Lester se alejó de nuevo hacia la botella. El director me miró con suspicacia. Volví al remolque sin inmutarme.
Glenda estaba leyendo mi nota.
– Esto sería mi muerte…, quiero decir, mi ruina en el mundo del cine.
– Tenemos que darles algo. Si aceptan eso, no presentarán acusaciones por robo. Y el informe desvía la atención puesta en las casas de actrices.
– No ha salido nada por la tele ni en los papeles.
– Cuanto más tiempo pase, mejor. Hughes podría denunciar su desaparición y el cuerpo será encontrado tarde o temprano. En cualquier caso, es posible que nos interroguen. Yo tuve unas palabras con él, de modo que debo considerarme un posible sospechoso, formalmente. Para mí no será problema y sé que para ti, tampoco. Los dos somos… ¡oh, mierda!
– ¿…Somos profesionales?
– No seas tan cruel. Es demasiado temprano.
– ¿Cuándo podremos dejarnos ver en público? -Glenda me tomó las manos.
– Tal vez ya lo hemos hecho. No debería haberme quedado hasta tan tarde y, probablemente, deberíamos enfriar las cosas durante un tiempo.
– ¿Hasta cuándo?
– Hasta que estemos libres de sospecha en lo de Miciak.
– Es la primera vez que pronunciamos su nombre.
– En realidad, no hemos hablado una palabra del asunto.
– No, hemos estado demasiado ocupados compartiendo secretos. ¿Qué me dices de las coartadas?
– Hasta dentro de dos semanas, estabas sola en casa. Pasadas las dos semanas, no te acuerdas. Nadie se acuerda, pasado ese tiempo.
– Hay algo más que te preocupa. Anoche lo noté.
Una comezón en la garganta. Finalmente, lo solté:
– Es el asunto Kafesjian. Estaba interrogando a una chica que conoce a Tommy K. y me dijo que Lucille trabajó para Doug Ancelet.
– No creo que yo llegara a conocerla. Las chicas no utilizaban nunca sus nombres auténticos y, si hubiera conocido alguna que se pareciera a tu descripción, te lo habría dicho. ¿Vas a interrogarle?
– Sí, hoy.
– ¿Cuándo trabajó para Doug, esa chica?
– ¿Doug?
Glenda soltó una carcajada.
– Yo también trabajé para él un tiempo, después del asunto de Gilette, y te inquieta que hiciera lo que hice.
– No. Es sólo que no quiero verte relacionada con nada de esto.
Entrelazamos nuestros dedos.
– No lo estoy, excepto contigo… -apretando con más fuerza-. Ve, pues. Se llama Azafatas Premier, en South Rodeo, 481, junto al hotel Beverly Wilshire.
La besé.
– Tú empeoras las cosas, y luego las mejoras.
– No, es sólo que a ti te gustan los problemas a dosis más pequeñas.
– Me has descubierto.
– No estoy tan segura. Y ten cuidado con Doug. En esa época pagaba sobornos a la policía de Beverly Hills.
Salí del remolque, aturdido. Lester daba una serenata a los vagabundos junto a la nave espacial. Harbor Lights, en versión desdentada.
Noticias por teléfono:
Woods había visto a Junior en el barrio negro; luego, le había perdido en un semáforo. Jack, irritado, insistiendo:
– Parece que vive en el coche. Lleva la placa prendida en el abrigo, como si fuera un maldito sheriff del Far West, y le vi poniendo gasolina con dos grandes automáticas en la cintura de los pantalones.
Malo, pero:
Woods había reventado la caja 5841. Me dijo que buscara bajo el rodapiés de su casa, cogiera la llave y mirara en el buzón.
– Cuatro sobres, Dave. ¡Vaya!, pensé que me mandabas a por unas joyas o algo así. Y me debes un…
Colgué y cogí el coche. Allí: la llave, la cerradura, cuatro cartas. Vuelta al coche. El correo de Champ.
Dos cartas selladas, dos abiertas. Abrí las selladas; las dos de Transom a Champ, con matasellos recientes. Dentro: billetes de cincuenta dólares, notas: «Champ: mucho gracias, Harris», «Champ: ¡gracias, hombre!»
Dos sobres abiertos -¿dejados en el apartado para más seguridad?-, sin remitente, matasellos de Navidad del 57. Once meses guardados en el cajetín de Correos: ¿Por qué?
17 de diciembre de 1957
Mi querido hijo:
Me apena mucho estar lejos de ti en estas fiestas. Hace años que las circunstancias no nos favorecen en cuanto a estar juntos. Los demás, por supuesto, no te echan de menos como yo y eso hace que aún te añore más y me hace echar de menos la fingida familia feliz que teníamos hace años.
Sin embargo, la vida extraña que has escogido llevar es un extraño consuelo para mí. No echo en falta el dinero de la casa que te mando y me río en secreto cuando tu padre repasa mis listas de gastos detalladas y encuentra esas grandes cifras de «gastos diversos» de los que no doy explicaciones. Él, por supuesto, sólo te cree una persona que rehúye las responsabilidades reales de la vida. Sé que las circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo. No puedes vivir como los demás y yo te quiero por no intentar fingirlo. Tus intereses musicales deben de darte consuelo y siempre compro los discos que tú me dices, aunque la música no es del estilo que yo prefiero normalmente. Tu padre y tus hermanas no prestan atención a los discos y sospechan que los compro sólo por estar en contacto contigo en esta difícil ausencia tuya, pero no saben que son recomendaciones directas. Sólo los escucho cuando los demás están fuera, con todas las luces de la casa apagadas. Cada día salgo al encuentro del cartero antes de que llegue a casa, para que los demás no sepan que estamos en contacto. Es nuestro secreto. Esta manera de vivir nos viene de nuevas, a ti y a mí, pero aunque tengamos que seguir así para siempre, como viejos amigos por correspondencia viviendo en la misma ciudad, lo acepto porque comprendo las cosas terribles que te ha hecho esa larga historia de locuras que nuestras dos familias han soportado. Te comprendo y no te juzgo. Éste es mi regalo de Navidad para ti.
Te quiere,
Madre
Caligrafía pulcra, papel rugoso; inútil buscar huellas. Nada que confirmase un Richie; «larga historia de locuras/nuestras dos familias». Mi mirón: madre/padre/hermanas. «Circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo.»
24 de diciembre de 1957
Querido hijo:
Felices Navidades, aunque no siento el espíritu de las fiestas y aunque los discos de jazz navideños que me dijiste que comprara no me han alegrado demasiado, porque las melodías son muy desordenadas para mi oído, más tradicional. Quizá tengo la sangre pobre en hierro, como dice el anuncio de Geritol en televisión, pero creo que ha sido más bien la acumulación de cosas lo que me ha dejado agotada físicamente. Siento que quiero que esto termine. Más que cualquier otra cosa, siento que ya no quiero saber más. Hace tres meses, dije que estaba a punto de hacerlo y eso te impulsó a cometer una imprudencia. No quiero volver a hacerlo. A veces, cuando pongo alguna de las canciones más bonitas de esos discos que me recomiendas, pienso que el paraíso debe parecerse a ello y me siento cerca. Tus hermanas no son ningún consuelo. Desde que tu padre me pasó lo que esa prostituta le pasó a él, sólo le soporto por el dinero y, si por mí fuese, te daría todo el dinero de todos modos. Escríbeme. Por Navidad, el correo es un lío, pero estaré pendiente del cartero a todas horas.
Te quiere,
Madre
Hermanas/música/padre adinerado.
Madre suicida, unos tres meses antes de la fecha: «…te impulsó a cometer una imprudencia.»
«Tu padre me pasó lo que esa prostituta le pasó a él.»
Doug Ancelet despide a Lucille: «Les contagiaba a sus clientes la gonorrea.»
Una idea repentina:
El mirón había grabado a su propio padre con Lucille.
«Locuras.»
«Nuestras dos familias.»
«Circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo.»