– Ya ha comenzado.
– ¿Ya ha comenzado? Entonces, vámonos -decidió Agnès, que se levantó de la cama de un salto vigoroso-. Vamos, perezoso, fuera de la cama, vámonos.
El alzó la cabeza, aturdido.
– ¿Ahora?
– Sí, ahora. Tienes cinco días de licencia y ya ha pasado más de medio día.
– Pero…
– No hay pero que valga. Dentro de tres horas pasa un tren que va a París y vamos a cogerlo. Anda, date prisa. Vite, vite.
Afonso hizo un esfuerzo y se arrastró con indolencia hacia fuera de la cama, casi disgustado. Fue a afeitarse y a ponerse el uniforme lavado, que esa mañana entregaron los servicios de limpieza del hotel, mientras Agnès elegía para vestirse la imitación de un poiret, una elegante túnica negra estilo quimono con dobladillo rígido, la cintura alta ceñida con un pañuelo de seda rosa y un turbante negro en la cabeza. Afonso la miró desde el cuarto de baño como quien mira a una princesa, inalcanzablemente bella e insoportablemente distante, pero ella le lanzó un guiño de sus ojos verdes, juguetona, y enseguida se rompió la distancia, el capitán se sintió muy afortunado por contar con el amor de la mujer más atractiva y tierna que conociera nunca.
– Ese brillo de tu cara no son ojos -le dijo embelesado-. Son esmeraldas.
El tiempo escaseaba y tuvieron que darse prisa. Él se puso las botas, embetunadas con una meticulosidad impecable, y la ayudó a hacer las maletas. Media hora después, salieron de la habitación. Afonso pagó la cuenta y el gerente se comprometió a guardar el maletón hasta el regreso de la señora, dentro de unos días. Cogieron un taxi y, con sólo una maleta como equipaje, se dirigieron a la estación de Aire-sur-la-Lys a tiempo de montar en el tren a París.
Llegaron esa noche a la gran ciudad y un taxi los llevó hasta Les Halles, donde Agnès conocía un hotel agradable, situado en la Place Sainte-Opportune. El Citroën parisiense entró en la plaza y se detuvo junto a la acera. Afonso ayudó a Agnès a salir del automóvil, le pagó al chauffeur y observó el sitio pequeño y tranquilo.
En un rincón, casi escondido, se levantaba el Hôtel de Savoie, un edificio estrecho de cinco plantas, con una tienda al lado que anunciaba Vins Liqueurs y un carruaje estacionado a la puerta. Por encima, el Hôtel de Venise, comprimido y viejo; había un cartel que informaba de que era un hôtel meublé. El angosto edificio de este hotel se encontraba encajado entre el Hôtel de Savoie y un edificio cubierto de carteles publicitarios, todos pegados de arriba abajo en la larga pared encalada. Afonso hizo un esfuerzo para leer los anuncios: uno promovía a una tal «Moussoline des Alpes»; otro anunciaba novedades en las Galeries Lafayette; un tercero hacía publicidad de los sensacionales salones de fotografía Dufayel. El capitán cogió la maleta y su atención regresó al Savoie y al Venise.
– ¿Cuál es el nuestro? -preguntó con la mirada fija en los hoteles contiguos.
– Es el Savoie.
– Me parece bien -aprobó Afonso, que ya había decidido que ése era el que tenía mejor aspecto.
La habitación del Savoie, en la tercera planta, estaba dominada por una imponente cama Nenúfar, hecha esencialmente de caoba y con remates de bronce con hojas de oro. Los engastes se inspiraban en imágenes florales y la madera oscura se prolongaba en las vigorosas curvas típicas del formato espagueti que caracterizaba al art nouveau. Los recién llegados comieron una simple baguette con jamón y queso y bebieron un vaso de leche antes de sumergirse en la espléndida cama del hotel y amarse sucesivamente con tal intensidad y desprendimiento que, al final de la tercera vez, Agnès se preguntó en voz alta, lánguidamente extendida sobre las sábanas, ya exhausta pero saciada y en medio de un acceso de risa, si no estaría transformándose en una disoluta.
París fue un descubrimiento para Afonso. Agnès lo llevó a los lugares de su juventud: la universidad, el apartamento de estudiante en la Rue de Montfaucon, el Champ-de-Mars y la Torre Eiffel, la Brasserie Lipp, donde había conocido a Serge, y los cafés Le Procope, Stohrer y Tortini, donde había estudiado durante horas, además de todo el barrio de Saint Germain-des-Prés y los elegantes edificios de la Sorbona, en un emocionante viaje a su pasado estudiantil. Lo curioso es que ella conocía París, pero, a pesar de ello, se perdía con frecuencia, y era él quien acababa orientándose en las calles de la ciudad. Sin embargo, cuando era Afonso el que se perdía, lo que era raro, se negaba obstinadamente a pedir indicaciones a alguien, insistiendo en que encontraría el camino por sí mismo.
Fue así, después de una de esas porfías, como acabaron pasando accidentalmente por la galería Kahnweiler, en la Rue Vignon, donde Agnès conoció el cubismo cuando era estudiante. La galería estaba cerrada y un vecino la informó, con evidente satisfacción, de que herr Kahnweiler se había exiliado desde el mismo estallido de la guerra.
– El boche se marchó con el rabo entre las piernas, le salaud -exclamó el vecino, un viejo delgado y huesudo-. Debía de tener causas pendientes y por ello, seguramente, las autoridades confiscaron el local.
El encuentro de Afonso con el gran arte no se produjo, por tanto, en la galería Kahnweiler, así que se dispusieron a probar con el museo del Louvre. Pero el enorme palacio se encontraba también cerrado: habían trasladado las obras de arte a Tolosa en cuanto comenzó la guerra, para disgusto de Agnès, que no se resignaba a la mala suerte.
– Es una pena -se lamentó, sacudiendo la cabeza-. Me habría gustado tanto mostrarte grandes obras como la Venus de Milo, el Gladiador Borghese, el Código de Hammurabi.
– No te preocupes, otra vez será.
– El Código de Hammurabi es muy importante -insistió ella-. Serge, que se graduó en Derecho, me explicó que el Código es la primera tabla de leyes conocida y que reguló la justicia de Babilonia hace cuatro mil años. Lo precedieron los Códigos de Ur y el Código del rey Ishtar, de Sumeria y Acadia, pero el de Hammurabi es la única tabla de leyes que sobrevivió intacta en el tiempo. Establece unas trescientas leyes y está redactado en caracteres cuneiformes grabados en una estela de diorita, una especie de piedra oscura que fue traída al Louvre. Un poco como la piedra de Rosetta, de los egipcios, que se encuentra en Londres. Es algo realmente impresionante, único, extraordinario, es realmente lamentable que no lo podamos ver.
– La verdad es que a mí me habría gustado tener la Gioconda enfrente.
– Oh, esa obra tiene más fama que provecho -repuso Agnès con una mueca de desprecio, decepcionada por la atención excesiva que todos insistían en darle a la minúscula pintura de Da Vinci-. La Gioconda es pequeñita, insignificante, hasta ridícula. No tiene punto de comparación, en importancia, con el Código de Hammurabi, créeme. Pero ¿sabes?, en mi época de estudiante ocurrió algo gracioso. -Sonrió-. Robaron la Gioconda. Fue un gran escándalo en aquel entonces, los periódicos insistieron en la acusación de negligencia y de incompetencia. Tardaron dos años en recuperarla, la había robado un italiano que se llevó la pintura a Italia. Cuando el cuadro volvió al Louvre, se montó un enorme dispositivo policial para protegerlo: parecía que la Gioconda era la reina de Inglaterra.
La vida nocturna de París se reveló sorprendente, sobre todo por seguir tan activa en tiempos de guerra. Pasaron una noche por el Moulin Rouge y fueron a bailar al animado Moulin de la Galette. Afonso gastó allí una parte significativa de sus ahorros, pero no le importó, ganaba 478 francos al mes y raramente los gastaba, las trincheras estimulaban poco el consumo, de modo que durante varios meses fue acumulando los salarios. La verdad es que la experiencia de la guerra le había hecho relativizar la importancia del dinero, encaraba ahora todos aquellos francos como un simple medio de vivir el presente, saborear el momento, disfrutar de la vida y dejar de lado otras preocupaciones.