Fue una noche amarga para ella y para Julian. Isabelle abandonó la estancia y se marchó con Lorenzo, a su hotel. Ahora ya no había forma de detenerla. Se dirigía de cabeza hacia su propia destrucción.
La ceremonia de la boda fue breve, pero con clase, se celebró en el Château de la Meuze y sólo asistieron unos pocos amigos. Isabelle estaba encantadora con un vestido blanco corto de Marc Bohan en Dior, y un gran sombrero a juego. Sarah se sintió profundamente agradecida por el hecho de que no hubiera quedado embarazada.
Phillip y Cecily acudieron desde Inglaterra. Julian apareció con ella cogida del brazo para entregarla al novio y Xavier llevó los anillos, mientras Sarah deseaba que los perdiera.
– Pareces encantada -le comentó Emanuelle con sorna tomando una copa de champaña en el jardín.
– Puedo vomitar antes del almuerzo -dijo Sarah con expresión apenada.
Los había visto contraer matrimonio en su propio jardín, por un sacerdote católico y un obispo episcopaliano. De ese modo, era doblemente oficial y desastroso para Isabelle. Durante todo el día Lorenzo se mostró efusivo, sonriente, tratando de encantar a todo el mundo, haciendo brindis y hablando de lo mucho que le habría gustado conocer al gran duque, el padre de Isabelle.
– Es un poco demasiado… ¿no crees? -preguntó Phillip, haciendo reír por una vez a su madre con su forma de valorar las cosas-, patético.
– Y, sin embargo, atractivo.
En comparación con él, Cecily era Greta Garbo. A Sarah no le gustaba que ahora fueran dos. Pero Cecily sólo la aburría, mientras que a Lorenzo lo odiaba, y le desgarraba el corazón, porque significaba que ya nunca podría volver a estar cerca de Isabelle, al menos mientras siguiera casada con Lorenzo. No era ningún secreto lo que todos ellos pensaban de su esposo.
– ¿Cómo puede ni siquiera imaginar que lo ama? -preguntó Emanuelle con desesperación-. Es tan evidente…, tan palpable…
– Es joven. Todavía no sabe nada de hombres así -dijo Sarah con una infinita sabiduría-. Por desgracia, ahora se verá obligada a aprender muchas cosas en poco tiempo.
Eso le recordó de nuevo su propia experiencia con Freddie van Deering. Hubiera querido evitarle eso a Isabelle, y lo había intentado, pero no sirvió de nada. Isabelle había elegido y todos menos ella sabían que era una elección equivocada.
La fiesta continuó hasta bien entrada la tarde y luego Isabelle y Lorenzo se marcharon. Pasarían la luna de miel en Cerdeña, en un nuevo complejo turístico, para ver allí a su amigo, el Aga Khan, o eso fue lo que dijo Lorenzo. Pero Sarah imaginaba que debía haber mucha gente a la que él aseguraba conocer que se esfumaría durante los próximos años, si es que duraban tanto. Y esperaba que no durase.
Una vez que se hubieron marchado al aeropuerto en un Rolls-Royce alquilado con chófer, la familia se sentó apesadumbrada en el jardín, pensando en lo que había hecho Isabelle, con la sensación de haberla perdido para siempre. Sólo a Phillip no parecía preocuparle demasiado, como era habitual en él. Charlaba despreocupadamente con una amiga de Emanuelle y de Sarah. Pero, para todos los demás, aquello se parecía más a un funeral que a una boda. En cierto sentido, Sarah tenía la impresión de haber fallado, no sólo a su hija, sino también a su esposo. William se habría sentido anonadado de haber podido conocer a Lorenzo.
Sarah no tardó en recibir noticias de ellos, en cuanto llegaron a Roma. Pero luego ya no supo nada más hasta Navidades. Sarah les llamó una o dos veces y les escribió cartas, que Isabelle no contestaba. Evidentemente, estaba muy enfadada con todos ellos. Pero Julian habló con ella en un par de ocasiones, por lo que al menos Sarah sabía que su hija estaba bien, aunque ninguno de ellos sabía si era feliz o no. Durante todo el año siguiente no apareció por casa y no quería que Sarah fuera a visitarla, así que no lo hizo. Julian voló una vez a Roma para verla. Dijo después que la había encontrado muy seria, muy hermosa e italiana. También había descubierto, a través del banco con el que ambos trabajaban, que estaba gastando una verdadera fortuna. Había comprado un pequeño palazzo en Roma y una villa en Umbría. Lorenzo se había comprado un yate, un nuevo Rolls y un Ferrari. Y, por lo que Julian pudo apreciar, no esperaba ningún hijo.
Después del primer año, volvieron al château para pasar las Navidades, aunque de mala gana, e Isabelle casi no les dijo nada a ninguno de ellos, si bien regaló a su madre un bonito brazalete de oro y perlas de Buccellati. Ella y Lorenzo se marcharon el día después de Navidad, para ir a esquiar a Cortina. Resultaba difícil imaginar cómo iba su relación, y esta vez Isabelle ni siquiera se confió a Julian.
Fue Emanuelle la que acabó por descubrir la verdad. Después de un viaje de negocios a Londres para ver a Phillip y Nigel, voló a Roma, y más tarde le dijo a Sarah que había encontrado a Isabelle en un terrible estado. Tenía profundas ojeras, estaba muy delgada y ya no reía. Y en todas las ocasiones en que se encontró con ella, no vio ni el menor rastro de Lorenzo.
– Creo que tiene problemas, pero no estoy segura de que se halle dispuesta a admitirlos ante ti. Asegúrate de dejar la puerta abierta y finalmente regresará a casa, te lo prometo.
– Espero que tengas razón -dijo Sarah con tristeza.
Aquella desgracia había pesado terriblemente sobre ella. Durante los dos últimos años había perdido prácticamente a la única hija que sobrevivió.
27
Transcurrieron tres angustiosos años antes de que Isabelle volviera a París. Lo hicieron cuando Sarah los invitó a la fiesta del trigésimo aniversario de Whitfield's, que se celebró en el Louvre, que ocuparon parcialmente para ello. Nunca se había hecho hasta entonces y Emanuelle tuvo que utilizar sus contactos gubernamentales para conseguir el permiso. Se cerraría toda la zona adyacente y se necesitaría la vigilancia de cientos de guardias del museo y de gendarmes. Pero Sarah sabía que sería un éxito. Lorenzo, por su parte, sabía que no podía perderse un acontecimiento así. La propia Sarah se quedó asombrada cuando aceptaron la invitación. Para entonces, Isabelle y Lorenzo ya llevaban cinco años casados, y Sarah ya casi se había resignado a la distancia entre ellos. Concentró sus energías y su afecto en Xavier, Julian y, hasta cierto punto, Phillip, a pesar de que a este último lo veía poco. Llevaba casado con Cecily desde hacía trece años y en la prensa se hacían insinuaciones sobre sus aventuras extramatrimoniales, que habitualmente nunca se confirmaban por respeto a su posición, en opinión de Sarah. Según algunos, el duque de Whitfield era bastante peligroso.
La fiesta que dio Sarah fue la más deslumbrante que se había visto en París. Las mujeres eran tan hermosas que casi cortaban la respiración, y los hombres tan relevantes que con los que había en la mesa de honor podían haberse formado cinco gobiernos. Asistieron el presidente de Francia, los Onassis, los Grimaldi, los árabes, los griegos, muchos estadounidenses importantes y todas las cabezas coronadas de Europa. Todo aquel que hubiera llevado alguna vez una de sus joyas estaba allí, así como muchas mujeres jóvenes que esperaban llevarlas algún día. Había cortesanas y reinas, personajes muy ricos y muy famosos. En comparación, la fiesta dada cinco años antes fue aburrida. No se reparó en gastos, y la propia Sarah se entusiasmó al verlo. Permaneció sentada tranquilamente, disfrutando de su victoria, contemplándolo todo, mientras mil personas cenaban y bailaban, bebían y charlaban para alegría de la prensa. Indudablemente, muchas de ellas se comportaron maliciosamente en un sentido amplio, aunque nadie pareció enterarse.
Julian acudió acompañado por una joven muy bonita, una actriz sobre la que Sarah había leído recientemente algún escándalo, y que significaba un cambio interesante para él. Últimamente, había estado saliendo con una modelo brasileña despampanante. Nunca le faltaban mujeres, pero siempre se comportaba bien. Le querían cuando llegaba y cuando se marchaba. No podía pedirse más de él. A Sarah le habría gustado que eligiera una esposa pero, a los 29 años, todavía no daba la menor señal de querer hacerlo, y ella tampoco insistía.