El paseo sirvió para que Maria hurgara en la vida de Liam. El irlandés se había tomado un año sabático. Compartía un negocio de importación-exportación con un amigo, con el que había llegado al acuerdo de tomarse, después de tantos años de trabajo, una larga temporada libre de obligaciones laborales; apenas acabara él, su socio emprendería la suya. El negocio funcionaba, de modo que podían permitirse ese lujo. Importaban y exportaban todo tipo de mercancías, pero siempre como intermediarios. De hecho, sólo tenían seis empleados, cuatro en la oficina y dos en un almacén no muy grande.
Liam estaba habituado a urdir relatos en los que constantemente emergía de un pasado distinto. Llevaba seis meses fuera de Canadá, dos pasados en África. África, exclamó Maria. Era uno de sus sueños aún, por motivos económicos, sin realizar. Entonces el irlandés se entretuvo hablándole de la belleza y la tragedia del continente. Aquello le llevó el tiempo que les costó pasar por cuatro manzanas, durante el que tuvo ocasión de comprobar que la contaminación acústica de Valencia le obligaba a levantar la voz, con aquella enervante costumbre de hacer sonar el claxon en cualquier momento. Tantos habitantes en las sociedades urbanas y tan poco cerebro. Después de África, Liam narró su breve estancia en Irlanda, para conocer el pueblo de sus padres. María se interesó por el conflicto irlandés, pero de aquello Liam apenas sabía nada. Al contrario que a ella, no le atraía la política; así pues, pasó en seguida a ciudades como París, Londres o Munich. También había estado en Sevilla y Madrid. Quizá hiciese una breve escapada a Barcelona. Un par de días o tres. Valencia sería la última ciudad que visitaría antes de ir a América del Sur. Desde allí volvería a Canadá.
Maria quiso saber qué le había llevado a Valencia, por qué le había atraído su ciudad y no otras. La pregunta cogió desprevenido a Liam, que se encogió de hombros a la vez que respondía que no la había elegido por nada en concreto. Entonces se dio cuenta de que hallaba una extraña irrealidad en sus propias palabras. Quizá el mar… el clima… no lo sé exactamente. Y acto seguido se arrogó el turno de preguntas, porque cuanto más hablara más tendría para recordar en sus próximas citas. La vida de Maria, no obstante, era más bien simple. No era, dijo con gesto impávido, una mujer con mucha suerte. Integrante de una familia de cinco hermanos, había tenido que trabajar desde muy jovencita, siempre como dependienta. Ahora intentaba cursar la carrera de derecho, estudiando durante su tiempo libre y sus vacaciones. Como no podía asistir a las clases, había optado por matricularse en la universidad a distancia. Poco a poco, con dos o tres asignaturas por curso, quizá dentro de cuatro o cinco años obtendría la licenciatura, circunstancia que le permitiría mejores perspectivas laborales, muy distintas de su actual estatus, abocada a contratos temporales de plazo muy breve y a salarios ínfimos. Le contó que su situación era similar a la de miles de personas sin cualificación alguna. Por eso debía esforzarse por sacarse la carrera, con la ventaja, añadió, de que aún era joven. Tenía todo un mundo por delante y la firme voluntad de ganárselo. Ahora bien, ese esfuerzo le impedía llevar la vida normal que por su edad le correspondería. Treinta y un años, dijo abriendo un paréntesis. Mientras sus amigas ya habían tenido tiempo de casarse, la mayoría de separarse, algunas ya con hijos, ella se había visto obligada a renunciar a cualquier relación que comportara el abandono de su objetivo de formarse. Necesitaba todo el tiempo para sí.
Dicho eso, calló. Sus esfuerzos por calcular un inglés lo más exacto posible resultaban agotadores en una conversación que debía ser fluida. ¿Estás casado?, le preguntó volviendo a donde habían aparcado el coche, justo enfrente de la calle del restaurante. No. Nunca lo he estado. Tampoco he tenido tiempo para dedicárselo a una relación estable. ¿Si lo echaba de menos? Liam se tomó su tiempo para responder. En su vida había echado tantas cosas de menos que el hábito de no tenerlas le había llevado al total abatimiento de la indiferencia. Pero ella esperaba una respuesta. Liam se decidió por fin a expresar una duda: a veces sí, otras no. Había tardado traicionado por un pensamiento que durante unos instantes le transportó a la situación real. Era una pregunta que no había tenido nunca el derecho a plantearse. La inocencia, la sinceridad de la gente normal, le desarmaba. Involuntariamente se entregaba a la confianza, a la necesidad de volcarse. Entonces era consciente de que no podía decir nada que no fuera de circunstancias.
A lo largo de la cena, Maria, mientras hablaba o escuchaba, observaba en él a un hombre distinto; no sabía exactamente por qué. Quizá fuese la dureza que reflejaba su rostro, la fatiga vital que irradiaba, que no era indiferencia o desinterés por ella. No parecía un viajero en año sabático, un turista accidental. ¿Había sufrido un desengaño amoroso y dedicaba un tiempo a olvidarlo? Le daba la sensación de estar ante un hombre que buscaba un refugio sin encontrarlo por ninguna parte. Una actitud que la atraía, y debía evitarlo. A pesar de todo, él captaba cierta ternura; un sentimiento que no esperaba y del que prescindía. Pero a veces era como un bumerang: por muy lejos y muy fuerte que se lanzara, siempre volvía.
17
La política valenciana parece un rompecabezas al que siempre le falta una pieza. Quizá la propia anomalía del país infunda anormalidad en unos acuerdos que serían impensables en otros lugares. Cuando no eran las ansias del Front de Francesc Petit por erigirse en fuerza decisiva de obediencia autóctona, era la presencia de un outsider, además de intruso, como Juan Lloris lo que complicaba aún más la coyuntura e imposibilitaba pactos coherentes. La escisión en el Front aún añadía más dificultades. En esas circunstancias, un hombre curtido en política, con veinte años de experiencia, intentaba reconducir la situación con un último esfuerzo. La iniciativa del socialista Josep Maria Madrid tenía como objetivo, en caso de ser exitosa, potenciar su figura en el partido, donde las corrientes ideológicas, o más bien los distintos grupos que pugnaban por el poder interno, también dirimían batallas con compromisos puntuales que hacían de los socialistas un partido versáticlass="underline" unas veces más o menos autonomistas, otras más o menos de izquierdas, según su dinámica interna. El pacto con Horaci Guardiola, actual secretario general del Front, les obligaba a confeccionar un programa más social, pero la irrupción en escena de Juan Lloris les ponía en la tesitura de llegar a un acuerdo electoral con la derecha, entente que generaba un problema con el Front, que a su vez, si no quería desaparecer del mapa parlamentario, necesitaba a los socialistas. También Juan Lloris era un quebradero de cabeza para la derecha, que, quisiera o no, tenía que pactar secretamente con los socialistas para que el empresario no obtuviera la alcaldía. Pactos contra natura, acuerdos que generaban desconfianza entre unos y otros, mientras Francesc Petit se erigía en actor principal, un elemento indispensable aunque todavía se desconociera su tirón electoral en la ciudad.
Él mismo intuía que era la pieza clave, pero a la vez era consciente de que, para jugar su baza con habilidad, lo más importante no era disponer de buenas cartas, sino saber utilizarlas. Juan Lloris, los conservadores y los socialistas le necesitaban. Pero la partida más importante era la que se jugaba con el empresario. Los socialistas eran rehenes de Horaci Guardiola, que impediría cualquier acuerdo con Petit; los votantes conservadores no entenderían que un hombre con el pasado de Petit figurase en las listas de la derecha, algo que tampoco admitirían los hipotéticos votantes del ex secretario del Front. Así pues, todos los caminos llevaban a Lloris. Entonces, ¿por qué Josep Maria Madrid se empeñaba en reunirse con él? Políticamente no podía ofrecerle nada, y personalmente rechazaba cualquier cargo de asesor que le apartara del ámbito de la política estricta. Además, no se fiaba de Madrid aunque no le importara escucharle. A pesar de todo, la cortesía era una costumbre que aún mantenía su valor diplomático entre todos ellos. Tenía pocas cosas que decirle a Josep Maria Madrid, pero habló largo y tendido con él.