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Lloró su pérdida en silencio, mientras corría hacia él. Se arrodilló a su lado, y apartó la arena del rostro golpeado como si le acariciara. Su padre la vio entonces y lloró amargamente mientras le ayudaba a liberarlo. Luego, entre los dos, lo llevaron al cobertizo del otro lado de la casa, y lo depositaron con suavidad sobre lo que antes había sido la cocina. Charles había trabajado para la familia desde hacía por lo menos cuarenta años, se conocían y apreciaban desde que eran jóvenes. Tenía diez años más que Edward Thompson y ahora éste apenas podía creer que se hubiera marchado para siempre. Había sido para él como un buen amigo de su juventud, fiel hasta el último día, muerto por una tormenta intempestiva, cuando todas las miradas estaban puestas en Praga, y todo el mundo se había olvidado de Long Island. Fue la mayor tormenta que azotó nunca la costa oriental. Desaparecieron pueblos enteros, y la tormenta siguió su camino destructor a través de Connecticut, Massachusetts y New Hampshire, cobrándose varios cientos de vidas, hiriendo a más de dos mil personas y destruyéndolo todo a su paso, hasta que amainó.

La casa de Southampton no quedó destruida de forma irreparable, pero la muerte de Charles afectó a todos. Peter, Jane y Victoria acudieron al funeral, y los Thompson y Sarah se quedaron en la casa durante una semana para valorar los daños y poner un poco de orden. Sólo quedaron dos habitaciones en condiciones, pero no había calefacción ni luz eléctrica, y tuvieron que utilizar velas y comer en el único restaurante que seguía abierto en todo Southampton. Se necesitarían meses para reparar la casa, años quizás, y a Sarah le entristecía pensar que tendría que marcharse precisamente entonces, después de lo ocurrido.

Sarah se las arregló para ponerse en comunicación con William a través del teléfono del pequeño restaurante donde comieron, temiendo que él pudiera haberse enterado de la terrible tormenta por los periódicos y que estuviera preocupado por ella. La destrucción de Long Island causó una verdadera conmoción, incluso en Europa.

– Dios santo, ¿te encuentras bien? -preguntó la voz de William a través de las interferencias.

– Sí, estoy bien -contestó, aliviada al oír su voz serena y fuerte-. Pero hemos perdido buena parte de la casa. Mis padres tardarán todo el resto de sus vidas para reconstruirla, aunque por suerte no hemos perdido el terreno. La mayoría de la gente lo ha perdido todo.

Le comunicó la muerte de Charles y él dijo que lo lamentaba mucho.

– Me sentiré mucho más feliz cuando estés aquí, conmigo. Casi me sentí morir al enterarme de esa condenada tormenta. Supuse que estarías ahí, para pasar el fin de semana.

– Estuve a punto de venir -admitió ella.

– Gracias a Dios que no lo hiciste. Dile a tus padres lo mucho que lo lamento. Estaré a tu lado lo antes que pueda, te lo prometo, cariño.

– ¡Te amo! -gritó a través del ruido de la comunicación.

– ¡Yo también te amo! Intenta no meterte en problemas hasta que yo llegue.

Poco después de eso regresaron a la ciudad, y ocho días más tarde se firmó el Pacto de Munich, ofreciendo a los europeos la falsa ilusión de que ya se habían acabado todas las amenazas por parte de Hitler. Tras su regreso de Munich, Neville Chamberlain lo denominó «una paz con honor», pero William le escribió diciéndole que aún desconfiaba del pequeño bastardo de Berlín.

Tenía la intención de acudir a principios de noviembre, y Sarah se hallaba muy ocupada con los planes para la boda, mientras que sus padres procuraban organizar eso al mismo tiempo que empezaban a ocuparse de las amplias reparaciones que había que hacer en la casa de Long Island.

William llegó el 4 de noviembre, a bordo del Aquitania, que entró en puerto acompañado de grandes fanfarrias. Sarah le esperaba en el muelle, con sus padres, hermana, cuñado y también los niños. Al día siguiente, sus padres dieron un gran almuerzo de bienvenida en su honor, y ella tuvo la impresión de que todas aquellas personas a las que había conocido en Nueva York le enviaban ahora invitaciones para que acudieran a sus fiestas. Aquello produjo una vertiginosa cadena de compromisos sociales que no parecía tener fin.

Seis días más tarde, mientras desayunaban juntos en el comedor, Sarah frunció el ceño y levantó la vista del periódico para mirarle.

– ¿Qué significa todo esto? -le preguntó en tono acusador.

El la miró sin comprender. Acababa de llegar del hotel y todavía no había leído el periódico.

– ¿A qué te refieres? -Se levantó y se acercó para leer el periódico por encima de su hombro, y también frunció el ceño al leer lo que se contaba sobre la Noche de Cristal, al tiempo que intentaba valorar las implicaciones de aquel acto tan horrendo-. Parece un feo asunto.

– Pero ¿por qué lo han hecho? ¿Por qué habrán querido hacer una cosa así? -Los nazis habían destrozado las ventanas y escaparates de todas las casas y comercios pertenecientes a la comunidad judía; las habían asaltado, matado a algunas personas y destruido sinagogas, aterrorizando a la gente. Y se decía que treinta mil judíos habían sido internados en campos de concentración-. Dios santo, William, ¿cómo pueden haber hecho eso?

– A los nazis no les gustan los judíos. Eso no es ningún secreto, Sarah.

– ¿Pero esto? ¿Por qué esto? -Había lágrimas en sus ojos mientras leía.

Como respuesta, le entregó el periódico para que él también pudiera leerlo. Cuando su padre acudió a desayunar, le comunicaron las noticias y se pasaron una hora discutiendo acerca de los constantes peligros que se cernían sobre Europa. Entonces, su padre se los quedó mirando a ambos y se le ocurrió algo.

– Quiero que me prometáis los dos que, si estalla la guerra en Europa, vendréis a Estados Unidos hasta que todo haya terminado.

– Eso es algo que yo no puedo prometer -dijo William con sinceridad-. Pero lo que sí le prometo es enviarle a Sarah.

– No harás nada de eso -intervino ella mirando muy enojada por primera vez a su prometido-. No puedes disponer de mí como si fuera una maleta, ni enviarme a casa como si fuera una carta.

William le dirigió una amable sonrisa.

– Lo siento, Sarah. No pretendía faltarte al respeto. Pero creo que tu padre tiene razón. Si ocurre algo en Europa, creo que deberías estar aquí. Recuerdo la última guerra, cuando yo era apenas un muchacho, y te aseguro que no es nada agradable vivir con la amenaza de una invasión.

– ¿Y tú? ¿A dónde irías tú?

– Probablemente me vería obligado a regresar al servicio activo. No me parece correcto que en esos momentos de tribulación desaparezcan todos los nobles para tomarse unas largas vacaciones en el extranjero.

– ¿Acaso no eres ya demasiado viejo para ir a la guerra? -preguntó ella, francamente preocupada.

– En realidad, no. Y te aseguro, cariño, que en tal caso me vería obligado a ir.

Los tres confiaron seriamente en que no estallaría la guerra, pero cada uno de ellos abrigaba serias dudas al respecto.

A la semana siguiente, Sarah acudió a los tribunales en compañía de su padre y obtuvo los documentos definitivos de su divorcio. Le entregaron la resolución judicial y a pesar de todo, a pesar del futuro que la esperaba, no dejó de experimentar un opresivo sentimiento de humillación. Había sido una verdadera estúpida al casarse con Freddie, que resultó ser un parásito. Ahora mantenía un noviazgo con Emily Astor, en Palm Beach. Por lo visto, la boda se celebraría en Navidades. En realidad, ahora ya no le importaba, a pesar de lo cual lamentaba mucho haberse casado con él.