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Tardó tres días en escribir el primer artículo y dos en componer el siguiente; dedicó otro día a pulir el resultado; pasó dos días revisando con el redactor jefe línea por línea, y otro con los abogados realizando un minucioso análisis legal. Finalmente se abalanzó sobre la mesa del maquetador; su noticia iba a ocupar la primera página del dominical. El titular ponía: «Un caso de interrogantes.» Le gustaba cómo sonaba. El subtítulo rezaba: «Dos hombres, un crimen y un asesino que nadie puede olvidar.» También le gustaba.

Por la noche, se tumbó insomne en la cama, pensativo: «Lo has hecho. Al final lo has conseguido.»

El sábado, antes de que la historia saliera publicada, llamó a Tanny Brown. El detective estaba en casa, y el departamento de homicidios no le facilitó su número privado. Así que pidió a una agente que el detective le devolviera la llamada, lo cual hizo al cabo de una hora.

– ¿Cowart? Soy Brown. Pensaba que ya no teníamos nada de qué hablar.

– Sólo quería darle la oportunidad de responder a lo que va a salir en la prensa.

– ¿Igual que la oportunidad que nos dio su maldito fotógrafo?

– Lo siento.

– Nos tendió una emboscada.

– Lo siento.

Brown hizo una pausa.

– Bueno, al menos dígame que no salimos demasiado mal en la fotografía. Uno tiene su orgullo, ya sabe.

Cowart no supo si el detective estaba bromeando o no.

– No está mal -dijo-. Parece salida de Dos sabuesos despistados.

– Me conformo. Ahora dígame qué quiere.

– ¿Desea responder al artículo que vamos a publicar mañana?

– ¿Mañana? ¡Vaya! Supongo que tendré que levantarme temprano y bajar al quiosco. ¿Valdrá la pena?

– Por supuesto.

– Primera plana, ¿eh? Lo convertirá en una estrella, ¿verdad, Cowart? ¿Será famoso?

– Eso no lo sé.

El detective rió con sorna.

– La gran fotografía de Robert Earl, ¿no? ¿Cree que funcionará? ¿Cree que logrará sacarlo del corredor?

– Tampoco lo sé, pero es un artículo interesante.

– Apuesto a que sí.

– Sólo quería darle la oportunidad de responder.

– ¿Me dirá lo que pone?

– Sí. Ya está escrito.

Brown hizo una pausa.

– Supongo que contiene toda esa bazofia sobre los malos tratos. Y lo de la pistola, ¿no?

– Pone lo que él afirma. Y también lo que usted dijo.

– Pero no con las mismas palabras, ¿verdad?

– No. Ambos argumentos tienen el mismo peso.

Brown soltó una carcajada.

– Me lo imagino -dijo.

– Entonces, ¿prefiere comentar el artículo directamente?

– Me gusta esa palabra, «comentar». Es agradable y segura. ¿Quiere que comente su artículo? -Su voz se tiñó de sarcasmo.

– Exacto. Quería darle la oportunidad.

– Entiendo. La oportunidad de cavar más hondo mi propia tumba; de meterme en más líos, sólo porque le dije la verdad. -Respiró hondo y prosiguió, casi lamentándose-: Podría haberle contestado con evasivas, pero no lo hice. ¿Figura eso en el artículo?

– Por supuesto.

Brown rió con ironía.

– Mire, sé que se ha forjado una idea de lo que va a lograr con todo esto. Pero le diré una cosa: está equivocado. Totalmente equivocado.

– ¿Ése es su comentario?

– Las cosas nunca son tan fáciles ni tan simples como se piensa la gente. Siempre surge alguna complicación, algún interrogante, alguna duda.

– ¿Ese es su comentario?

– Usted se equivoca. De medio a medio.

– De acuerdo. Si ése es su comentario…

– No, eso es lo que quiero que entienda. -Soltó una brusca carcajada-. Sigue siendo un tipo duro, ¿verdad, Cowart? No me responda, porque ya sé la respuesta. -Hizo una pausa.

Cowart oyó una respiración honda y enojada al teléfono hasta que Brown por fin habló, haciendo que sus palabras retumbaran como una lejana tormenta.

– Vale, éste es mi comentario: váyase al infierno.

Y colgó.

8

OTRA CARTA DESDE EL CORREDOR DE LA MUERTE

Cowart no vio a Ferguson ni habló con él hasta el día del juicio, y lo mismo ocurrió con los detectives, que se negaron a devolverle sus llamadas en las semanas siguientes a la publicación de los artículos. Los fiscales del condado de Escambia, que competían por una estrategia, atendieron escuetamente sus peticiones de información. Por otro lado, la defensa se mostraba efusiva: llamaba cada día para tenerlo al corriente de los acontecimientos y descargaba un aluvión de mociones ante el juez que había presidido el primer juicio.

Desde que la historia salió a la luz, Cowart se vio atrapado por un ímpetu natural debido a las alegaciones que había escrito, como quien se ve arrastrado calle abajo por las lluvias torrenciales. La televisión y la prensa se abalanzaron con avidez sobre todas las personas, los acontecimientos y los lugares que protagonizaban aquella historia, para reconstruirla y modificarla de mil maneras diferentes, aunque básicamente semejantes. Aquella historia presentaba aspectos fascinantes: la confesión forzada, la inquieta ciudad todavía resentida por el asesinato de la niña, la frialdad de los detectives y, por último, la horrible ironía de que el verdadero asesino podría ver al inocente en la silla eléctrica con sólo mantener la boca cerrada. Y precisamente esto es lo que hizo Blair Sullivan: no concedió ninguna entrevista, se negó a hablar con periodistas, abogados, policías, y hasta con un equipo de 60 Minutes. Sólo hizo una llamada a Matthew Cowart unos diez días después de que aparecieran los artículos.

Era una llamada a cobro revertido. Cowart estaba en su mesa, ya reincorporado al departamento editorial, leyendo la versión que el New York Times daba de la historia («Surgen interrogantes por un caso de homicidio en los confines de Florida») cuando el teléfono sonó y la operadora le preguntó si aceptaba una conferencia de un tal señor Sullivan de Starke, Florida. Por un momento se quedó paralizado. Luego asintió, se inclinó hacia delante en la silla y oyó la familiar voz nasal del sargento Rogers.

– ¿Cowart? ¿Está usted ahí?

– Hola, sargento.

– Le paso con Sully. Quiere hablar con usted.

– ¿Cómo va todo?

El sargento se echó a reír.

– Vaya, debí prohibirle que entrase usted aquí. Este lugar se ha convertido en un maldito avispero desde que publicaron sus artículos. De pronto, a todo el mundo en el corredor de la muerte se le ocurre llamar a todos los malditos periodistas del estado. Y cada uno de esos malditos periodistas se presenta aquí solicitando entrevistas y visitas y demás. -La risa del sargento invadió la línea telefónica-. Este sitio está más animado que cuando el generador principal y el de emergencia se apagaron a la vez y todos los presos pensaron que la mano del destino les estaba abriendo las puertas.

– Siento haber causado tantas molestias…

– Bah, no importa. Rompe la rutina, ya me entiende. Claro que las cosas se van a poner difíciles cuando todo vuelva a la normalidad. Y tarde o temprano volverá.

– ¿Cómo está Ferguson?

– ¿Bobby Earl? Está tan ocupado con las entrevistas que deberían reservarle su propio espacio en la programación de medianoche, como al difunto Johnny Carson y a ese David Letterman.

Cowart sonrió.

– ¿Y Sully?

Se hizo una pausa y luego el sargento habló despacio:

– Se niega a hablar con nadie sobre nada. No sólo con periodistas y psiquiatras. El abogado de Bobby Earl ha venido unas cinco o seis veces y esos detectives de Pachoula pasaron por aquí, pero él se limitó a reírse de ellos y escupirles en la cara. Citaciones, amenazas, promesas, no importa lo que le mencionen, porque no sirve de nada. No quiere hablar, y menos de esa niña de Pachoula. Entona algunos cánticos para sus adentros, escribe más cartas y estudia a fondo la Biblia. No deja de preguntarme qué ocurre, así que yo lo pongo al corriente de todo lo que puedo, le traigo periódicos y revistas. Ve la televisión cada noche, de manera que sabe cómo esos dos detectives lo ponen a usted verde. Eso le hace reír.