Fue hasta la ventana y corrió las cortinas. La puerta estaba abierta un poco, como si alguien la hubiese cerrado desde afuera donde no había manija.
– Se fue -dije-. Debe haber venido a investigar.
Clay asintió y me pasó con rumbo a la puerta. Volvimos al auto. A continuación Clay recorrió los estacionamientos en busca del Mercedes o el Acura En realidad no los recorrió, se metió en ellos a toda velocidad, dio vueltas y salió despedido. En el estacionamiento detrás del negocio de ropa Drake's Family Wear, encontramos el Acura de Marsten.
Sólo me estaba suponiendo que el Acura era de Marsten, pero era una buena apuesta. Le Blanc pudo haber tenido un ingreso fijo mientras vivía una vida normal en Chicago, pero por lo que se veía en su cuarto de hotel, en estos tiempos no tenía plata para autos de lujo. Marsten, en cambio, era muy exitoso… en su carrera de ladrón. En realidad el robo es la ocupación principal de los callejeros. Su estilo de vida no los alienta a quedarse en un pueblo el tiempo suficiente como para tener un empleo fijo. Y aunque tuvieran la inclinación a echar raíces, no podía durarles. Por lo menos en Estados Unidos, la Jauría rutinariamente perseguía a los descastados que parecían acomodarse a una vida sedentaria. Formar un hogar significaba adueñarse de un territorio y eso sólo lo podía hacer la Jauría Por eso la mayoría de los callejeros iban de ciudad en ciudad, robando lo suficiente como para mantenerse vivos. A los descastados les iba mejor. Marsten se especializaba en joyas, es decir, joyas de los cuellos y de los cuartos de mujeres maduras y solitarias. Tenía dinero y se consideraba mejor que los otros callejeros. A la Jauría no le importaba que pudiera hablar cinco idiomas y no tocara un whisky que tuviera menos años que él. Un callejero era un callejero.
Clay desaceleró detrás del Acura, luego apretó el acelerador y salió del estacionamiento.
– ¿No los estamos buscando? -preguntó Nick, inclinándose sobre el asiento.
– No me importa dónde están ellos. Me importa dónde está Jeremy.
Encontramos el Mercedes de Antonio a un par de cuadras en el estacionamiento de la fábrica papelera. Este rastro me resultaba más fácil de seguir, porque los olores me eran tan familiares que podía dejar que mi cerebro los procesara en piloto automático mientras yo me concentraba en buscar pistas.
El rastro daba la vuelta a la oficina del diario local, el depósito donde habla sido la fiestita, el Donut Hole y un bar donde Pasaban música country y western cerca de la calle principal. Podía entender la lógica de Jeremy en pasar por cada punto: el diario para las últimas noticias, el café en busca de chismes y el depósito en busca de pistas. Lo de la taberna era un poco más complicado, hasta que sentí el olor ácido de orina en el lugar donde Cain habla meado contra la pared trasera, presumiblemente la noche anterior después de beber. Desde ahí, el rastro llevaba hacia la fábrica de papel donde estaba el auto de Antonio.
– Están volviendo -dijo Nick-. Te apuesto a que nos cruzamos.
Caminamos cinco pasos cuando un gato hizo un sonido sibilante detrás de un tacho de basura. Nick le respondió de igual modo. El gato entrecerró los ojos, alzando la cola como un signo de exclamación ante la afrenta.
– Deja el minino -dije-. Demasiado flaco, sería apenas un bocado.
Al girar, vi algo que salía de debajo de las bolsas de basura. Al principio parecían una fila de cuatro guijarros pálidos y redondos que salían de dos bolsas. Eso parecía tan fuera de lugar que me acerqué, ignorando el hedor de la basura. Al acercarme entendí lo que veía: dedos.
– Mierda -murmuré-. Mira esto. Esos callejeros se están volviendo descuidados o dejan las cosas a la vista a propósito.
– Te apuesto veinte dólares a que es lo segundo – dijo Clay.
Dio un paso adelante y alzó la bolsa que lo tapaba para ver mejor. Los dedos estaban unidos a una mano, unida a un brazo.
Cuando Clay alzó más la bolsa, el cuerpo cayó al suelo de espaldas. La cabeza del hombre quedó en un ángulo imposible, con el cuello roto. Su pelo rojizo indómito brillaba aún en la oscuridad.
– Peter -susurré.
– No -dijo Clay-. Jeremy. ¡No!
Clay salió corriendo y sus pasos resonaron en la oscuridad del callejón. Los ojos de Nick se abrieron y encontraron los míos. Entonces algo le recordó que Jeremy no era el único que estaba con Peter. Corrió tras Clay. Los seguí, con el corazón bombeando tan fuerte que no me dejaba respirar. A cinco metros vi brillar un charco de un líquido rojo espeso bajo una luz medio apagada. De allí salían tentáculos de sangre, que convergían luego en un hilo hacia lo lejos. Seguí el rastro. Adelante, la camisa blanca de Nick se movía en la oscuridad. Escuchaba las pisadas de Clay pero no lo veía. El rastro de sangre daba la vuelta en dos esquinas. Al doblar la segunda, vi a Clay y a Nick adelante, detenidos y luego retrocediendo. Habían pasado el rastro, que terminaba en un charco de sangre junto a la esquina.
Me incliné, puse el dedo en la sangre y lo llevé a mi nariz.
– ¿Es suya? -preguntó Clay.
– Es de Jeremy -susurré.
– Y hay mucha más aquí arriba si quieren mirarla de cerca
– dijo una voz grave.
La cabeza de Clay se volteó hacia atrás. Mirarnos en derredor y luego vimos un muelle de estibado a la derecha. Clay llegó primero. Subió de un salto y desapareció en una abertura oscura. Nick y yo lo seguimos. Jeremy estaba sentado en el fondo con su pierna derecha alzada sobre una caja de madera y Antonio hacía jirones su camisa. Cuando nos acercamos, Jeremy alzó el brazo izquierdo para sacarse el pelo de la cara, pero lanzó un quejido y cambió a la mano derecha, dejando caer la izquierda.
– ¿Están bien? -pregunté.
– Peter está muerto -dijo Jeremy-. Nos emboscaron.
– Volvíamos al auto -dijo Antonio, agregando otra venda más a la pierna de Jeromy-. Yo fui a buscar un baño. Cinco minutos. Recién había doblado la esquina y… -Se concentró en su tarea pero en cada palabra era evidente la culpa que sentía. -Menos de cinco minutos. Mientras fue a orinar…
– Esperaban una oportunidad -dijo Jeremy-. Cualquiera de nosotros podría haber ido atrás un momento y hubieran atacado a los otros dos.
Antonio miró sobre el hombro.
– El nuevo, el callejero que mató a Logan, atacó a Jeremy con un cuchillo.
– ¿Un cuchillo? -Clay buscó confirmación de Jeremy, con tanta incredulidad como si Antonio hubiese dicho que atacaron a Jeremy con un Howitzer antiguo-. ¿Un cuchillo?
Jeremy asintió.
Antonio continuó.
Acusaron a Peter y a Jeremy. No hubo tiempo de reaccionar. Los hubiera seguido, pero Jeremy sangraba mucho.
– Yo no te hubiera dejado perseguirlos de todos modos -dijo Jeremy-. No tenemos tiempo de analizar las cosas ahora. Tenemos que limpiar e irnos.
Intentó pararse. Clay saltó una caja y lo ayudo a ponerse de pie.
– Dejamos a Peter en el lugar -dijo Jeremy
– Lo sé -dije-. Lo encontramos.
– En la basura -dijo Antonio, pasándose una mano por la cara-. Eso no estuvo bien. Lo siento, pero Jeremy estaba sangrando y yo…
– Tenías que encontrar un lugar para que nos ocultáramos rápido -terminó Jeremy por él-. Nadie te culpa. Lo iremos a buscar y lo llevaremos a casa.
Clay ayudo a Jeremy a bajar del muelle. Yo me coloqué a la izquierda para tomar el otro brazo, luego recordé que estaba herido y me conformé con caminar a su lado, lista para sostenerlo si cedía su pierna. Le di mis llaves del auto a Nick y él fue a llevar el Camaro hasta el callejón para poder cargar los cuerpos. Cuando llegamos a la pila de basura, Antonio destapó a Peter y lo limpió.
– Marsten va a pagar por esto -dijo Clay, mirando al cuerpo de Peter, apretando los puños-. De veras va pagar.
– Marsten no mató a Peter. Fue Daniel.