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Renato no ha esperado a oír más las estudiadas lamentaciones de la nativa sirvienta, con pasos rápidos sale en busca de su esposa, gritando:

—¡Aimée... Aimée...!

Aimée le ha oído, lo ha visto, pero no responde. Todo lo tiene previsto y medido, y vuela, más que corre, hasta el patio posterior de la casa, frente a cuya escalera aguarda ya ensillado el alazán de Renato... Ha saltado sobre la silla, dominando su momentáneo espanto, agarrándose a las crines al mismo tiempo que arrebata las riendas de manos de Bautista, el cual grita apurado:

—¡Señora Aimée! ¡Este es el caballo del señor! Un momentito...

—¡Suelta! ¡Suelta, imbécil...!

—¡Sujeta ese caballo, Bautista! —ordena Renato acercándose presuroso—. ¡Aimée... Aimée...! ¿Estás loca? ¡Vas a matarte de veras! ¡Sujeta las riendas! ¡No lo hagas galopar así! ¡Aimée...! ¡Pronto, otro caballo! —grita Renato—, ¡Esa estúpida va a matarse!

—Será peor si la persigue —advierte Bautista—. ¡Déjela, señor! ¡Si corre en otro caballo, detrás del alazán, hará que se desboque!

Renato ha corrido al encuentro del otro alazán, que apenas puesto el freno ha escapado de manos de los que pretendían ensillarlo, y, agarrándose a las crines, salta ágilmente sobre el lomo desnudo... Golpeando con furia a su montura, sueltas las bridas, hace volar al noble bruto, tras aquel otro caballo del que ya sólo una nube de polvo se divisa por el camino de la montaña...

En la puerta misma de aquella Ermita, mandada construir catorce años atrás, allí donde los ásperos cerros se dividen para formar el desfiladero, doña Sofía se ha detenido, sobrecogida como por un presentimiento. Ha terminado aquella misa que hace decir para escucharla a solas, como un postrer tributo al que fuera en vida señor de Campo Real... Apenas una vieja vecina rezadora, el encargado de la limpieza y el muchacho que hace de monaguillo, han asistido junto con la pálida y severa señora... Ahora, todos se han ido. Ella está sola, temblando sin saber por qué, mirando sin acabar de comprender lo que sus ojos ven, mientras el sacerdote, llegando sólo para ese día, se acerca a ella e inquiere con gesto de extrañeza:

—Doña Sofía, ¿qué ocurre allí?

—Yo misma quisiera saberlo. Padre... Corre un caballo... Sube la cuesta a galope tendido... ¿Ve aquella nube de polvo en el camino de los cafetales? Es un caballo que parece correr desbocado...

—Y el jinete... el jinete juraría que... Sí, efectivamente... Es una dama... es una mujer la que va montada en ese caballo... ¿No ve usted la falda, doña Sofía?

—¿Una mujer? ¡Pero no es posible! A menos que Mónica...

—Mónica está en su convento, doña Sofía —advierte el Padre Vivier—. Pero esa falda... Acaso su nuera...

—Tendría que estar loca... Mi nuera aguarda un hijo...

—El caballo parece ser de mucho brío. Sea quien sea, es una verdadera locura... ¡Oh, mire, otro caballo! Otro jinete... ¡Allí...!

—Sí... Parece que la persigue... ¡Es Renato! ¡Es mi hijo! ¡Quiere cerrarle el paso! ¡Mírelo! ¡Se ha metido a campo traviesa por los sembrados!

—Pero ella lo esquiva... ¡Oh, qué locura! Ha tomado, la ladera de los riscos... Pero, ¿qué es esto? ¡Tiene que haber perdido la razón para...!

Han corrido hasta donde la roca cortada a pico es como una terraza sobre el abismo... Ya todo está lo bastante cerca para que puedan verlo los ojos desorbitados de Sofía...

—¡Aimée...! ¡Es Aimée, sí! ¡Ha soltado las riendas, Padre! ¡Mire... Mire... No puede dominar el caballo! ¡Se abraza al cuello, se agarra a las crines! —gritando desesperada, exclama—: ¡Alcánzala, Renato, sujeta ese caballo, detenlo...! ¡No lo dejes seguir, córtale el paso... córtale el paso...! —Un verdadero aullido de espanto es el que brota de su garganta, al advertir—: ¡Se va por el lado del precipicio...! ¡Oh...! ¡Renato... Renato...!

Al borde de los riscos, contenido milagrosamente por un brutal tirón de las riendas, que hacen doblar sus cuartos traseros, Renato ha detenido al alazán que monta, saltando a tierra con un impulso de horror, para asomarse tembloroso al fondo del abismo...

A lo lejos, el valle entero de Campo Real parece hervir. Por todas partes, de todos los caminos surgen rostros oscuros, se alzan cabezas estremecidas, se agitan cuerpos sudorosos, corren pies apresurados... Todos los ojos tratan de ver, todos los pasos van al mismo sitio: la desnuda montaña del desfiladero, la pared de riscos cortada casi a pico, el borde de aquellas rocas erizadas como puñales, frente a las que, como si también fuese de piedra, Renato D'Autremont quedara detenido...

—¡Renato... Renato...! —llama doña Sofía, acercándose alteradísima en compañía del sacerdote.

—¡No mires, madre, no mires!

Renato ha sujetado a doña Sofía, empujándola hasta las manos del sacerdote, que también la sostiene, y otra vez se inclina con el horror reflejado en su pálido rostro... Ramas rotas, arbustos semiarrancados, piedras arrastradas en la caída de los dos cuerpos que rodaron por allí, y en el fondo espantoso, contra el reborde inaccesible, una sangrienta masa inmóvil...

—¡Bautista... Bautista...! —llama Sofía, desesperada—. Busca cuerdas... escaleras. Llama gente. Hay que bajar ahí... puede que aún viva...

—No, madre, es imposible, no puede vivir... ¡Nadie puede estar vivo ahí...!

—De todas maneras, hay que bajar. Es una D'Autremont. Su cuerpo no puede quedar ahí... su cadáver no puede pudrirse como el de un animal, en el fondo de esos riscos. Iba a darte un hijo, Renato, iba a darte un hijo... ¡Tiene derecho a sepultura cristiana, cuando menos! ¡Hay que rescatar su cadáver!

—Tienes razón, madre. Bajaré yo mismo.

Largas horas ha durado el rescate... Desde lo alto de las montañas del desfiladero se ve al sol hundirse en el mar como un disco de cobre hecho ascua viva. En camilla de ramas van los despojos fríos de la que fuera belleza espléndida, y sobre el rostro desfigurado y rígido tiende su velo fúnebre la mantilla de blondas que en un último gesto de piedad extendieran las manos de Sofía... Ahora, las cumbres quedan silenciosas; aquel hervir de rostros oscuros y de cabezas estremecidas que trepó la montaña, marcha apretado y silencioso hasta la suntuosa morada de piedra y mármol, y la negra resaca va lentamente llenando los jardines, envolviendo las amplias galerías. Sólo una mujer no ha marchado detrás de todos, sólo una figura temblorosa se asoma una y otra vez al borde del abismo, sólo unos pies tuercen el rumbo para llegar hasta la puerta de la casucha medio en ruinas, donde otra mujer color de ébano aparece aguardarla, inmóvil y rígida tras la puerta desvencijada. Y frente a ella se doblan sus rodillas como si obedecieran a un rito, y se extienden sus manos en ademán de súplica infinita:

—Kuma... Kuma... Ella está muerta... Iba a morir y tú lo sabías. Tú viste sangre en el camino, sangre en la casa D'Autremont. Tú sabes, tú puedes, tú tienes poder, Kuma, ayúdame... ¡Sálvame a mí!

Yanina contempla el rostro de Kuma, negro como la sombra; sus pupilas, prendidas en un brillo de alucinación, acaso de locura; sus gruesos labios, que muestran al abrirse los dientes blanquísimos, única luz entre tanta penumbra, cuando susurra:

—Malos presagios para la casa D'Autremont...

—Malos presagios, sí —acata Yanina aterrada—. Ya los vaticinaste, ya se cumplieron... ¿Es que no sabes? ¿Es que no entiendes lo que te digo? ¡Ella está muerta! Dijiste que alguien moriría, que habría sangre...

—Sangre en las piedras del desfiladero, como cuando murió el amo don Francisco... Pero él no cayó allí; quedó al borde de los peñascos... Mis ojos lo vieron... mis ojos, que tantas cosas han visto... Y escuché al amo renegar, maldecir, y luego suplicar como un niño. Él murió lentamente; ella, de golpe, como el árbol que troncha el ciclón... Pero es lo mismo... Hay sangre en las piedras del desfiladero... Empieza a cumplirse lo que vi temblar en el humo... Pero todavía no es nada... Falta mucho más... Mucho más... Yo lo vi claro... Vi el Valle de Campo Real en ruinas, vi romperse la tierra, vi vomitar fuego las montañas, vi hervir el mar...