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Absorto en sus pensamientos, el oficial no reparó en la llegada del capitán Resende, «el lisboeta-que-era-gordo-y-adelgazó», para quien Afonso y Mascarenhas habían preparado dos meses antes una memorable recepción al novato en las trincheras.

– Hola, capitán Brandão -saludó Resende, muy sonriente, que venía de la dirección de Laventie.

– ¿Eh? Ah, hola, capitán Resende -repuso Afonso, como si estuviese despertando.

– Hola y adiós, digo yo.

– ¿Ah, sí? Adiós, pues, adiós.

– Hombre, cuando digo «adiós» es exactamente «adiós». Me marcho.

– ¿Ah, sí? ¿Adónde? ¿Se va a París?

– ¡Qué París ni qué diablos! -Resende se rió, realmente de buen humor-. Me voy a Lisboa, caramba, me voy a casa.

Afonso se ablandó, admirado de tal revelación.

– ¿A casa? ¿Cómo?

– En tren, ¿cómo habría de ser? En tren, caramba.

– ¡Pero si usted acaba de llegar! ¿Cómo es eso de que se va a casa? Que yo sepa, la guerra aún no ha terminado.

– ¡Qué me importa la guerra! Puede no haber terminado para usted, capitán Brandão, pero fíjese: ha terminado para mí. ¡Me marcho y me cago en toda esta mierda!

Afonso se quedó pasmado, aún indeciso en cuanto al significado de aquellas palabras.

– Disculpe, capitán, pero no lo entiendo. ¿Quién ha autorizado su partida?

– Sidónio, caramba, ¿quién si no?

– ¿Sidónio Paes?

– Sí, claro. Me voy yo, se van Almeida, Cabral, Carrito y un montón de gente más que tenía relación con Sidónio. Vamos a hacer unas comisiones en Lisboa, cosas importantes, aunque no sean de naturaleza militar. De cualquier modo, ya era hora de que el país reconociese nuestro valor.

Para Afonso ahora todo estaba claro. Irritado, su rostro enrojeció, sobre todo al oír el nombre del capitán Cabral, aquel que en Tancos intentó incitarlo a unirse al general Machado Santos para sublevarse contra los embarques a Francia. Junto con otros oficiales sediciosos, Cabral fue detenido y enviado a la fuerza a Flandes, mientras que ahora se lo premiaba con un regreso anticipado a casa. Bajando la voz y frunciendo el ceño, Afonso formuló la pregunta siguiente con tono acusatorio.

– ¿Usted ha hecho palanca para salir de aquí?

– ¡Oiga, capitán! -repuso el otro, escandalizado, y hasta ofendido-. Yo no huyo de mis responsabilidades. Usted no me conoce, pero yo soy un hombre de bien, cumplidor de mis deberes, fiel a la patria y a la República. De mala gana, se lo digo sinceramente, de muy mala gana regreso a Portugal. Si quiere saberlo, la verdad es que nunca quise ir, pero Sidónio… -Hizo un gesto vago, como si buscase la palabra adecuada-. Mire, Sidónio es un tipo formidable, un hombre derecho, amigo de sus amigos. Mandó decir que me necesitaba. No que él me necesitaba, que la patria me necesitaba. Me resistí, se lo aseguro, estimado capitán Brandão, me resistí. Pero ese individuo es tremendo, tiene un poder de persuasión impresionante, es una fuerza de la naturaleza, un arrebato. De modo que, ¡ay de mí!, me dejé convencer. Me marcho con el corazón destrozado, puede creerlo, puede creerlo, pero me marcho con el sentimiento del deber cumplido. Y si la patria me necesita en Lisboa, ¿qué quiere que haga? ¿Quién soy yo para decir lo contrario? De modo que, estimado capitán Brandão, algunos amigos y yo hemos recibido la orden de irnos y vamos a regresar ahora.

– Y todos los oficiales que se marchan con usted, como el capitán Cabral y los demás, ¿también están respondiendo a un llamamiento de la patria?

– Mire, yo quiero creer que sí-dijo el capitán Resende, que adoptó la actitud de quien hace una confidencia-. Pero sospecho que hay algunos casos, sí, de enchufe. -Cerró los ojos y los abrió en una mirada convencida-. De enchufe, se lo digo yo.

Afonso se quedó analizándolo, fastidiado. ¿Estaría el hombre subestimándolo? Era evidente que sí, aquel discurso no era normal, su postura demasiado teatral, pero decidió no demostrar debilidad.

– Pues sí, capitán Resende, vaya entonces a prestar su servicio a la patria -dijo en tono cordial, antes de soltar el veneno-. Siempre es más útil estar valientemente sentado en un despacho que quedarse aquí, escondido en las trincheras. Al menos en Lisboa no tiene que estar huyendo siempre del enemigo.

El capitán Resende lo fulminó con la mirada, despechado y ofendido, le dio la espalda y siguió su camino a paso rápido y con modales bruscos. Afonso se quedó allí inmóvil, en medio del barro, en silencio, viéndolo partir, con un peso en el alma por presenciar aquel abandono; al fin y el cabo, era un oficial más que se marchaba. En honor a la verdad, aquello sólo tenía un nombre, deserción, aquellos oficiales se servían de sus relaciones con el nuevo régimen y huían, dejaban atrás a sus hombres, entregados a sí mismos, en manos del destino.

Y Baltazar, el Viejo, fijó los ojos en el documento y lo leyó con esfuerzo, letra a letra, sílaba a sílaba, palabra a palabra. El serrano era el único del grupo que sabía leer. Leía mal, pero nadie se podía quejar, el párroco de Pitões das Júnias había dado lo mejor de sí cuando el Viejo era joven, pero no se podía exigir de las pocas clases que el joven sacerdote Augusto, con la mejor voluntad, había impartido muchos años antes al pequeño Baltazar, durante las breves lecciones de catequesis en las frías mañanas de domingo. Baltazar era entonces un miserable pastorcillo que venía de un lugar yermo perdido en la sierra de Gerés, entre Tourém y Outeiro, más habituado al balar de las ovejas y al piar de las perdices que al extraño latín de las misas o a los sonidos ininteligibles que liberaban las hojas escritas. Fue difícil, pero la catequesis le entreabrió las puertas de la literacia.

Al comenzar esa tarde, en un hoyo triste y fangoso de Flandes, Baltazar recompensaba al párroco de Pitões con una lectura titubeante. Pero aun vacilante, lleno de fallos y de dudas, sumando las letras con dificultad para reproducir sonidos y formar sentidos, el Viejo leía lo suficiente para ser capaz de extraer de aquel texto rebuscado la información que todos aguardaban ansiosamente.

– ¿Y, Baltazar? -se impacientó Vicente, el Manitas-. ¿Para hoy o para mañana?

– Calma, Manitas, calma -dijo el Viejo, alzando la mano. Se demoró unos instantes más hasta entender el significado de lo que tenía delante, un telegrama del documento firmado por Sidónio Paes sólo cuatro días antes-. Entonces es así. Aquí dice que tenemos derecho a la primera licencia ciento veinte días después de haber llegado.

– ¿Después de haber llegado a las trincheras?

Baltazar releyó el texto, titubeante. Se detuvo allí. Vaciló, volvió a arrancar y descubrió qué decía.

– No. Después de haber llegado a Francia.

– ¿Cuatro meses? -exclamó Matias, el Grande, después de hacer las cuentas-. Ya han pasado, ya han pasado.

– Es verdad, ya llevamos cuatro meses -reafirmó Vicente, rascándose el cuero cabelludo irritado por los piojos-. ¿Y qué más?

– Calma -pidió Baltazar, aún concentrado en el documento. Recorrió las letras con los ojos, se sonó, murmuró sonidos imperceptibles y, después de una eternidad más descifrando el texto, captó finalmente el sentido-. Dice aquí que tenemos derecho a treinta días de licencia.