– Bueno, las dejo… Tengo mucha gente a la que atender… Tenga, aquí encontrará toda la información…
Camille se arrodilló detrás de ella.
– Ésta no está mal, ¿no?
– …
– Francamente, me lo esperaba peor… Es un modelo como muy deportivo… Y negra queda muy elegante…
– Sí, anda… ¡ya que estás, dime también que me favorece!
– Sunrise Medical… les ponen unos nombrecitos que… 37… Ésta es su región, ¿no?
Paulette se puso las gafas:
– ¿Dónde?
– Pues… Chanceux-sur Choisille…
– ¡Anda! ¡Pues sí! ¡Chanceux! ¡Pero si sé muy bien dónde queda esto!
Hecho, asunto arreglado.
Gracias, Dios mío. De no ser por la coincidencia regional, salíamos de la farmacia con un kit de pedicura y unas zapatillas con suela antideslizante…
– ¿Cuánto es?
– 558 euros sin contar las tasas…
– Ah, vaya… Pero… ¿no se puede alquilar?
– Este modelo, no. Para alquilar tenemos otro. Más robusto y más pesado. Pero… esto se lo cubrirá el seguro al cien por cien, ¿no? La señora tendrá un seguro, me imagino…
La empleada sintió que se estaba dirigiendo a dos viejas medio retrasadas.
– ¡No van a pagar ustedes por la silla de ruedas! Vayan a su medico, y pídanle una receta… Visto su estado, no habrá ningún problema… Tengan, les doy esta pequeña guía… Aquí tienen todas las referencias… ¿Tienen algún generalista?
– Pues…
– Si no está acostumbrado, enséñenle este código: 401 A02.I. Lo demás ya lo gestionarán con el CNAM, ¿de acuerdo?
– Ah… vale… y… ¿qué es eso del CNAM?
Ya en la calle, Paulette se tambaleó:
– Si me llevas a un médico, me devolverá al asilo…
– ¡Eh, Paulette, tranquila!… No iremos nunca a un médico, yo los odio tanto como usted, ya nos las apañaremos… No se preocupe…
– Van a dar conmigo… van a dar conmigo… -lloraba Paulette.
Al volver a casa no tenía apetito, y permaneció postrada en su cama toda la tarde.
– ¿Qué le pasa? -se preocupó Franck.
– Nada. Hemos ido a la farmacia a buscar una silla, y como la dependienta ha dicho algo de ir a un médico, se ha quedado traumatizada…
– ¿Una silla de qué tipo?
– Pues… ¡de ruedas, de qué va a ser!
– ¿Para qué?
– ¡Pues para rodar, idiota! ¡Para ver mundo!
– Joder, ¿pero tía, tú de qué vas? ¡Ella está bien así! ¿Por qué la quieres llevar de aquí para allá dando vueltas como una peonza?
– Mira… Tú ya me estás empezando a tocar las narices, ¿sabes? ¡Pues no tienes más que ocuparte tú un poco de ella también! ¡No tienes más que limpiarle el culo de vez en cuando, y así verías un poco de lo que te estoy hablando! A mí no me importa cargar con ella, es un encanto tu abuelita, ¡pero necesito moverme un poco, irme de paseo, distraerme un poco, joder! No, si tú ya sé que ahora mismo estás de puta madre, ¿verdad? Tranquilízame, a ti, ahora mismo, no te incordia nada, ¿eh? Ya sea Philou, Paulette o tú, todo lo que sea estar en casa, comer, currar y dormir, os basta, no necesitáis más… ¡Pero yo sí, mira tú por dónde! ¡Yo ya estoy empezando a ahogarme, tío! Y además me encanta andar, y ahora viene el buen tiempo… Así que déjame que te lo vuelva a decir: hacer de niñera para tu abuela, yo encantada, pero con la opción gran turismo, si no, os las apañáis…
– ¿Qué?
– ¡Nada!
– No te pongas así…
– ¡No tengo más remedio! ¡Eres tan egoísta, que si no me quejo a gritos nunca harás nada para ayudarme!
Franck se marchó dando un portazo y Camille se encerró en su habitación.
Cuando salió, los encontró a los dos en el vestíbulo. Paulette estaba feliz: su nieto se estaba ocupando de ella.
– Hala, gordinflona, siéntate. Esto es como con una moto, para llegar lejos hay que ajustar bien las tuercas…
Franck estaba agachado en el suelo, revisando una a una todas las palancas:
– ¿Los pies están bien a esta altura?
– Sí.
– ¿Y los brazos?
– Un poco altos…
– Bueno, Camille, vente para acá. Ya que la que vas a empujar eres tú, vente para acá que te ajuste los agarradores…
– Perfecto. Bueno, tengo que irme… Acompañadme al curro y así la probamos…
– ¿Cabe en el ascensor?
– No. Hay que plegarla… -contestó nervioso-. Pero mejor, no está incapacitada, que yo sepa, ¿no?
– Brrrrum, brrrum… Ponte el cinturón, que tengo prisa.
Cruzaron el parque a toda velocidad. Al llegar al semáforo, Paulette tenía el pelo revuelto, y las mejillas coloradas.
– Bueno, chicas… Yo ya os dejo. Mandadme una postal cuando estéis en Katmandú…
Ya había recorrido unos cuantos metros cuando se dio la vuelta:
– ¡Eh! ¡Camille! No te olvides de lo de esta noche, ¿eh?
– ¿El qué?
– Las crêpes…
– ¡Mierda!
Camille se llevó la mano a la boca.
– Se me había olvidado… No voy a estar en casa.
Franck acusó el golpe.
– Además es importante… No lo puedo anular… Es una cosa de trabajo…
– ¿Y ella?
– Le he pedido a Philou que tome el relevo…
– Bueno… pues nada, qué se le va a hacer… Nos las comeremos sin ti…
Aguantó estoicamente la desesperación y se alejó, retorciéndose.
Le picaba la etiqueta de su calzoncillo nuevo.
14
Mathilde Daens-Kessler era la mujer más guapa que Camille había conocido en su vida. Era muy alta, mucho más que su marido, muy delgada, muy alegre, y muy culta. Pisaba nuestro pequeño planeta sin darle importancia, se interesaba por todo, se sorprendía por cualquier cosa, se divertía, se indignaba blandamente, a veces apoyaba su mano sobre la tuya, siempre hablaba en voz baja, dominaba cuatro o cinco lenguas, y escondía sus cartas tras una sonrisa desalentadora.
Tan guapa que a Camille jamás se le pasó por la cabeza dibujarla.
Era demasiado arriesgado. Tenía demasiada vida.
Sólo un boceto de nada, una vez. Su perfil… El final de su moño y sus pendientes… Pierre se lo robó, pero no era ella. Faltaban su voz grave, su presencia resplandeciente y los hoyuelos en sus mejillas cuando reía.
Tenía la bondad, la arrogancia y la desenvoltura de quienes han nacido entre sábanas de organza. Su padre había sido un gran coleccionista, Mathilde siempre había vivido rodeada de cosas bellas y nunca había contado nada en su vida, ni sus bienes, ni sus amigos, y menos aún sus enemigos.
Ella era rica, y Pierre, emprendedor.
Permanecía callada cuando él hablaba, y luego enmendaba las tonterías que decía su marido en cuanto éste miraba para otro lado. Pierre bajaba los humos a sus jóvenes protegidos. No se equivocaba jamás, era él quien había lanzado a Voulys y a Barcarès por ejemplo, y ella se las ingeniaba para retenerlos.
Retenía a quien quería.
Su primer encuentro, Camille se acordaba muy bien, había tenido lugar en la escuela de Bellas Artes con ocasión de una exposición de proyectos de fin de curso. Los precedía una especie de aura… El marchante terrible y la hija de Witold Daens… La gente esperaba su llegada, los temía, y estaba al acecho de su más mínima reacción. Camille se sintió miserable cuando se acercaron a saludarlos, a ella y a su pandilla de desharrapados… Bajó la cabeza al estrecharle la mano, esquivó torpemente algún que otro cumplido, y buscó con la mirada algún agujero en el que esconderse por fin.
Era en junio, de eso hacía ya casi diez años… Unas golondrinas daban un concierto en el patio de la escuela, y se estaban tomando un ponche malejo mientras escuchaban hablar a Kessler. Camille no oía nada. Miraba a Mathilde. Aquel día llevaba una túnica azul y un ancho cinturón de plata en el que se agitaban unos minúsculos cascabelitos al compás de sus movimientos.