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– ¿Dice que ese tipo estudia, detective? No lo creo. En esta zona, imposible -dijo uno de los agentes, un negro taciturno y con canas en las sienes.

– Eso me dijo su abogado -contestó ella.

– Aquí sólo hay una clase de formación: la de las putas, los chulos, los camellos y los ladrones. No creo que usted le llame estudiar a eso.

– Bueno -terció su compañero, un hombre más joven de pelo rubio y bigote descuidado que conducía el coche-. Eso no es del todo cierto. Aquí también vive gente decente…

– Sí -replicó su compañero-, los que se protegen detrás de rejas y barrotes.

– No le haga caso -dijo el rubio-. Está muy quemado. Además, se le ha olvidado decir que él se crió en esta zona y consiguió terminar la escuela nocturna, de modo que no es algo imposible. Quizá su hombre coge el tren de New Brunswick porque estudia en Rutgers. O tal vez estudia de noche en St. Pete's.

– No tiene sentido. ¿Por qué iba a vivir en este agujero si tuviera otras opciones? -contestó el negro-. Si tuviera dinero no estaría aquí. La única razón por la que la gente vive aquí es porque no tiene la posibilidad de irse a otra parte.

– Se me ocurre otra razón -dijo el policía joven.

– ¿Qué razón es ésa? -preguntó Shaeffer.

El policía hizo un gesto con el brazo.

– Para esconderse. Tal vez quiera pasar inadvertido. Para eso no hay mejor sitio que Newark. -Señaló un edificio abandonado-. Algunas partes de esta ciudad son como la jungla o las ciénagas. Cuando pasamos por delante de un edificio como ése, abandonado, incendiado o lo que sea, no hay manera de saber qué hay en su interior. Hay gente que vive ahí sin electricidad, calefacción y agua. Los rondan las bandas para esconder armas. Joder, pero si hasta podría haber un centenar de cadáveres en esos edificios y nunca los encontraríamos. Ni siquiera sabríamos que los tienen ahí. -Hizo una pausa-. Un sitio perfecto para perderse. ¿Quién demonios iba a venir hasta aquí buscando a alguien a menos que fuera imprescindible? -preguntó.

– Creo que yo lo haría -dijo Schaeffer.

– ¿Para qué quiere a ese hombre? -preguntó el rubio.

– Puede que sepa algo acerca de un caso de doble homicidio.

– ¿Cree que nos causará problemas? Tal vez deberíamos pedir refuerzos. ¿Tiene que ver con drogas?

– No. Más bien con un asesinato por encargo.

– ¿Seguro? Me refiero a que no quiero llegar y encontrarme con un tío armado con una Uzi y esnifando medio kilo de crack.

– No. En absoluto.

– ¿Es un sospechoso?

Vaciló. «¿Lo es?»

– No exactamente. Sólo queremos hablar con él. Podría serlo o no serlo.

– Está bien, nos fiaremos de usted. Aunque la idea no me convence. ¿Qué tiene contra este tipo?

– No mucho.

– Pero sí la esperanza de que diga algo que le sirva ante un tribunal, ¿no?

– Ésa es la idea -asintió Schaeffer.

– A ver si pica.

La ironía del policía la hizo sonreír.

– A ver.

Los dos hombres resoplaron y siguieron conduciendo. Pasaron por delante de un grupo de hombres delante de una tienda de comestibles. Shaeffer intuía que todos los ojos los vigilaban. «Todos saben quiénes somos -pensó-. Nos identifican en un segundo.» Trató de distinguir las caras que cruzaban por la calle, pero se confundían las unas con las otras.

– Es ahí -dijo el conductor-. A mitad de la manzana.

Aparcó en el espacio libre entre un Cadillac color frambuesa con neumáticos de banda blanca y tapicería de velvetón y una chatarra carente de valor. Un muchacho estaba sentado en el bordillo junto al Cadillac.

– Hogar, dulce hogar -dijo el agente rubio-. ¿Cómo quiere que lo hagamos, detective?

– Con tranquilidad y buenos modales -respondió-. Primero hablaré con el portero, si lo hay. Tal vez con algún vecino. Luego llamaré a su puerta.

El policía negro se encogió de hombros.

– Está bien. Nosotros la acompañaremos. Pero cuando entre, se las tendrá que apañar solita.

Era un edificio de ladrillo rojo de seis plantas. Shaeffer se disponía a entrar cuando de repente se volvió y miró al chico del bordillo. Llevaba un par de caras y flamantes zapatillas de baloncesto blancas de caña alta y unos pantalones de chándal raídos.

– ¿Qué tal? -le preguntó.

El muchacho se encogió de espaldas.

– Bien.

– ¿Qué haces?

Hizo un ademán.

– Miro las ruedas. ¿Eres poli?

– Tú lo has dicho.

– No eres de por aquí.

– No. ¿Conoces a alguien llamado Robert Earl Ferguson?

– El de Florida. ¿Lo estás buscando?

– Sí. ¿Está aquí?

– No sé. No se deja ver mucho.

– ¿Por qué no?

El muchacho se dio la vuelta.

– Andará metido en algo.

Shaeffer meneó la cabeza y subió los peldaños de la entrada secundada por los dos agentes de paisano. Se fijó en los buzones y leyó el nombre de Ferguson en uno de ellos. Apuntó los nombres de algunos vecinos y dio con uno con la abreviación «Port.». Llamó y esperó junto al interfono. No hubo respuesta.

– No va -dijo el agente negro.

– Aquí esos cacharros nunca funcionan -añadió el otro.

Empujó la puerta del edificio. Cedió. Se sintió ligeramente incómoda.

– Me imagino que en Florida sí funcionan los interfonos y cerrojos -dijo el negro.

El interior estaba oscuro como una caverna. Los pasillos eran estrechos, había pintadas en las paredes y olía a una mezcla de basura y orines. El policía rubio debió de ver que ella arrugaba la nariz, pues dijo:

– Oiga, este lugar es mejor que la mayoría, y de largo. -Hizo un gesto-. ¿Ve usted a algún borracho instalado en el vestíbulo? Esto de aquí es un lujo.

Encontró el piso del portero bajo el hueco de la escalera, llamó tres veces y al cabo oyó ruido en el interior. Después una voz:

– ¿Qué quiere?

Acercó la placa a la mirilla.

– Policía -contestó.

Se oyó el chacoloteo de tres o cuatro cerrojos. Por fin se abrió la puerta, dejando ver a un negro de mediana edad, descalzo y vestido con ropa de trabajo.

– ¿Es usted el señor Washington, el portero?

Asintió.

– ¿Qué quiere? -repitió.

– Quiero salir de este vestíbulo -dijo sin rodeos.

Él abrió la puerta y dejó pasar a los tres policías.

– Yo no he hecho nada.

Shaeffer echó un vistazo a los muebles desnudos y las alfombras raídas; luego preguntó:

– Robert Earl Ferguson. ¿Se encuentra en casa?

El hombre se encogió de hombros.

– Puede. Supongo. No me fijo mucho en quién entra o sale.

– ¿Quién vigila, entonces?

– Mi mujer -dijo señalando a un lado.

Shaeffer vio a una mujer negra de poca estatura que tenía de gruesa lo que su marido de enclenque; guardaba silencio ante la entrada del pasillo, asida a un andador de aluminio.

– ¿Señora Washington?

– Sí.

– ¿Robert Earl Ferguson está en el edificio?

– Debería estar. Hoy no ha salido.

– ¿Y cómo lo sabe?

La mujer dio un paso colocando con cuidado el andador delante de sí. Resollaba.

– Me cuesta mucho moverme. Me paso el día aquí… -Señaló una ventana-. Veo lo que pasa por el mundo antes de que me toque abandonarlo, hago un poco de punto y cosas así. Suelo estar al tanto de la gente que entra y sale.