Wilcox, que miraba fijamente a su superior, interrumpió:
– Pero ¡qué dices! No puedo creerme que aún quieras hablar con este mamonazo después de la que ha montado. Nos ha hecho quedar como…
El teniente alzó la mano.
– No me lo digas. Estoy harto de oírlo. -Se volvió hacia Cowart-. Cuando el espectáculo haya terminado, póngase en contacto conmigo. Volveremos a hablar. Por cierto, sólo una cosa más…
– ¿Qué cosa?
– ¿Recuerda lo último que le dije?
– Por supuesto. Me dijo que me fuera al infierno.
Brown sonrió.
– Bueno -repuso en voz baja-, pues lo mantengo. -Hizo una pausa y luego añadió-: Ha picado como un pardillo, señor Cowart.
Wilcox soltó una risotada y dio una palmadita en la robusta espalda de su jefe. Su puño y su índice perfilaron una pistola, con la que apuntó a Cowart para luego dispararla lentamente.
– ¡Pum! -dijo.
Acto seguido, ambos detectives se dirigieron a la sala y dejaron a Cowart y al fotógrafo plantados en el pasillo.
Robert Earl Ferguson entró en la sala flanqueado por un par de guardias de uniforme gris; vestía un traje azul oscuro de raya diplomática y llevaba un bloc de notas. Cowart oyó que otro periodista murmuraba: «Parece a punto de ingresar en la escuela de derecho», y luego vio que Ferguson estrechaba la mano a Roy Black y su joven ayudante, lanzaba una desafiante mirada a Brown y Wilcox, lo saludaba a él con la cabeza y, finalmente, se daba la vuelta y esperaba la llegada del juez.
Al momento, toda la sala se puso en pie.
El honorable Harley Trench era un hombre rechoncho de pelo cano, con coronilla de monje. Concitó toda la atención mientras organizaba rápidamente los documentos que tenía en el estrado. Luego echó un vistazo a los abogados, al tiempo que sacaba unas gafas de montura metálica y se las ajustaba, lo que le confirió el aspecto de un cuervo gordo en lo alto de un cable.
– Está bien. ¿Quieren seguir adelante con esto? -dijo con rapidez, haciendo señas a Roy Black.
El abogado se puso en pie. Era alto y delgado, y el pelo se le ondulaba sobre el cuello de la camisa. Se movía pausadamente, con un estilo histriónico y exagerado, gesticulando con los brazos mientras argumentaba. A Cowart le pareció que el magistrado no iba a hacerle mucho caso, porque fruncía el entrecejo a cada palabra.
– Señoría, estamos aquí para pedir la reapertura del juicio. Y lo hacemos basándonos en tres argumentos: primero, hay una nueva prueba exculpatoria; segundo, de presentarse esta nueva prueba ante un jurado, conllevaría un veredicto de inocencia, pues se impondría la duda razonable de que el señor Ferguson haya matado a Joanie Shriver; y tercero, nos consta que el tribunal cometió un error en el fallo previo al admitir una confesión supuestamente realizada por el señor Ferguson. -Se volvió hacia los detectives al pronunciar «supuestamente», que enfatizó con sarcasmo.
– ¿Y todo eso no es competencia del tribunal de apelaciones? -preguntó el juez con sequedad.
– No, señoría. Según los casos Rivkind, 320 Florida doce, 1978, y el estado de Florida contra Stark, 211 Florida trece, 1982, y otros, sostenemos con todo el respeto que a su señoría se le privó de todas las pruebas a la hora de emitir el fallo…
– ¡Protesto!
El ayudante del fiscal se había levantado de un brinco. Era un hombre de unos treinta años, seguramente no hacía mucho que había salido de la facultad. Llevaba un traje de tres piezas y hablaba con frases abruptas y entrecortadas. Se había especulado mucho sobre su asignación al caso. Debido a la amplia publicidad e interés del mismo, se había dado por supuesto que el fiscal del condado de Escambia llevaría la acusación. Cuando el joven fiscal se había presentado solo, los periodistas veteranos habían asentido en señal de entendimiento. Se llamaba Boylan, y se había negado a dar a Cowart siquiera la hora en que se celebraría la vista.
– El señor Black insinúa que el estado ocultó información, lo cual es una falacia. Señoría, esto es algo que debe determinar el tribunal de apelaciones.
– Señoría, ¿puedo terminar?
– Continúe, señor Black. Protesta denegada.
Boylan se sentó y Black prosiguió.
– Señoría, la defensa argumenta que el resultado del juicio habría sido diferente y que, sin la supuesta confesión del señor Ferguson, el estado no habría podido seguir adelante con la acusación. En el peor de los casos, señoría, si se hubiera dado a conocer la verdad al jurado, el abogado de oficio del señor Ferguson habría podido presentar un poderoso alegato de inocencia.
– Entiendo -respondió el juez, alzando una mano para interrumpir al abogado-. ¿Señor Boylan?
– Señoría, el estado argumenta que esto es competencia de los tribunales de apelaciones. En lo que respecta a la nueva prueba, las afirmaciones publicadas en un periódico no constituyen una prueba que un tribunal de justicia deba tener en consideración.
– ¿Y por qué no? -preguntó el juez de repente, mirando al fiscal con ceño-. ¿Qué resta relevancia a esas afirmaciones, si la defensa puede demostrar que son ciertas? Desde luego, no sé cómo van a hacerlo, pero ¿por qué no debería dárseles la oportunidad?
– La fiscalía sostiene que se trata de habladurías, señoría, y que deberían excluirse.
El juez negó con la cabeza.
– Existen muchas excepciones a las reglas de la habladuría, señor Boylan. Lo sabe. Usted mismo estuvo en este tribunal la semana pasada argumentando lo contrario. -El juez miró al público-. Veremos la causa -dijo con brusquedad-. Llame a su primer testigo.
– Bingo -susurró Cowart al fotógrafo.
– ¿Qué?
– Si dice que verá la causa es que ha cambiado de parecer.
El fotógrafo se encogió de hombros. El alguacil se puso en pie y llamó:
– Detective Bruce Wilcox.
Mientras le tomaban juramento a Wilcox, el ayudante del fiscal se levantó y dijo:
– Señoría, veo a varios testigos presentes en la sala. Eso viola las normas procesales.
El juez asintió y dijo:
– Que todos los testigos esperen fuera.
Cowart vio que Tanny Brown se ponía en pie y abandonaba la sala. Sus ojos siguieron la lenta estela que el detective iba dejando al alejarse por el pasillo. Detrás iba un hombre más pequeño al que Cowart identificó como un ayudante del forense. Para sorpresa suya, también reconoció a un funcionario de la prisión estatal, un hombre al que había visto en sus visitas al corredor de la muerte. Cuando se volvió, vio que el fiscal lo señalaba.
– ¿No es el señor Cowart un testigo?
– Esta vez no -contestó Roy Black con una leve sonrisa.
El fiscal fue a decir algo, pero se abstuvo.
El juez se inclinó hacia delante, para inquirir con tono brusco y ligeramente incrédulo:
– ¿No piensa llamar al señor Cowart?
– Esta vez no, señoría. Como tampoco al señor y la señora Shriver.
Hizo un gesto hacia la primera fila, en la que los padres de la niña asesinada estaban estoicamente sentados, procurando mirar al frente y hacer caso omiso de las cámaras de televisión que los enfocaban.
El juez se encogió de hombros.
– Proceda -dijo.
El abogado se acercó al estrado de los testigos e hizo una pausa antes de mirar a Wilcox, que se había sentado ligeramente inclinado y con las manos apoyadas en la barandilla, como quien espera a que le den la salida en una carrera.
Al principio, el abogado se limitó a reconstruir los hechos. Hizo que el detective describiera las circunstancias de la detención de Ferguson; le hizo reconocer que éste no había ofrecido resistencia y que en un primer momento lo único que lo incriminaba era la semejanza de los automóviles. Y acabó preguntando:
– Así pues, ¿lo arrestaron por el coche?
– No, señor. No lo pusimos a disposición judicial hasta que confesó la autoría del crimen.
– Pero eso fue posterior a su detención, ¿no? Más de veinticuatro horas después, ¿correcto?