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Los americanos se hospedaban en un pequeño y abarrotado hotel de la colonia alemana, donde sufrían incomodidades y penurias. Pese a ello, su decisión de volver a su país, que les había dominado al principio, perdía fuerza día a día. No comentaron lo curioso que resultaba el hecho de que todas las salidas de Palestina parecieran cerrárseles; pero, en cambio, se fue posando sobre sus espíritus una solemne quietud, semejante a la que experimentan las personas que sienten que es la divina providencia la que dirige sus pasos y no su propia voluntad.

Como es natural, no llegaban vapores europeos a Jafa a diario, pero al cabo de unos días uno de ellos fondeó en la rada. Hacía un tiempo espléndido y la mar estaba lisa como un espejo. Sin embargo, la señorita Young, la hermana del joven médico, amaneció gravemente enferma y no podía embarcar. Tanto la enferma como su hermano insistieron en que el resto del grupo partiera y los dejaran allí, pero nadie lo hizo.

Eliahu acudió al hotel para saber si pensaban embarcar y para ofrecerse a llevar su equipaje a bordo, pero se encontró con que nadie había hecho las maletas. Entonces, el señor Gordon le comunicó sin alterar la voz:

– Hemos llegado a la conclusión de que es verdad lo que usted nos dijo, Eliahu. Nos quedamos en Palestina. Por voluntad de Dios.

Por la época en que los gordonistas decidieron establecerse en Tierra Santa, en Jerusalén vivía una anciana inglesa, la señorita Hoggs. Vivía sola y gozaba de una completa independencia, y en sus viajes había dado la vuelta al mundo más de una vez; ahora, su intención era permanecer en Jerusalén lo que le quedara de vida, no por motivos religiosos sino porque, según sus observaciones, no había otro lugar en el mundo donde ocurrieran tantas cosas raras e indignantes.

La señorita Hoggs había alquilado una magnífica casa situada en el extremo norte de la ciudad, casi tocando la muralla. Estaba construida al estilo de Jerusalén, lo cual inducía a creer que el arquitecto primero hubiera hecho una serie de casitas con todos los lados iguales, como dados, y luego una pequeña cúpula encima de cada una a guisa de techumbre, acabando finalmente por distribuir los dados sin ton ni son en torno a un patio interior y un par de terrazas. Las habitaciones no se comunicaban mediante puertas, sino que había que salir fuera para ir de una a otra, y a algunas, que salían de la pared suspendidas en el aire como palomares, sólo se accedía por unas estrechas y peligrosas escaleras. Pero la casa era grande y espaciosa y, lo más valioso, no se encontraba en una callejuela angosta y oscura de la ciudad antigua, sino que tenía luz abundante y aire. Además, estaba amueblada al estilo occidental con sillas, mesas y camas, en lugar de alfombras y divanes únicamente.

A ella la casa le venía demasiado grande, pero cuando la alquiló dejó claro que la quería para ella sola. «La gente nunca se pone de acuerdo conmigo y yo jamás con ella -afirmó-. No necesito a nadie, me valgo por mí misma. ¿Por qué habría de meter a alguien en mi casa?»

Un día que había salido a comprar antigüedades se cruzó con la señora Gordon, seguida de Eliahu, en la calle David. Ambos habían recorrido Jerusalén de punta a punta en busca de una vivienda adecuada para su pequeña comunidad. Gordon y otros adeptos habían viajado a América para liquidar sus asuntos allí mientras el resto se encargaba de organizar su nuevo hogar en Jerusalén. Se habían dividido en pequeños grupos e iban rastreando casas libres de calle en calle, pero de momento no habían encontrado nada que se ajustase a sus deseos.

Eliahu se había lamentado repetidas veces de que la anciana se les hubiese adelantado en alquilar la grandiosa casa junto a la muralla. El inquilino anterior era un occidental como ellos, un misionero suizo, con lo que quedaba asegurado que la vivienda fuera de su gusto. «La señorita Hoggs no debería acaparar toda una casa para ella sola, sabiendo lo difícil que es conseguir vivienda en Jerusalén», se quejaba.

Cuando la anciana vio a la señora Gordon por la calle se apresuró hacia ella.

– ¿Qué tal está? -la saludó-. Se acordará usted de mí, espero, y de la última vez que nos vimos. ¿Recuerda que le dije que yo nunca tenía miedo? Ya ve que no tenía motivos para tenerlo. A nosotras nos ha ido bien.

A continuación le preguntó cuándo había llegado a Jerusalén y cuánto tiempo pensaba quedarse.

La señora Gordon contestó que estaba ocupándose de la mudanza y que en ese momento buscaba algún sitio donde vivir.

– No lo tendrá usted fácil -dijo la señorita Hoggs; pero como tenía miedo de que la otra pretendiese alquilarle una parte de su casa, se apresuró a cambiar de tema-: ¿Por qué quiere usted instalarse aquí? -dijo-. ¿Piensa su marido establecerse aquí a causa de alguna investigación científica?

La señora Gordon no ocultó los motivos para su traslado a Jerusalén. Ella y su marido se habían unido a un grupo de amigos que intentaban llevar una vida justa. Su meta era enseñar a la humanidad a vivir en concordia, y era en Jerusalén donde tenían la intención de dar el primer paso.

Los ojos atónitos que la anciana fijó en la señora Gordon se hicieron todavía más redondos de lo que ya eran.

– ¡Concordia! -repitió-. ¡Aquí, en Jerusalén! ¡Que se trasladan aquí para enseñarle a la humanidad a vivir en concordia! Perdone, pero parece que el naufragio la ha dejado trastornada.

La señora Gordon quiso explicarle que creía haber oído a Dios exhortándola en ese sentido, pero la señorita Hoggs no la escuchaba. Tomó a la joven por la muñeca, la colocó contra el muro de una casa y se dispuso a disuadirla.

– Escúcheme bien -dijo-. Usted es la joven América que quiere probar suerte en toda clase de aventuras y yo soy la veterana Inglaterra que conoce el mundo y sabe qué es posible y qué no. Créame cuando le digo que en esta ciudad sólo conseguirá desperdiciar sus energías sin serle útil a nadie.

– Precisamente, nosotros no entendemos por qué la gente se empeña en vivir enemistada justamente en esta ciudad -repuso la otra.

– No, claro que no lo entiende usted -replicó la señorita Hoggs-, ¡pero piense un poco! ¿Qué clase de gente es la que vive aquí? O bien musulmanes, o judíos o cristianos. Suponga por un momento que usted fuera musulmana; en ese caso esta ciudad sería un lugar sagrado para usted porque, según sus creencias, su profeta ascendió a los cielos desde ese antiguo templo de ahí, y se sentiría usted obligada a odiar tanto a judíos como a cristianos porque sabría que el máximo deseo de ambos es echar a los musulmanes de Jerusalén. Y si usted fuese judía, señora Gordon, tendría que odiar a los musulmanes porque actualmente son los amos de la tierra de los descendientes del rey David; pero tampoco preferiría a los cristianos, porque sabría que ellos nunca consentirán que el pueblo judío se haga con el poder en esta ciudad. O bien es usted cristiana, lo cual significaría que para usted Jerusalén es la ciudad sagrada por excelencia, y en ese caso tiene que odiar a los musulmanes, que son los amos, y a los judíos, que quieren serlo y que pretenden que esta ciudad y esta tierra es suya y que nadie más que ellos tiene derecho a ninguna de las dos. Pero resulta, además, que si es usted cristiana, tiene que odiar a todos los cristianos que no profesen la misma confesión que usted porque sabe que, en el momento en que alguno de ellos alcance el poder, usted y los suyos serán expulsados de aquí sin piedad. Bien, así están las cosas, y ahora espero que usted, jovencita americana, se haya convencido de que no vale la pena predicar la unidad en Jerusalén.

– No queremos predicar -afirmó la señora Gordon-. Es mediante el ejemplo que queremos enseñar a la gente lo felices que podemos ser viviendo unidos.

– Ya me imagino que todos ustedes son ángeles -dijo la anciana-. Pero es porque no han respirado el aire de Jerusalén lo suficiente. Espere un poco y ya verá cómo empiezan a odiarse los unos a los otros.