Giró sobre los talones y se dirigió a una esquina del vestíbulo del Journal donde había varios teléfonos públicos. Repasó sus notas y llamó a información de Pensacola. Acto seguido marcó el número facilitado por la voz electrónica.
Después de hablar con una secretaria, oyó la voz del abogado.
– Roy Black al habla. ¿En qué puedo ayudarla, señorita?
– Señor Black -dijo-, soy Andrea Shaeffer. Estoy en el Miami Journal…. -Sonrió, anticipando su pequeña patraña-. Necesitamos dar con Cowart. Ha ido a Pachoula a ver a su cliente, el señor Ferguson. Es importante que contactemos con él pero aquí nadie sabe cómo hacerlo. ¿Podría ayudarme? De veras siento tener que molestarlo…
– No es molestia ninguna, señorita. De todos modos, Bobby Earl se ha ido de Pachoula. Ha vuelto a Newark, Nueva Jersey. No veo por qué el señor Cowart iba a querer volver a Pachoula.
– Oh, vaya suerte la mía -repuso ella fingiendo asombro y contrariedad-. El señor Cowart está haciendo un seguimiento sobre la ejecución de Sullivan. ¿Cree que podría dirigirse a Newark? No dio muchas indicaciones sobre su itinerario y sería conveniente no perderlo de vista. ¿Tiene alguna dirección del señor Ferguson? Lamento la molestia, pero no ha habido manera de encontrar la agenda del señor Cowart.
– No suelo dar direcciones, ¿sabe? -replicó el abogado.
– Lo entiendo perfectamente -respondió ella con naturalidad-. Vaya, ¿y ahora cómo voy a encontrarlo? El jefe me cortará el cuello -suspiró compungida.
El abogado titubeó.
– Vale, de acuerdo, se la daré -cedió por fin-. Pero prométame que no se la filtrará a la prensa ni a nadie. El señor Ferguson quiere dejar atrás todo este asunto, ¿sabe? Intenta retomar su vida.
– Es comprensible y me hago cargo. Se lo agradezco mucho, abogado -dijo afectando entusiasmo.
– Espere. La estoy buscando.
Esperó con impaciencia. No había sido nada difícil engatusarlo. Se preguntó si llegaría a tiempo de coger el próximo avión hacia el Norte. No acababa de saber qué haría con Ferguson cuando lo encontrara, aunque de una cosa sí estaba segura: las respuestas a sus preguntas estaban ocultas en alguna parte muy cerca de él. Recordó sus ojos tal como aparecían en las páginas del periódico. Un hombre inocente.
17
El avión atravesó una fina capa de nubes mientras se aproximaba al aeropuerto y pudo vislumbrar la ciudad, que se erguía en la distancia como un juego de cubos apilados por un niño. El tímido sol de comienzos de primavera iluminaba la miríada de edificios de oficinas. Se imaginó el mordiente frío de abril y por un momento echó de menos el calor de los cayos. Después se centró en cómo aproximarse a Ferguson.
Decidió que con cautela. Como si Ferguson fuera un pez grande que ha picado en un aparejo ligero: un movimiento brusco o demasiada presión y se rasgará el cordel y quedará libre. Nada lo vinculaba con los asesinatos de Tarpon Drive, salvo la presencia de Cowart. Ningún testigo, ninguna huella, ningún resto de sangre. Ni siquiera el modus operandi: la violación y asesinato de una niña poco tiene en común con matar sádicamente a una pareja de ancianos. Y según Cowart y su periódico, Ferguson ni siquiera era responsable de la primera parte de la ecuación.
A medida que el avión viraba, pudo distinguir el amplio cinturón de la autopista de Nueva Jersey serpenteando. De repente tuvo miedo de haberse dejado arrastrar por una senda oscura y pensó que lo mejor sería tomar el primer avión y regresar a Florida junto a Weiss. Todo se veía muy claro desde el vestíbulo del Miami Journal. Ahora, el cielo gris y opaco de Nueva Jersey parecía mofarse de su incertidumbre.
Se preguntó si Ferguson habría aprendido la lección. Probablemente, ya que, según se derivaba de las palabras de Cowart, parecía un tipo listo, educado, distinto de la mayoría de convictos. Sin embargo, la detective se temía que era un caso especial.
Todavía recordaba un día en el barco de su padrastro, seis años atrás. Era hacia última hora de la tarde y estaban pescando mientras la marea se retiraba bajo los pilones de uno de los innumerables puentes de los Cayos. El cliente había atrapado un gran sábalo real de más de cincuenta kilos. Había saltado ya dos veces fuera del agua, las branquias le palpitaban, arqueaba la cabeza y parecía gañir cuando su brillante cuerpo plateado rompía contra las oscuras aguas. Escapaba a favor de la corriente, valiéndose de la fuerza del agua para luchar contra el sedal. El cliente porfió entre gruñidos, con las piernas separadas y la espalda encorvada, y luchó contra la fuerza del pez. El animal iba tirando del sedal en dirección a los pilones del puente.
«Un pez inteligente -pensó ahora-. Un pez fuerte. Sabía que si lograba llegar allí, podría desgarrar el sedal contra los percebes, tensándolo y restregándolo contra el pilón.» Aquel pez ya había picado antes. El dolor del anzuelo clavado en la mandíbula y la fuerza del sedal tirando hacia la superficie le eran familiares. El conocimiento le daba fuerzas. No había miedo en su lucha, sólo la astuta y calculada determinación con que se dirigía hacia el puente y la salvación.
Lo que había hecho ella entonces debió de parecer una locura. Se llegó de un salto junto al cliente y en un simple pero impulsivo movimiento dejó ir casi todo el sedal. Entonces gritó: «¡Suéltela! ¡Suéltela!» El cliente le lanzó una mirada contrariada, pero ella le arrebató la caña de las manos y la arrojó por la borda. Dejó una estela mientras se hundía rápidamente. «Pero ¿qué demonios…?», empezó el hombre, pero se interrumpió cuando su padrastro viró en dirección a la parte más apartada del puente.
Su padrastro, arriba en el puente, escudriñó la creciente oscuridad hasta que por fin señaló con el dedo. Se volvieron y vieron la caña, que sobresalía a unos veinte metros. Se acercaron y la recogieron del agua, soltando el carrete casi al mismo tiempo. «Ahora sáquelo», le dijo ella al cliente. El hombre tiró de la caña y esbozó una sonrisa en cuanto notó el peso del sábalo. El pez, enganchado todavía, salió a la superficie sobresaltado y asombrado al sentir de nuevo el tirón del anzuelo. Daba saltos en busca de oxígeno, el agua negruzca le resbalaba por las escamas y ella sabía que era su última batalla, presentía la derrota en cada encorvamiento de la cabeza y en cada espasmo del cuerpo. Diez minutos más tarde lo arrastraban pegado a la borda. El cliente levantó el pez por el anzuelo y lo sacó del agua. Hubo fotografías a raudales y luego ella devolvió el pez al agua, inclinada sobre la cubierta, sosteniéndolo para que volviese a la vida. Antes de soltarlo, sin embargo, le arrancó una de aquellas escamas plateadas del tamaño de una moneda de medio dólar. Se la guardó en el bolsillo de la camisa y se quedó contemplando al pez mientras se alejaba, despacio removiendo su cola en forma de guadaña entre las cálidas aguas.
«Un pez inteligente -pensó-. Un pez fuerte. Pero yo fui más inteligente y por eso me hice más fuerte.» Volvió a pensar en Ferguson. «Ya ha picado antes», pensó.
El ruido del avión aumentó hasta que por fin cesó. Recogió sus cosas y se encaminó a la salida.
El capitán de enlace del departamento de policía de Newark le proporcionó un par de agentes de paisano para que la acompañaran al apartamento de Ferguson. Tras una breve presentación y un poco de charla de cortesía, la llevaron a través de la ciudad hasta la dirección que ella les dio.
Shaeffer miraba aquellas calles que se le antojaban salidas del infierno. Los edificios eran de ladrillo y hormigón oscuro, con un aire sucio e inseguro. Incluso la luz del sol parecía gris. Había un sinfín de pequeños negocios, tiendas de ropa, bodegas, casas de empeño, tiendas de electrodomésticos, negocios de alquiler de muebles, todos exhibiendo su decrepitud en las sucias aceras. Había barrotes de acero por doquier: necesidades de la gran ciudad. En las esquinas se veían grupos de hombres ociosos, pandilleros adolescentes o estridentes busconas. Incluso los locales de comida rápida, pese a sus reglamentos de orden e higiene, tenían un aspecto viejo y descuidado, nada que ver con sus homólogos de las zonas residenciales. La ciudad parecía un viejo luchador que ha llegado hasta los últimos asaltos en demasiadas peleas: se tambaleaba pero, inexplicablemente, se mantenía en pie, tal vez por ser demasiado viejo o estúpido o testarudo para desplomarse.