Detuvo la cinta y la rebobinó un poco, hasta el punto en que Sullivan decía: «Ésos son los treinta y nueve. Casi nada, ¿no?» Y él respondía: «Señor Sullivan, no queda mucho tiempo.» Entonces el asesino le había gritado: «Pero ¿es que no me ha oído, amigo?», y luego: «Es hora de contarle una última historia…»
Rebobinó de nuevo, hasta «Casi nada, ¿no?».
Se acercó a su colección de discos y cintas y dio con un casete del Sketches of Spain, de Miles Davis, que había grabado hacía años. Era una cinta vieja, muy gastada, con la etiqueta casi ilegible. La introdujo en la platina de copiado y avanzó unos minutos. Luego puso el modo grabación simultánea y pulsó rec.
Cowart oyó las palabras bullendo a su alrededor e intentó desterrarlas de su mente.
Cuando la cinta terminó, pulsó stop. Escuchó la confesión de Sullivan en la cinta de Miles Davis. La claridad de la voz había disminuido, pero seguía perfectamente audible. Acto seguido, cogió la cinta y la devolvió a su sitio entre los demás discos y cintas del anaquel.
Se quedó un momento mirando fijamente el original. Luego rebobinó hasta el fragmento que había copiado, pulsó rec y borró las palabras de Sullivan con un silencio sofocante. Podría parecer una manera algo abrupta de acabar la grabación, pero le sacaría del aprieto. Ignoraba si la cinta sería sometida a una investigación metódica en los laboratorios de la policía, pero al menos ganaría un poco de tiempo.
Cowart apartó por un momento los ojos de la pantalla del ordenador y distinguió a la pareja de detectives avanzando por la redacción. Sortearon las distintas mesas, zigzagueando en dirección a él, ajenos a la presencia de los periodistas de la sala, que les seguían con la mirada. Cuando llegaron a su escritorio, ya todo el mundo les estaba mirando.
– Muy bien, señor Cowart -dijo Andrea Shaeffer con tono impaciente-. Nuestro turno.
Le dio la impresión de que las palabras se difuminaban en la pantalla.
– Termino en un segundo -contestó, con los ojos fijos en el ordenador.
– Ya ha terminado -repuso Michael Weiss.
En ese momento llegó el redactor jefe y se interpuso entre los dos policías y Cowart.
– Queremos una declaración completa, ahora mismo. Hace días que tratamos de conseguirla y ya estamos hartos de jugar al gato y al ratón -explicó Shaeffer.
El redactor jefe hizo un gesto con la cabeza.
– Cuando termine.
– Eso nos dijo el otro día, cuando encontró los cuerpos. Entonces tenía que hablar con Sullivan. Luego no sé qué le cuenta Sullivan pero necesita estar a solas. Y ahora tiene que escribir. ¿Acaso necesitamos suscribirnos a su maldito periódico para enterarnos de las cosas? -espetó Weiss con exasperación.
– En un momento estará con ustedes -insistió el redactor jefe, ocultando a Cowart de la mirada de los detectives y procurando alejarlos de su mesa.
– Ahora -se obstinó Andrea Shaeffer.
– Cuando termine -se obstinó aún más el jefe.
– ¿Quiere que le arreste por interferir con la investigación? -replicó Weiss-. Empiezo a cansarme de esperar a que ustedes terminen su jodido trabajo para que nosotros podamos empezar el nuestro.
– Buena idea -contestó el redactor jefe-. Mañana en primera plana saldría una preciosa foto de ustedes esposándome. Seguro que el jefe de policía de Monroe estaría encantado. -Y les ofreció las muñecas.
– Escuche -terció Shaeffer-. Él posee información relacionada con la investigación de un homicidio. ¿No le parece razonable pedirle un poco de colaboración?
– No es que no sea razonable. Pero también se le echa encima el cierre de la primera edición, y lo primero es lo primero.
– En eso tiene razón -gruñó Weiss-. Lo primero es lo primero. Sólo que no estamos de acuerdo en qué es lo primero. Parece que vender periódicos va primero que resolver asesinatos.
– Matt, ¿te queda mucho? -preguntó el jefe.
– Unos minutos.
– ¿Dónde están las cintas? -preguntó Shaeffer.
– Las están transcribiendo. Ya casi han acabado. -El redactor jefe reflexionó un instante-. Oigan, ¿por qué no leen lo que Sullivan le dijo a mi compañero mientras esperan?
Los detectives asintieron con la cabeza y el jefe se los llevó a la sala de reuniones, donde tres mecanógrafos con auriculares trabajaban sin tregua con las cintas.
Cowart respiró hondo. Ya había terminado de describir la ejecución y se las veía ahora con la confesión de Sullivan. Había enumerado todos los crímenes que aquel psicópata había confesado.
El único cabo suelto era la horrenda muerte de sus padres adoptivos. Cowart se quedó bloqueado. Era una parte crucial de la historia, una información destinada a ocupar una posición clave en los primeros párrafos. Y al mismo tiempo, era la parte más delicada. No podía decirle a la policía -ni escribirlo en el periódico- que Ferguson estaba implicado en esos crímenes sin explicar el porqué. Y la única respuesta a ese porqué se remontaba a la muerte de Joanie Shriver y al acuerdo al que, según el difunto, habían llegado aquellos dos hombres en el corredor de la muerte.
Matthew Cowart vaciló frente al monitor. El único modo de protegerse a sí mismo, a su reputación y a su carrera era encubrir el papel de Ferguson.
«¿Encubrir a un asesino?», pensó.
En su mente resonaron las palabras de Sullivan: «¿Acaso lo he matado a usted?»
Por un instante tuvo el impulso de revelar la verdad, pero inmediatamente se preguntó: «¿Cuál es la verdad?» Todo estaba en las palabras del ejecutado Sullivan. Un mentiroso empedernido, hasta más allá de la muerte.
Advirtió que el redactor jefe estaba observándole. Levantó los brazos y le hizo un gesto para que se apresurara. Cowart volvió a mirar el artículo, consciente de que iba a ir a la imprenta tal cual estaba.
Una voz sobre su hombro le arrancó de su indecisión.
– No me lo trago.
Era Edna McGee. La melena rubia le daba en la cara mientras negaba con la cabeza. Estaba leyendo unas cuartillas mecanografiadas. La confesión de Sullivan.
– ¿Qué? -Cowart giró la silla hasta quedar de cara a su amiga.
Ella frunció el entrecejo e hizo una mueca sin separar la vista del papel.
– Matt, aquí hay algo que no encaja.
– ¿El qué?
– Estoy haciendo una lectura rápida, claro, pero bueno, veo que está contando la verdad sobre los crímenes. Lo supongo por los detalles y todo lo demás. Pero mira esto, dice que mató a un chaval que trabajaba en una estación de servicio y en la tienda de recuerdos indios de la Tamiami Trail, hace un par de años. Dice que paró a tomarse un refresco o no sé qué, que le pegó un tiro por la espalda y que vació la caja antes de salir para Miami. Me acuerdo muy bien de aquel crimen, ya que lo cubrí. ¿Te acuerdas que empecé con un artículo sobre los establecimientos que habían sufrido atracos en los alrededores de la reserva Miccosukkee y que preparé una tabla con los crímenes sufridos por los vecinos de Everglades? ¿Te acuerdas?
Cowart se agarró a la mesa.
– Matt, ¿te encuentras mal?
– Me acuerdo, claro que sí -contestó Cowart con un hilo de voz.
Edna lo observó.
– La mayoría versaba sobre gente a la que habían atracado camino del bingo y de las patrullas que los indios habían organizado para vigilar sus negocios.
– Lo recuerdo.
– Pues bien, resulta que investigué un poco sobre aquel asesinato. Todo fue más o menos como Sullivan dice, y en un momento dado incluso se diría que lo presenció en directo. Y es verdad, al muchacho le dispararon por la espalda. Pero eso apareció en todos los periódicos… -Agitó las cuartillas con la transcripción-. A lo que voy es a que lo sabe todo, pero sólo de modo superficial. No lo hizo él. Ni de coña. Arrestaron a tres chavales del sur de Miami por ese crimen. Los peritos relacionaron su arma con la bala que abatió al muchacho y todo eso. Uno de ellos confesó y el que conducía testificó contra el autor de los disparos. Caso cerrado. Dos de ellos están cumpliendo veinticinco años por homicidio en primer grado y el otro consiguió un acuerdo. Pero no hay dudas respecto a la autoría del crimen.