Phillip trajo a su esposa, desde luego, pero se pasó la mayor parte de la velada con una joven que trabajaba para Saint Laurent. La había conocido en Londres el año anterior y ambos parecían tener mucho en común. Siempre observaba a las mujeres que acompañaban a Julian, y había visto a la actriz, pero no logró que se la presentara, y luego se perdieron entre la multitud. Más tarde, tardó mucho en encontrar a Cecily, que hablaba educadamente con el rey de Grecia sobre caballos.
Sarah observó complacida que Isabelle era una de las mujeres más hermosas. Llevaba un ceñido vestido de Valentino que revelaba su escultural figura, y el largo cabello negro le caía en cascada por la espalda. Además, lucía un notable collar y brazalete de diamantes, con pendientes a juego, que Julian le había prestado. Pero ni siquiera necesitaba joyas. Sencillamente, era tan hermosa que la gente no podía dejar de mirarla y a Sarah le agradó mucho que hubiera acudido a la fiesta. No se hacía ilusiones acerca del motivo por el que habían venido. Aquella noche, Lorenzo estuvo deambulando entre la multitud, yendo detrás de la realeza y posando constantemente para los periódicos. Sarah lo observó, como hizo su esposa, que lo miraba tranquilamente, pero no hizo ningún comentario, pese a que era fácil ver que algo andaba mal. Esperó a que Isabelle le dijera algo, pero no lo hizo. Se quedó hasta tarde, bailó con sus amigos, sobre todo con un príncipe francés muy conocido que siempre le había gustado. Había muchos hombres a los que les habría gustado cortejarla, ahora que tenía veintitrés años y era tan hermosa, pero ella había estado fuera durante cinco años, y estaba casada con Lorenzo.
Al día siguiente Sarah les invitó a almorzar en Le Fouquet, para agradecerles la ayuda que le habían prestado en la fiesta. Emanuelle también estuvo presente, así como Julian, Phillip y Cecily, Nigel, su amigo diseñador, Isabelle y Lorenzo. Xavier ya se había marchado para entonces. Llevaba varios meses rogándole a Sarah que le permitiera visitar a unos viejos amigos de ella que vivían en Kenia. Al principio se había resistido a concederle el permiso, pero se mostró tan insistente, y ella estaba tan ocupada con los planes para la fiesta de aniversario, que al final le dejó partir, cosa que él agradeció profusamente. A los catorce años sólo deseaba ver el mundo, y cuanto más lejos fuese mejor. Le encantaba estar con ella, y vivir en Francia, pero experimentaba un anhelo constante por lo exótico y lo desconocido. Había leído cuatro veces el libro de Thor Heyerdahl y parecía saberlo todo sobre África, el Amazonas y otros muchos lugares repartidos por el mundo a los que ningún miembro de su familia había deseado ir. Definitivamente, era un muchacho muy suyo, algo parecido a William en ciertos aspectos, y a Sarah en otros; poseía algo de la calidez de Julian, y mucho del espíritu divertido de William. Pero también tenía un sentido de la aventura y una pasión por la vida alejada de las comodidades, que no compartía ningún otro miembro de la familia. Todos los demás preferían París o Londres, Antibes o incluso Whitfield.
– Somos un grupo muy aburrido comparados con él -comentó Sarah con una sonrisa.
El muchacho ya le había escrito media docena de cartas sobre los fabulosos animales que había visto. Y ya estaba preguntándole si le permitiría volver otra vez.
– Desde luego, no lo habrá aprendido de mí -dijo Julian con una sonrisa burlona, que se sentía mucho más feliz en un sofá que en un safari.
– Ni de mí -exclamó Phillip riéndose de sí mismo por una vez.
Inmediatamente, Lorenzo se lanzó a contar una historia interminable que aburrió a todos, hablando de su querido amigo el marajá de Jaipur.
A pesar de su presencia, se lo pasaron bien durante el almuerzo y más tarde cada cual siguió por su camino, y todos los Whitfield se despidieron de su madre. Julian se iba a Saint-Tropez con unos amigos para descansar unos días después de todo el trabajo que le había dado aquella fiesta gigantesca. Phillip y Cecily volvían a Londres. Nigel se quedaba en París a pasar unos pocos días con su amigo. Emanuelle se reintegraba al trabajo. Sólo Isabelle parecía no saber qué hacer después del almuerzo. Lorenzo dijo que tenía que recoger algo en Hermès y que deseaba ver a unos amigos. No se marchaban hasta dentro de otro día y, por primera vez en varios años, Isabelle parecía querer hablar con su madre. Cuando finalmente se encontraron a solas, vaciló y Sarah le preguntó si quería tomar otra taza de café.
Ambas pidieron un café, e Isabelle se acercó para sentarse al lado de su madre. Se había instalado en el otro extremo de la mesa, y ahora había algo profundamente desgraciado en sus ojos, miró a su madre con expresión apesadumbrada y, finalmente, las lágrimas se le saltaron de los ojos, por mucho que ella intentó contenerlas.
– Supongo que no tengo el derecho de quejarme ahora, ¿verdad? -empezó preguntando de un modo lastimero. Sarah le acarició la mano con ternura, deseando poderla librar de su dolor, del que ella había tratado de protegerla desde el principio. Pero ya había aprendido hacía tiempo la dura lección de que eso era algo que no podía hacer por su hija-. De hecho, no tengo derecho a quejarme, puesto que me lo advertiste.
– Sí, claro que lo tienes -le dijo Sarah sonriendo tristemente-. Una siempre puede quejarse. -Y entonces decidió ser franca con ella-. Eres desgraciada, ¿verdad?
– Mucho -admitió Isabelle, limpiándose una lágrima de la mejilla-. No tenía ni la menor idea de cómo sería… Era tan joven y tan estúpida. Todos vosotros lo sabíais, y yo estuve tan ciega.
Todo eso era cierto, a pesar de lo cual Sarah se sentía apenada. En esta ocasión, tener razón no representaba ningún consuelo para ella. No a costa de la felicidad de su hija. Le desgarraba el corazón verla tan desgraciada. Durante aquellos años había intentado resignarse a no verla más, pero siempre le había resultado doloroso. Ahora, al verla tan desgraciada, la distancia que su hija había puesto entre ellas parecía un despilfarro.
– Eras muy joven -justificó Sarah-, y muy tozuda. Y él fue muy astuto. -Isabelle asintió con tristeza. Ahora lo sabía muy bien-. Jugó contigo como si tocara un violín para obtener la melodía que deseaba. -En realidad, había jugado con todos ellos, les había ganado la partida al convencer a Isabelle para que se casara con él. Resultaba fácil perdonar a Isabelle, pero no tanto a Lorenzo-. Sabía muy bien lo que hacía.
– Mucho más de lo que te imaginas. En cuanto llegamos a Roma y consiguió lo que deseaba, todo empezó a cambiar. Por lo visto, incluso había elegido el palazzo, y ya se lo había dicho a todas las personas importantes que conocía, asegurando que lo necesitaríamos para los hijos que íbamos a tener, así como la villa en Umbría. Y luego se compró el Rolls, y el yate, y el Ferrari y entonces, de repente, dejé de verlo. Siempre estaba fuera, con sus amigos, y los periódicos empezaron a publicar cosas sobre él y otras mujeres. Cada vez que yo le preguntaba, se echaba a reír y me decía que eran viejas amigas, o primas. Por lo visto, debía de estar emparentado con media Europa -dijo con una mueca burlona, mirando directamente a su madre-. Me ha engañado durante años. Ahora, ni siquiera se molesta en ocultarlo. Hace lo que quiere, y dice que yo no puedo hacer nada para evitarlo. En Italia no existe el divorcio, y está emparentado con tres cardenales, por lo que dice que nunca se divorciará de mí.
Parecía sentirse impotente, allí sentada. Sarah no sabía que las cosas hubieran llegado hasta tal punto, o que él se hubiera atrevido a mostrarse tan cínico. ¿Cómo se atrevía a venir aquí, a sentarse junto a todos ellos, a participar en la fiesta, perseguir a sus amigas, después de haber abusado tanto de su hija? Palideció de ira.