo demasiadas veces. Mi auto no estaba en buen estado, y yo sospecha ba que abajo tenía más herrumbre que chapa, aunque nunca me decidí a poner a prueba mi teoría. Jeremy me ofrecía restaurarlo o comprarme otra cosa. Hice suficiente escándalo como para que nunca se sintiera tentado de "sorprenderme" con un auto nuevo o restaurado. No es que me molestara arreglar mi Camaro, aunque más no fuera para prolongarle la vida útil, pero me aterrorizada la idea de que si yo le permitía a Jeremy meter mano, él lo haría pintar de rosa.
En el interior del bosque, Nick detuvo el auto y lo dejó con el cambio puesto. El motor se apagó con un sonido poco sano. Traté de no pensar en el asunto, porque podía implicar que no se volvería a encender y eso sería realmente malo. Estar varada en un bosque del estado de Nueva York, fuera del alcance del celular, con un auto muerto y dos tipos que no distinguían el aceite del anticongelante.
Mientras nos internábamos en el bosque, Nick siguió hablando.
– Luego de arreglar este asunto, tendríamos que hacer algo. Ir a alguna parte. Tomarnos unas vacaciones. Quizás a Europa. Clayton tenía que ir a esquiar conmigo a Suiza este invierno pero no fue.
– No me eché atrás -contestó Clay. Caminaba adelante, abriendo el camino en medio de la maleza, quizá tratando de ayudar, pero lo más probable es que no quisiera caminar conmigo-. Nunca dije que iría.
– Sí que lo dijiste. En Navidad. Tuve que perseguirte para preguntártelo. -Nick se volvió hacia mí – Apenas apareció durante toda la semana que la Jauría estuvo en Stonehaven. Estaba tan metido en sus estúpidos libros y papeles. Esperaba que aparecieras tú y como no fue así… Clay le dirigió una mirada y Nick se detuvo. Como sea, dijiste que vendrías a esquiar. Te pregunté y gritaste algo que sonaba como sí.
– Hmmm.
– Exacto. Eso. Bueno, no fue realmente un sí, pero tampoco un no. Así que me debes un viaje. Iremos los tres. ¿A dónde quieres ir cuando se acabe todo esto, Elena?
Iba a decir "a Toronto", pero no lo hice. Rechazar los planes de Nick cuando intentaba suavizar las cosas era como decirle a un hijo que Papá Noel no existe porque uno ha tenido un mal día. No era justo y él no lo merecía.
– Veremos -dije.
Clay me miró a los ojos por sobre el hombro. Sabía exactamente lo que quería decir. Con una mueca de disgusto, volvió a mirar hacia delante, quitó una rama del camino y fue en busca de un lugar para Cambiar.
– No estoy segura de que sea una buena idea -le dije a Nick luego de que se fuera Clay-. Tal vez sería mejor que yo esperara en el auto.
– Vamos. No hagas eso. Puedes descargarte un poco. Ignóralo.
Estuve de acuerdo con él. Bueno, en realidad no alcancé a estar de acuerdo. sino que Nick se fue antes de que pudiera discutirle y él seguía teniendo las llaves de mi auto.
Ignóralo. Buen cunsejo. Un muy buen consejo. Pero en términos prácticos tenía tanto valor como decirle a alguien que tiene miedo a las alturas que no mire hacia abajo.
Cuando salí de la naturaleza luego de Cambiar. Clay estaba allí. Dio un paso atrás, olisqueando. Luego abrió la boca con la lengua colgando y con una sonrisa de lobo como si no nos hubiésemos peleado. Por más que quería. no pude sentir ira, como si la hubiese dejado en la espesura junto a mi ropa.
Lo vigilé por un momento, y luego con cautela comencé a esquivarlo. Casi lo había pasado cuando, se dio vuelta y me atacó de costado, tomándome la pata trasera para hacerme caer. Saltó sobre mí. Rodamos por la maleza hasta dar contra un arbolito y hacer huir a una ardilla hacia otro lugar más seguro, mientras nos mascullaba sus quejas a la carrera. Cuando finalmente logré zafarme, me puse de pie y empecé a correr. Detrás de mí, Clay venía trotando en medio del bosque. A los diez metros de carrera, oí un chillido y luego sentí temblar el suelo con la con la caída de Clay. Miré sobre el hombro para verlo mordiendo y tironeando de una enredadera enganchada en su pata delantera. Me detuve para darme vuelta e ir a buscarlo, pero entonces vi que se liberaba y volvía a correr. Advirtiendo que se me acercaba, giré para continuar y choque contra algo sólido, di una vuelta de carnero y fui a caer sobre unas ortigas.
Alcé la mirada y vi a Nick parado sobre mí. Con un gruñido toda la dignidad que pude reunir, me puse de pie. Nick dio un paso atrás u miró, riendo con los ojos mientras me desenganchaba de las ortigas. Por el rabillo, vi que Clay se le acercaba a Nick sigilosamente por detrás. Se agachó, con la cola en el aire, y saltó contra Nick, que fue a caer sobre las ortigas. Cuando Nick luchaba por ponerse de pie, fui junto a él y le lancé un resoplido: “Te lo mereces”. Me tomó de la pata delantera y me hizo caer. Luchamos un minuto antes de que yo lograra liberarme y colocarme junto a Clay.
Mientras Nick se quitaba las ortigas, Clay frotó su hocico contra el mío y su aliento caliente me agitó la piel del cuello. Mientras lo frotaba con mi hocico, una parte aturdida de mi cerebro me recordó que estaba enojada con él, pero no podía recordar por qué y no me importaba. Nick caminó en torno de nosotros, frotándose y olisqueando a modo de saludo. Cuando pasó un poco demasiado tiempo olisqueando cerca de mi cola. Clay gruñó y Nick retrocedió.
Luego de unos minutos, nos separamos y comenzamos a correr. Clay y yo nos peleábamos por ir primeros. Nick iba contento con quedarse detrás. El bosque estaba lleno de olores, incluso de rastros de ciervos, pero mayormente eran rastros viejos. Tuvimos que correr unos mil metros antes de percibir el olor que estamos buscando. Un ciervo vivo. Sentí un estallido de energía y corrí hacia delante. Detrás. Nick y Clay me seguían en medio del bosque casi en silencio. Sólo los delataba el susurro de las plantas muertas bajo sus pies. Entonces cambió el viento y nos lanzó el olor del ciervo a la cara. Nick lanzó un gañido de excitación y se puso a mi lado, tratando de tomar la delantera. Le tiré un mordisco, que alcanzó a atrapar un pedazo de su oscura piel mientras él se apartaba de mi camino.
Al ocuparme de Nick, advertí que Clay no venía detrás. Me detuve, luego me di vuelta y caminé hacia atrás. Estaba parado a unos cinco metros, olisqueando el aire. Cuando llegué junto a él. Me miró a los ojos y supe por qué se había detenido. Ya estábamos suficientemente cerca. Era el momento de hacer un plan. Puede parecer tonto pensar que el ciervo es peligroso, pero no somos cazadores humanos que nunca se acercar a más de treinta metros de su presa. Los cuernos pueden desjarretar a un lobo. Un casco que dé en el blanco puede destrozar un cráneo. Clay tiene una cicatriz de treinta centímetros donde le dio el casco de un ciervo. Hasta los lobos salvajes saben que cazar un ciervo requiere cautela y planificación.
Planear no quiere decir discutir el asunto, ya que la comunicación a tan alto nivel es imposible en nuestra forma de lobos. A diferencia de los humanos, sin embargo, teníamos algo mejor: el instinto y un cerebro con patrones de conductas incorporados que habían dado buenos resultados a miles de generaciones. Podíamos evaluar la situación, recordar un plan y comunicarlo con la mirada. O, al menos, Clay y yo podíamos hacerlo. Al igual que sucedía con muchos licántropos, Nick no sintonizaba Los mensajes que le enviaba su cerebro de lobo, o su cerebro humano no confiaba en ellos. No importaba. Clay y yo éramos el Alfa allí, de modo que Nick seguiría nuestras órdenes sin necesidad de explicaciones.