Uno de los camiones del reparto se lo llevó y lo dejó cerca de su apartamento. Se metió bajo el brazo un ejemplar del periódico del día siguiente y echó a andar, súbitamente aliviado por el anónimo taconeo de sus zapatos sobre la acera.
Echó un vistazo a la fachada del apartamento antes de llegar a la puerta, en busca de más periodistas. No vio a nadie; luego buscó algún rastro de los detectives de Monroe. No sería tan extraño que lo hubieran seguido. No obstante, la calle parecía desierta y Cowart se apresuró a entrar en el vestíbulo. Por primera vez desde que vivía en aquel modesto edificio lamentó su falta de seguridad. Titubeó un instante frente al ascensor, y al final optó por abrir la puerta de emergencia y subir por la escalera; respiraba entrecortadamente y sus pasos resonaban en la contrahuella de linóleo de los escalones.
Abrió la puerta del apartamento y entró. Permaneció un momento en el centro de la estancia, esperando a que se le sosegara el corazón, luego se aproximó a la ventana y se quedó contemplando las oscuras aguas de la bahía. Unas pocas luces se reflejaban inseguras sobre el ondeante charco de tinta negra, devoradas una y otra vez por el vasto océano.
Creía estar solo, pero se equivocaba. No se daba cuenta de que varias personas, pese a encontrarse a kilómetros de distancia, estaban en la habitación con él, como fantasmas, a la espera de su próximo movimiento.
Algunas, por supuesto, se encontraban más cerca. Andrea Shaeffer, por ejemplo, que había aparcado a una manzana y había asistido a su errática fuga con la ayuda de unos prismáticos de visión nocturna, viendo cómo trataba de ocultarse en la oscuridad. Tan concienzuda era su vigilancia que la detective no reparó en Tanny Brown, que cobijado por las sombras del edificio adyacente dejaba que la noche lo ocultara. Brown espió las luces del apartamento de Cowart hasta que se apagaron. A continuación, esperó a que el coche de la detective se adentrara lentamente en las tinieblas de la ciudad antes de moverse, ligero como un gato, hacia el apartamento de Cowart.
14
Tanny Brown estuvo escuchando a través de la puerta del apartamento de Cowart. Podía percibir cómo los distantes sonidos del tráfico urbano penetraban en la quietud de la oscuridad y se entremezclaban con el soniquete de un insecto verde que se estrellaba una y otra vez contra la luz del vestíbulo. Se puso manos a la obra en cuanto oyó que en el apartamento adyacente un par de voces subían de volumen entre risas para luego desvanecerse. Por un segundo se preguntó qué clase de broma era ésa. Volvió a escuchar a través de la puerta; del apartamento de Cowart no llegaba ruido alguno. Cogió con suavidad el pomo de la puerta y lo giró levemente hasta que encontró resistencia. Cerrado. Observó el pestillo de la parte superior y comprobó que estaba echado.
Apretó el puño, contrariado. No soportaba la idea de tener que llamar al timbre. Quería colarse subrepticiamente en el apartamento, como un caco, para sorprender a Cowart y de ese modo sonsacarle la verdad.
Oyó un sonido metálico a su espalda y, dándose la vuelta, trató de refugiarse bajo una sombra. En un acto reflejo se llevó la mano a la pistolera. Era el ascensor, que subía a otro piso. Distinguió el pequeño haz de luz deslizarse entre las puertas y pasar de largo. Suspiró, preguntándose a qué tanto sobresalto. Fatiga e incertidumbre. Volvió la vista a la puerta, pensando que si alguien le sorprendía de esa guisa, llamaría sin duda a la policía, tomándolo por un intruso con malas intenciones.
«Lo cual es precisamente la verdad», pensó con un toque de humor.
Brown respiró hondo, sacudió la cabeza para despejarse y se concentró en su propósito. Notó el latir del odio en las sienes y de pronto se enfureció y empezó a aporrear la puerta.
Cowart se encontraba sentado en el suelo con las piernas cruzadas en medio de los restos de su apartamento. Al oír el estallido de aquellos golpes como disparos de pistola, su primer pensamiento fue permanecer inmóvil como un ciervo cegado por un faro; el segundo fue protegerse y esconderse. Lo que hizo, sin embargo, fue levantarse y dirigirse con paso inseguro en la dirección del estruendo.
Cogió aire y preguntó:
– ¿Quién está ahí?
«Soy el señor Problemas», pensó Brown, y dijo:
– Teniente Tanny Brown. Quiero hablar con usted. -Hubo un momento de silencio-. ¡Abra!
A Cowart le entraron ganas de soltar una carcajada. Abrió la puerta y asomó la cabeza.
– Todo el mundo quiere hablar conmigo hoy. Pensaba que sería otro de esos capullos de la tele.
– Pues no, soy yo.
– Pero apuesto a que las preguntas serán las mismas -dijo Cowart-. ¿Cómo me ha encontrado? No figuro en la guía y el redactor jefe nunca le daría mi dirección.
– No ha sido difícil. Usted me dio su número de teléfono cuando intentaba sacar a Bobby Earl de la prisión. Bastó con llamar a la compañía telefónica y decirles que era un asunto de la policía.
Los ojos de ambos hombres se encontraron y Cowart sacudió la cabeza.
– Tendría que haberme imaginado que vendría. Hoy todo parece salirme mal.
Brown hizo un gesto con la mano.
– ¿Voy a tener que instalarme aquí o puedo pasar?
Al periodista la situación debía de parecerle cómica, pues se sonrió y volvió a sacudir la cabeza.
– Claro. ¿Por qué no? De todas formas pensaba ir a verle.
Terminó de abrir la puerta. La estancia estaba a oscuras.
– ¿Encendemos la luz?
Cowart se acercó a la pared y encendió el interruptor. El detective se quedó asombrado ante el desbarajuste que iluminó la lámpara del techo.
– Santo cielo, Cowart. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Lo han atracado?
El periodista volvió a sonreírse.
– No, sólo ha sido un pronto. Y no tengo ganas de recogerlo. Va a tono con mi estado anímico.
Caminó hasta el centro de la sala y encontró una butaca volcada. La puso de pie, dio un paso atrás y le indicó al detective que se sentara. Quitó de encima del sofá unos papeles que fueron a parar al suelo y se derrumbó en el espacio libre.
– Estoy cansado -dijo Cowart-. No duermo mucho. -Se frotó la cara con las manos.
– Yo tampoco duermo mucho últimamente -contestó Brown-. Demasiadas preguntas. Y muy pocas respuestas.
– Eso tendría en vela a cualquiera.
Se observaron con mirada exhausta. Cowart sonrió y movió la cabeza en respuesta al silencio.
– ¿No va a preguntarme nada? -le dijo al detective.
– ¿Qué está pasando?
Cowart se encogió de hombros.
– Una pregunta demasiado genérica; no puedo contestar a eso.
– Wilcox me dijo que sea lo que fuere lo que Sullivan le dijo antes de poner su culo en la silla, le hizo pasar un mal rato. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata?
Cowart volvió a sonreír.
– ¿Eso dijo? Muy propio. Wilcox tiene hielo en las venas. Ni parpadeó cuando activaron la descarga eléctrica.
– ¿Y por qué iba hacerlo? ¿No irá a decirme que derramó siquiera una lágrima por Sullivan?
– No, claro que no. Pero…
Brown le interrumpió:
– Bruce Wilcox ve las cosas a su manera.
– Sí, puede -contestó el periodista, asintiendo con la cabeza-. No sé. O sea que quiere saber qué me contó Sullivan. Si le digo que me confesó un sinfín de asesinatos, ¿se quedará satisfecho?
– Puede. Sí.
– Ya veo. La muerte también es un negocio para usted. Como lo era para Sully.