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La pregunta la desconcertó. Estaba demasiado sumergida en el olor del hombre, en su calor cercano, en el vértigo del momento de intimidad, y le costó salir de ahí.

– Del memorista asesinado, supongo.

Lizard negó con la cabeza. Tenía una curiosa expresión, entre burlona y belicosa.

– No. Es de Nopal. Es una de las propiedades de tu amigo Pablo Nopal.

Bruna dio un respingo.

– ¿Estás seguro?

– Él no te había dicho nada, ¿verdad? Ya te lo he advertido… no es de fiar.

Era absurdo, pero la noticia no le gustó nada a la detective. El uso de los asaltantes de la puerta simulada y la segunda escalera, ¿no indicaba un conocimiento profundo del lugar? Un intenso cansancio pareció abatirse sobre ella y con él la renovación de todos los dolores.

– Estoy molida -gruñó.

– No me extraña. Toma, ponte una subcutánea. Creo que te toca.

Lizard le tendió el tubito inyector y la rep se disparó el mórfico en el brazo. Lentas y frescas oleadas de bienestar empezaron a recorrer su cuerpo.

– ¿Mejor? -preguntó el hombre, inclinándose hacia la androide y poniendo la mano sobre su espalda.

Fue de nuevo un movimiento muy natural, un medio abrazo embriagadoramente afectuoso.

– Muuuucho mejor -susurró Bruna.

Deseó a Lizard con todo su cuerpo, con la cabeza y el corazón y con las manos, con un sexo devorador y una boca capaz de decir tiernas dulzuras; y se hubiera abalanzado sobre él de no ser porque un repentino sopor estaba cerrándole los ojos de forma irresistible. Pero un momento. Un momento. Quizá fuera demasiado repentino. Hizo un esfuerzo por espabilarse.

– ¿Por qué tengo tanto sueño? -inquirió con voz pastosa.

– Te he metido un somnífero junto con la paramorfina. Te vendrá bien descansar.

En el caldeado piso, debajo de la manta térmica, envuelta en el abrazo del inspector, Bruna sintió frío. Pensó: no quiero dormirme. Pero los párpados pesaban como piedras. Lizard el Lagarto había aparecido justamente junto a ella después de la paliza. Qué casualidad, como diría Nopal. Y ahora la había traído a su casa. Y había puesto la foto de una rep en la pantalla para que la viera, y le había contado una absurda historia sobre una niñez melodramática. Respiró hondo intentando permanecer despierta, pero la somnolencia era como un ataúd que se cerraba sobre ella. La pequeña muerte del dormir. O la muerte eterna. Sintió una punzada de terror. Lizard el Caimán, el atractivo Lizard, la había drogado. La negrura del sueño la engulló sin poder discernir si Paul podría ser su amante o su asesino.

Archivo Central de los Estados Unidos de la Tierra

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Madrid, 29 enero 2109, 15:27

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Guerras Robóticas

Etiquetas: Paz Humana, X Convención de Ginebra, minas de coltán, Crisis del Congo, Conjura Replicante, Lumbre Ras

#6B-138

Artículo en edición

Las Guerras Robóticas, que comenzaron en 2079 y terminaron en 2090 con la Paz Humana, son, junto con las Plagas, el conflicto bélico más grave que ha sufrido la Tierra. La escalada de violencia que asoló el planeta en la segunda mitad del siglo pasado propició la firma en 2079 de la X Convención de Ginebra, que, suscrita por la casi totalidad de los Estados independientes (153 de los 159 que existían por entonces), acordó sustituir los enfrentamientos bélicos tradicionales por combates de robots. Los ejércitos serían reemplazados por armas móviles y totalmente automatizadas que pelearían entre sí, a modo de gigantesco juego electrónico pero en versión real. Los artífices del tratado pensaron que de este modo se acabarían o minimizarían las carnicerías, y que las guerras podrían ser reconvertidas en una especie de pasatiempo estratégico, del mismo modo que los antiguos torneos medievales eran una versión dulcificada de los auténticos combates.

Sin embargo, las consecuencias de esta medida no pudieron ser más negativas. En primer lugar, a las pocas horas de firmarse el acuerdo estalló una guerra generalizada en casi todo el mundo, como si algunas naciones hubieran estado esperando con sus robots listos para entrar en combate (algunos politólogos, como la célebre Carmen Carlavilla en su libro Palabras mojadas, sostienen que la X Convención de Ginebra fue una simple maniobra comercial de los fabricantes de autómatas bélicos). Como los países más ricos poseían un número incomparablemente mayor de robots, los países pobres, aun habiendo firmado el tratado, jamás pensaron en respetarlo, y atacaron a los autómatas con tropas convencionales que les causaron un inmenso destrozo, dado que, siguiendo las especificaciones de Ginebra, los robots estaban castrados por un chip que les impedía dañar a los humanos. Chip que, claro está, fue removido subrepticia e ilegalmente a las pocas semanas, de modo que los vastos campos de humeante chatarra se volvieron a empapar enseguida de sangre.

El contraataque de los autómatas resultó tan descontrolado y devastador que se registraron más muertes en medio año que en todas las guerras habidas anteriormente en el mundo. A este periodo pertenece la Crisis del Congo. Como se sabe, en lo que era la antigua República Democrática del Congo se encuentra el 80% de las reservas de coltán, un mineral esencial en la fabricación de todo tipo de componentes electrónicos. La explotación de las minas de coltán llevaba un siglo siendo el origen de diversos conflictos bélicos convencionales, pero las Guerras Robóticas superaron los límites de violencia conocidos: toda la población del Congo fue exterminada, a excepción del presidente Ngé Bgé y las doscientas personas de su familia, que no se encontraban en el país cuando la masacre y que hoy en día siguen siendo copropietarios de las minas de coltán, junto con una empresa fantasma que en realidad está secretamente controlada por tecnohumanos.

““(¡Atención a las totalmente injustificadas y erróneas alteraciones del texto! Insisto en la urgente necesidad de una investigación interna. Archivero central FT711)"

La llamada Crisis del Congo no fue el único exterminio poblacional de las Guerras Robóticas, pero sí el más importante y conocido. Las grandes potencias mundiales radicalizaron rápidamente sus posiciones en torno a esta crisis y las cláusulas de Ginebra parecieron cumplirse al fin al pie de la letra: en la soledad del devastado territorio congoleño, entre metales oxidados y amarillentos huesos, los robots se estuvieron destrozando mutuamente durante más de un año. Hasta que un día los países enterraron tácitamente la X Convención de Ginebra y volvieron a mandar tropas al frente. A partir de entonces y hasta su fin, las Guerras Robóticas se dirimieron a la vez con autómatas y con soldados, combinación fatal que provocó una espantosa mortandad. Una carnicería de la que, curiosamente, se libraron los replicantes, ya que, practicando como siempre la desobediencia civil (todos los derechos pero ningún deber), se negaron a participar en los combates. Eminentes autores como el profesor Lumbre Ras, premio Nobel de Física, han denunciado un complot androide para diezmar a los humanos. Sostienen, con abundantes pruebas documentales, que detrás del exterminio de los congoleños y de la vuelta a la guerra tradicional están los manejos subterráneos de estas criaturas artificiales, que, estrechamente unidas en una logia secreta, constituyen un verdadero poder en la sombra cuyo único fin es sojuzgar a los humanos.