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– ¿Censurar?

– Sí. Yo me ocupo de inspeccionar el correo, señor. De vez en cuando tenemos razones para interceptar algo. Suele ser contrabando. Dejo que todo el mundo escriba lo que quiera.

– Pero en el caso del señor Blair Sullivan…

– Ése es un caso especial, señor.

– ¿Por qué?

– Escribe cartas obscenas a los familiares de sus víctimas.

– ¿Y qué hace usted con esas cartas?

– Bueno, intento ponerme en contacto con las personas a las que van dirigidas las cartas. Si lo logro, los pongo al corriente y les pregunto si quieren leerlas. Procuro hacerles saber lo que contienen. La mayoría no quiere ni verlas.

– Muy bien. Digno de admiración, incluso. ¿Sabe el señor Sullivan que usted le intercepta el correo?

– Lo desconozco. Es posible. Parece estar al tanto de todo lo que sucede en prisión.

– Dígame, ¿ha interceptado alguna carta en las últimas tres semanas?

– Sí, señor.

– ¿Y a quién iba dirigida esa carta?

– A un tal señor George Shriver de aquí, de Pachoula.

Black le enseñó una hoja con el brazo en alto.

– ¿Es ésta la carta?

El superintendente la observó atentamente.

– Sí, señor. En el margen superior lleva mis iniciales, y un sello. También puse una nota que hace referencia a la conversación que mantuve con los Shriver. Cuando les dije a grandes rasgos qué ponía la carta, no quisieron saber nada de ella, señor.

Black entregó la carta al secretario del tribunal, que la marcó como prueba, y luego se la devolvió. Se interrumpió cuando empezaba a formular una pregunta. Entonces volvió la espalda al juez y al testigo y se acercó a la balaustrada de la sala, donde los Shriver estaban sentados. Cowart lo oyó susurrar: «Voy a hacerle leer la carta en voz alta. Puede ser un golpe duro. Lo siento. Si desean irse, les guardaremos el sitio para cuando vuelvan.»

La sencillez de sus palabras, tan ajena al tono firme de sus preguntas, sorprendió a Cowart, que vio cómo los Shriver asentían.

Entonces el hombre se puso en pie y cogió a su mujer de la mano. Mientras se marchaban, la sala guardó silencio. Sus pasos resonaron levemente y las puertas chirriaron al cerrarse tras ellos. Black los siguió con la mirada y permaneció unos segundos más en silencio. Luego asintió ligeramente con la cabeza y dijo.

– Por favor, señor Sims, léanos la carta.

El testigo se aclaró la garganta y se volvió hacia el juez.

– Es un poco desagradable, señoría. No sé…

El juez lo interrumpió.

– No se preocupe. Léala.

El testigo inclinó ligeramente la cabeza y se ajustó las gafas. Leyó con voz acelerada, llena de vergüenza al pronunciar las obscenidades.

– «Señor y señora Shriver: siento no haberles escrito antes, pero he estado muy ocupado preparándome para morir. Sólo quería que supieran lo maravilloso que fue follarme a su pequeña. Meter y sacar la polla de su coño era como recoger cerezas una mañana de verano. El suyo era el coñito virginal más sabroso que he probado. Pero aún mejor que follármela fue verla morir: el cuchillo hundiéndose en su tierna carne como si fuese un melón… Eso es exactamente lo que era, una fruta. Por desgracia, ahora está podrida e incomible. Echarle un polvo ahora sería algo terriblemente pervertido, ¿no? Estaría verdosa y llena de gusanos después de tanto tiempo bajo tierra. Una lástima. Pero tengan la seguridad de que fue bonito mientras duró…» -Levantó la vista hacia la defensa-. Firmada: «Su buen amigo, Blair Sullivan.»

Black miró el techo para permitir que aquel espanto se desvaneciera un poco. Luego preguntó:

– ¿Ha escrito a los familiares de otras víctimas?

– Sí, señor. A casi todos los parientes de todas las personas que asesinó.

– ¿Escribe con regularidad?

– No, señor. Sólo cuando parece venirle la inspiración. La mayoría de las cartas son incluso peores que ésta. A veces es aún más detallista.

– Me lo imagino.

– Sí, señor.

– No hay más preguntas.

El fiscal se puso lentamente en pie. Sacudió la cabeza.

– Veamos, señor Sims, ¿en esa carta Blair Sullivan reconoce expresamente haber asesinado a Joanie Shriver?

– No, señor. Dice lo que he leído. No dice expresamente que la haya matado… no, señor; pero sin duda eso es lo que parece decir.

El fiscal sintió flaquear sus fuerzas. Fue a formular otra pregunta, pero cambió de idea.

– Nada más -dijo.

Sims abandonó la sala caminando a paso ligero. Los Shriver regresaron pasados un par de minutos. Cowart vio que tenían los ojos enrojecidos de llorar.

– Ahora oiré los alegatos -dijo el juez Trench.

Ambos abogados fueron muy breves, lo cual sorprendió a Cowart. Sus argumentos eran previsibles. El periodista procuraba tomar notas, pero no podía evitar desviar la mirada hacia aquellos padres desolados en la primera fila. Se fijó en que no se giraban para observar a Ferguson, sino que mantenían la mirada al frente, clavada en el juez, con la espalda rígida y los hombros ligeramente inclinados hacia él, como si lucharan contra el embate de un vendaval.

Cuando los letrados hubieron terminado, el juez habló severamente.

– Quiero ver citaciones de ambas partes. Me pronunciaré después de revisar la jurisprudencia. Se aplaza la vista hasta dentro de una semana. -Se levantó bruscamente y salió por una puerta en dirección a su despacho.

Cuando el público se puso en pie, hubo un momento de confusión. Cowart vio que Ferguson le estrechaba la mano al abogado y luego seguía a los guardias hacia la puerta que conducía a los calabozos del juzgado. Se volvió y vio a los Shriver rodeados de periodistas, forcejeando para avanzar por el pasillo y salir de la sala. En el mismo instante vio que Roy Black hacía señas al fiscal, quejándose de los problemas que estaba teniendo la pareja. La señora Shriver levantaba el brazo como para protegerse del aluvión de preguntas que le llovía. George Shriver rodeaba a su esposa con un brazo y tenía la cara congestionada. Al cabo de un rato Boylan se acercó a ellos y, como un barco que cambiara de dirección en alta mar, los condujo en la dirección opuesta, rumbo a la puerta del despacho del juez. Cowart oyó decir a un fotógrafo que iba junto al fiscaclass="underline" «No se preocupe, tengo la foto.» Cowart sintió un extraño malestar.

Oyó voces alrededor: un cámara entrevistaba a Black, deslumbrándolo con el resplandor de un foco.

– Claro que en eso llevamos razón -decía Black-. Aún quedan muchos interrogantes por descartar. No me explico por qué el estado no acepta que…

Al mismo tiempo, un poco más allá Boylan respondía ante otra cámara y resplandecía con idéntica intensidad bajo idéntica luz.

– En nuestra opinión, tenemos al autor de un terrible crimen esperando en el corredor de la muerte. Y aunque el juez concediera un nuevo juicio al señor Ferguson, creemos que hay pruebas más que suficientes para volver a declararlo culpable.

– ¿Aun sin la confesión? -preguntó un reportero.

– En efecto -respondió el abogado. Alguien se echó a reír, pero cuando Boylan se volvió con una mirada fulminante, las risas cesaron.

– ¿Cómo es que su jefe no ha comparecido en la vista? ¿Por qué lo han enviado a usted? No figuraba en el anterior equipo fiscal.

– Me correspondió a mí -respondió escuetamente.

Roy Black respondía a la misma pregunta unos metros más allá.

– Porque a los funcionarios electos no les gusta acudir a las vistas a jugarse el cargo. Desde el principio la acusación se huele que lleva las de perder. Y pueden citar textualmente mis palabras.

De repente un cámara se acercó a Cowart con su implacable foco y le preguntó:

– Cowart, usted publicó los artículos que han promovido todo esto. ¿Qué le ha parecido la vista? ¿Y la carta de Sullivan?

Cowart vaciló entre decir algo inteligente o insustancial, pero acabó limitándose a sacudir la cabeza.