Shaeffer se frotó los ojos, dejando que sus pensamientos derivaran hacia Cowart. «¿Qué estará escondiendo? -se preguntó-. Alguna parte de la historia que para él es importante. Pero ¿cuál?» Se hizo un retrato mental del periodista, de su mirada, de su voz. No había tenido mucha experiencia con periodistas, pero sabía que con frecuencia hacen ver que saben más de lo que en verdad saben, que aparentan estar compartiendo su información cuando lo que hacen en realidad es recabarla. Cowart, no obstante, no se ajustaba a este perfil. Desde su primer encuentro en el escenario del crimen, no había hecho ninguna pregunta sobre los asesinatos de Tarpon Drive. Y había hecho todo lo posible por evitar que se las hicieran a él.
«¿Esto qué implica? Que ya conoce las respuestas. Pero ¿por qué iba a querer ocultarlas? Para proteger a alguien. ¿A Blair Sullivan? Imposible. Es él quien necesita que lo protejan.»
Pero no llegaba a ninguna conclusión. Se puso a garabatear en un bloc de notas: dibujó círculos concéntricos que se iban volviendo más y más oscuros según iba emborronando el papel.
Se acordó de una lección de sus días en la academia de policía: cuatro de cada cinco asesinos conocen a sus víctimas.
«Está bien -se dijo-. Sullivan le dice a Cowart que él preparó los asesinatos. Pero ¿cómo pudo hacerlo desde el corredor de la muerte?»
Se turbó. La cárcel es todo un mundo. Allí todo puede obtenerse si uno está dispuesto a pagar por ello, incluso con la vida. Ahí dentro todos saben que la cárcel funciona a base de trueques y favores. No obstante, para alguien de fuera es tarea ardua penetrar en las maquinaciones de esos entornos, a veces incluso imposible. Las ataduras de que depende un policía -el miedo a sanciones, a responder de sus actos- no existen en la cárcel.
Shaeffer se planteó el paso siguiente con recelo: interrogar a todos los reclusos que hubieran trabado contacto con Sullivan. «Uno de ellos me dará la clave -pensó-. Pero ¿con qué pagó Sullivan? No tenía dinero. Ni siquiera tenía una buena posición dentro de la cárcel. Era un tipo solitario destinado a la silla eléctrica. ¿O no?»
¿Cómo había pagado Sullivan?
Un pensamiento la asaltó súbitamente: quizás había pagado por adelantado.
Respiró hondo.
«Sullivan encarga un asesinato y todos damos por sentado que el pago es posterior a su comisión. Sería lo natural. Pero… planteémoslo a la inversa.» Shaeffer sintió un calor, notaba que la imaginación se le disparaba con tantos cambios de rumbo. Recordó la desbordante emoción que sentía cuando sus ojos reconocían la amplia y oscura silueta del pez espada remontando las aguas verdioscuras dispuesto a arrancar el cebo. El mágico y sobrecogedor instante previo a la batalla. «El mejor momento», pensó.
Descolgó el teléfono y marcó un número. Sonó tres veces antes de que una voz contestara.
– ¿Diga?
– Mike, soy Andy.
– Coño, ¿es que tú nunca duermes?
– Pues no.
– Dame un segundo.
Esperó oyéndolo a lo lejos dar explicaciones a su esposa. Percibió las palabras «es su primer caso importante» antes de que la conversación quedara ahogada por el sonido de un grifo abierto. Luego el silencio, y por fin la voz de su compañero riendo.
– Maldita sea, niña, el detective jefe soy yo y tú eres la novata. Si te digo que duermas, duerme.
– Lo siento -se disculpó ella.
– Vale… -contestó-. Qué falsa eres. Bueno, ¿qué te ronda por la cabeza?
– Matthew Cowart. -Al pronunciar su nombre pensó: «No pongas aún todas las cartas boca arriba.»
– ¿El señor Lo-demás-me-lo-quedo-en-el-buche?
– El mismo. -Sonrió.
– No me gusta ese hijo de perra.
No le costaba mucho esfuerzo figurarse a su compañero sentado al borde de la cama. Su mujer debía de estar con la cabeza metida bajo la almohada para amortiguar el ruido de la conversación. A diferencia de muchas parejas de detectives, su relación con Michael Weiss era profesional y distante. No llevaban mucho juntos, lo bastante para reír los chistes del otro pero no lo suficiente para prestar atención al chiste. Era un hombre robusto, pragmático e impulsivo. Lo que a él se le daba bien era enseñar fotografías a los testigos y escarbar en los informes de las compañías de seguros. Que él tuviera diez años de experiencia y ella unos pocos meses no la impresionaba: lo dejaba atrás con facilidad.
– A mí tampoco.
– ¿Qué te ha pasado por la cabeza?
– He pensado que debería encargarme de él. Que me vea. En el periódico, en el apartamento, cuando vaya a hacer footing, en la ducha, por todas partes.
Weiss rió.
– ¿Y?
– Que sepa que vamos a buscarle las cosquillas hasta que sepamos lo que nos esconde. Por ejemplo, quién cometió aquel doble crimen.
– Me parece bien.
– Pero alguien tendría que empezar a investigar en la cárcel. Por si alguien sabe algo, por ejemplo el sargento. Y me parece que alguien tendría que buscar entre las pertenencias de Sullivan. Tal vez haya algo que nos sirva de ayuda.
– Oye, Andy, ¿esta conversación no podía esperar hasta, digamos, las ocho de la mañana? -La voz de Weiss denotaba una mezcla de cansancio e ironía-. Lo digo para que duermas un poco.
– Perdona, Mike. Supongo que no.
– No me gusta cuando me recuerdas a mí de joven. Recuerdo mi primer caso importante. También a mí me salía humo por las orejas. No podía dejarlo un solo momento. Hazme caso. Tómatelo con calma.
– Mike…
– Vale, vale. Prefieres acosar al periodista en vez de interrogar a presos y carceleros, ¿verdad?
– Sí.
– ¿Lo ves? -dijo Weiss riendo-, ésta es la clase de intuición que te hará llegar lejos en el departamento. De acuerdo. Tú le haces la vida imposible a Cowart y yo regreso a Starke. Pero quiero que hablemos. Todos los días. Puede que dos veces al día, ¿de acuerdo?
– De acuerdo.
No sabía si estaba dispuesta a aceptar. Colgó y empezó a ordenar la mesa, archivó los documentos, apiló los informes, añadió sus notas y observaciones a los expedientes y guardó los bolígrafos y lápices en el bote. Cuando quedó satisfecha, se permitió ponerse manos a la obra.
«Es mi oportunidad», pensó.
Se puso en marcha hacia Miami con el sol del mediodía quemándole el capó del coche. Iba tarareando fragmentos de canciones de Jimmy Buffett sobre la vida en los cayos de Florida y soñando con los ojos abiertos mientras conducía a gran velocidad.
Era su primer homicidio; había dejado los coches patrulla hacía nueve meses y los allanamientos hacía tres, para ascender valiéndose de su pericia y la igualdad de oportunidades de que ahora gozaban las mujeres y las minorías dentro del departamento. La consumía la ambición que ella misma alimentaba con su energía y la convicción de que podía suplir su falta de experiencia con su entrega. Esa había sido casi siempre su respuesta ante la adversidad desde que era una niña solitaria en cayo Alto. Su padre, detective de la policía de Chicago, fue abatido en acto de servicio. A menudo había reflexionado sobre el término «acto de servicio» y en lo poco ajustado que en verdad estaba al concepto. Pretendía darle cierta dignidad marcial a lo que ella consideraba el fruto de un error momentáneo y de la mala fortuna. Sugería que su muerte había sido algo necesario, pero ella sabía que eso era mentira. Su padre había servido en la brigada de delitos económicos, a menudo trataba con confidentes y marrulleros del tres al cuarto, tratando de atajar el inacabable aluvión de jubilados e inmigrantes que confiaban en hacer fortuna mediante negocios más que dudosos. Una mañana, sus compañeros y él irrumpieron en la sede de una correduría fraudulenta. Veinte hombres y mujeres llamaban desde sus mesas ofreciendo inversiones milagrosas. Ni el caso ni la redada se salían de lo ordinario, todo formaba parte de la cotidianidad tanto de los agentes como de los estafadores. Lo que no estaba previsto es que uno de éstos fuera un exaltado con una pistola oculta al que nunca antes habían detenido y que por tanto no sabía que la justicia lo pondría en la calle sin amonestarlo siquiera. Hubo un único disparo. Atravesó una mampara divisoria e impactó en su padre, que se encontraba al otro lado tomando nota de los nombres de los detenidos. Todo había sido inútil. Había muerto empuñando un bolígrafo.