– No -respondió Vianello sonriendo ampliamente-. Es un intento de convencer al dottor Franchi de que está tratando con un analfabeto informático… o quizá con dos, y de que a ninguno de nosotros le parecerá sospechoso tanto interés por recuperar el disco duro.
– ¿Quieres decir antes de que caiga en nuestras manos? -preguntó Brunetti.
– Exactamente.
– ¿Qué crees que habrá en el ordenador?
Vianello se encogió de hombros.
– Algo que él no quiere que veamos, eso seguro. Podrían ser las visitas falsas. -Vianello meditó unos momentos y añadió-: O puede que visite páginas o foros de internet poco recomendables.
– ¿Hay manera de averiguarlo? -preguntó Brunetti.
¿Había sonreído Vianello?
– Yo no sabría -dijo y, sin dar tiempo a Brunetti de preguntar, añadió-: y la signorina Elettra, tampoco. -Observando la sorpresa de Brunetti prosiguió-: La unidad central está dañada, y ninguno de nosotros podría recuperar información de un disco en esas condiciones. Para eso hace falta un técnico.
– ¿Y tú conoces a alguno? -apremió Brunetti.
– Yo no. Pero ella sí. -Por la cara de Vianello cruzó una expresión extraña: Brunetti había visto algo parecido en los rostros de los hombres que habían matado por celos-. Y no quiere decirme quién es. -Suspiró-. Supongo que querrá dárselo personalmente.
– Diré a Bocchese que se lo lleve -dijo Brunetti, con el pensamiento puesto en el disco duro, haciendo cábalas sobre su contenido. No sin cierta desolación, advirtió lo poco que daba de sí su imaginación-. Si ella lo lleva a ese técnico, ¿crees que él podrá sacar lo que haya en el disco? -preguntó finalmente a Vianello.
– Depende de lo dañado que esté -respondió el inspector. Y, hablando muy despacio, agregó-: La signorina Elettra dice que es muy bueno y que ha aprendido mucho de él.
– ¿Y no hay algún indicio de quién puede ser?
– Por lo que yo sé, podría ser el ex gobernador de la Banca d'Italia -respondió Vianello. Y añadió con una sonrisa-: Ahora tiene mucho tiempo libre, ¿no?
Brunetti hizo como si no le hubiera oído.
Bocchese y los técnicos llegaron al cabo de unos veinte minutos, y Vianello y Brunetti estuvieron observándolos durante una hora mientras fotografiaban y espolvoreaban la puerta, los mostradores y los ordenadores en busca de huellas dactilares. Brunetti habló a los hombres de Bocchese de las manchas de sangre y del disco duro y les pidió que lo llevaran todo a la questura.
La signora Invernizzi volvió poco después de las doce y, de pie delante del mostrador, dejó que uno de los técnicos le tomara las huellas. El dottor Franchi llegó en aquel momento y, de mala gana, se sometió al proceso. Les preguntó cuándo iban a terminar, porque él quería limpiar y, a ser posible, abrir la farmacia al día siguiente. El ayudante de Bocchese le respondió que tenían para una hora, y Franchi dijo que traería a un fabbro para que cambiara la cerradura de la puerta lateral. Brunetti estaba atento a la conversación, por si la signora Invernizzi hablaba de la porta blindata, pero ella no dijo nada.
Cuando ambos se fueron, Brunetti volvió al despacho, en el que Bocchese estaba raspando una gota de sangre de la parte baja de la pared. A su lado, en el suelo, tenía una bolsa de pruebas, cerrada, que ya contenía el libro manchado.
– ¿Ha examinado toda la habitación? -preguntó Brunetti cuando Bocchese levantó la mirada.
– Sí.
– ¿Y?
– Hay alguien a quien no le cae bien este farmacéutico -fue la respuesta de Bocchese. Y, después de un momento-: O no le caen bien los farmacéuticos en general, o los ordenadores, o los medicamentos o, qué sé yo, las cajas registradoras.
– Siempre haciendo deducciones y procurando hacer encajar los indicios en un esquema general, ¿eh, Bocchese? -preguntó Brunetti riendo. Para el técnico, un cigarro era siempre un cigarro y una serie de hechos, una serie de hechos y no un motivo de especulación-. ¿Qué me dice de la sangre?
– Hay algo que parece un trozo de piel y una pizca de cuero debajo de este reborde de la parte trasera -dijo Bocchese señalando con las pinzas el punto de la caja de la unidad central en el que Brunetti había visto el rastro de sangre.
– ¿Y eso significa? -Antes de que Bocchese pudiera responder, Brunetti dijo-: Si va a decirme que significa que hay un trozo de piel y un trozo de cuero, no dejaré que vuelva a afilar los cuchillos de cocina de Paola.
– Y a ella le dirá que yo me he negado, ¿no? -preguntó Bocchese.
– Sí.
– En tal caso -empezó Bocchese-, yo diría que, al no poder abrir del todo la caja con la palanqueta o con lo que fuera, trató de levantar el borde, se le rompió el guante y se hizo un corte en la mano.
– ¿Grave?
Bocchese tardó en contestar a eso.
– Yo diría que no. Probablemente, fue un corte superficial. -Intuyendo el pensamiento de Brunetti, dijo-: No; yo no me molestaría en preguntar al hospital si hoy han cosido alguna mano. -Después de un momento, con audible desgana, Bocchese añadió-: Y diría que se trata de un individuo muy impaciente, además de muy enfadado.
– Gracias -dijo Brunetti-. Cuando haya tomado una muestra de la sangre de ahí -dijo señalando a la unidad central-, ¿me hará el favor de enviar el aparato a la signorina Elettra?
Como si esto le pareciera lo más natural del mundo, Bocchese asintió y volvió a concentrar la atención en la mancha de sangre.
Vianello estaba en la tienda, hablando con uno do los fotógrafos.
– ¿Nos vamos ya? -preguntó.
Brunetti explicó al técnico que el dueño no tardaría en volver con un cerrajero. Al pasar con Vianello por delante de la puerta del despacho, el comisario saludó a Bocchese, que seguía de rodillas, inspeccionando una base de enchufe.
Ya en la calle, Vianello preguntó:
– ¿Vamos andando? -y a Brunetti le pareció una magnífica idea.
El día, que había empezado brumoso, húmedo y desapacible, había decidido obsequiarse con una ración de sol. Sin deliberar, Brunetti y Vianello torcieron hacia la derecha y cruzaron el puente en dirección a campo San Fantin. Pasaron por delante del teatro sin verlo, ambos con prisa por llegar a Via XXII Marzo y a la Piazza, donde sin duda podrían gozar a sus anchas del calor que se barruntaba en el aire.
Cuando se acercaban a la Piazza, Brunetti iba mirando a la gente, mientras escuchaba a medias la disertación de Vianello sobre cómo se preserva la información en el disco duro de un ordenador y cómo puede recuperarse incluso mucho después de que el usuario crea que ha sido borrada.
Brunetti vio venir hacia ellos a un grupo de turistas a los que, instintivamente, identificó como del Este de Europa. Los observó mientras se cruzaba con ellos: cara descolorida; pelo rubio, natural o estimulado; calzado barato, poco más que de cartón; y chaqueta de plástico teñido y tratado infructuosamente para que pareciera piel. Brunetti siempre había sentido simpatía por esos turistas, porque ellos contemplaban realmente las cosas. Probablemente, no podían permitirse hacer grandes compras, pero miraban en derredor con respeto, veneración y visible deleite. Ropa barata, pelo mal cortado y bolsas de picnic, pero ¿quién sabía los sacrificios que habían tenido que hacer para venir? Al comisario le constaba que muchos de ellos pasaban dos noches durmiendo en el autocar, para poder estar aquí un solo día, paseando y mirando sin comprar. Qué distintos de los norteamericanos a los que nada impresiona porque, naturalmente, ellos han visto cosas más grandes y mejores, y de los europeos del Oeste, que también están de vuelta de todo, pero son muy sofisticados para dártelo a entender.
Cuando salieron a la Piazza, el inspector, que parecía no haber reparado en los turistas, dijo:
– Todo el mundo está asustado por lo de la gripe aviar, y nosotros tenemos más palomas que personas.
– ¿Decías? -preguntó Brunetti, que aún pensaba en los turistas.