Un murmullo de satisfacción llenó el refugio, todos se miraron y sonrieron, ya se imaginaban en el Miño, con la familia, ayudando en la labranza, bañándose en el Cávado, en el Este, en el Lima, bailando el vira, cavando la tierra, cogiendo uvas, llenando el hórreo, comiendo un cocido regado con un vino verde de Mega 50…, vaya cogorza que se pillarían la primera noche entre los suyos.
– Un mes -repitió Vicente, soñador.
– Ah, si yo me encuentro en el Miño, oliendo los robles y los tejos de Gerés, o respirando aquella brisa suave, en lo alto de la sierra, nunca más me echan el ojo -sentenció Baltazar, que cerró los párpados con intensa nostalgia-. Qué categoría. Me escondo en el monasterio de Pitões, y el Ejército que se joda.
– Yo no seré menos -dijo Vicente, que se imaginó en su carpintería de Barcelos y en los paseos entre los guijarros de Cávado-. Voy y no vuelvo, ya veréis.
– Yo lo único que quiero es la sopa seca que mi madre hace en casa -se desahogó Matias, que sintió que se le hacía la boca agua-. ¡Hum, pensar que voy a saborear el salpicón, el jamón, la ternera, la gallina y la lombarda que ella mezcla en la sopa! -Suspiró-. Sólo os digo, un manjar. Después mojaré una galleta en la sopa. -Se pasó la mano por el estómago vacío-. ¡Ah! Voy a manducar hasta quedar hinchado como un cerdo.
– Mi patrona también hace una sopa seca sensacional -comentó Baltazar, que no perdía oportunidad de hablar de comida-. Pero lo mejor es el corazón de cerdo con vino tinto, cortado en cubos y servido con patatas y habas cocidas. ¡Ah, muchachos, deberíais verlo! ¡Ese es un plato de quitarse el sombrero! Una categoría, lo único que os digo. ¡Una categoría!
– Y ya me estoy imaginando echándole un polvo a la primera muchacha que se me presente -exclamó Abel, el Canijo, que hasta entonces se había mantenido tímidamente callado, como era habitual en él-. Comienzo como quien no quiere la cosa, con un besito aquí, otro más allá, y después le echo un buen polvo, los dos amarrados en un hórreo. En el estado en que me encuentro, hasta con un adefesio me conformaba.
Todos hicieron señas de aprobación. Sentían lo mismo, sabían muy bien lo que cada uno quería decir, el aire de la tierra, la comida de casa y una buena muchacha del Miño era todo lo que deseaban de la vida; al fin y al cabo, no eran más que hombres sencillos en busca de cosas sencillas.
– ¿Ahora qué tenemos que hacer? -preguntó Matias, aún embriagado con los deseos que satisfaría cuando regresase a Palmeira.
– Presentar la solicitud de licencia, creo yo -respondió Baltazar, que se encogió de hombros y dobló el documento con las informaciones sobre el nuevo sistema de licencias recién aprobado por el Gobierno de Sidónio Paes-. Vamos a ver a los carboneros de la brigada y presentamos los papeles.
– Pero eso ya lo hemos hecho una porrada de veces -se quejó Vicente-. Y no acabó en nada.
Un zumbido familiar llenó el aire, in crescendo, y todos se arrimaron a las paredes del refugio casi instintivamente. El Minenwerfer estalló fuera, el suelo tembló, las paredes vibraron y soltaron algo de polvo, pero resistieron. Después oyeron un sonido diferente, como el gluglutear de un pavo, seguido de explosiones sordas, con un pop seco, semejante al ruido de un tapón que saltase de una botella de champagne. Después, nada más. Los soldados aguardaron un instante, se aseguraron de que no había consecuencias mayores y volcaron su atención en el asunto que tenían entre manos como si no hubiese habido interrupción.
– ¿Cómo sabemos que no nos van a echar otra vez la zancadilla? -siguió Vicente, con el corazón cargado de sospechas sobre el nuevo sistema de licencias aprobado por Sidónio Paes-. No es la primera vez que esos cabrones nos engañan. ¿O ya no os acordáis de las promesas que nos hicieron en los últimos meses? Y todavía estamos aquí…
El grupo despertó de su sopor y reinó, insidiosa, la desconfianza.
– Tal vez tengas razón -meditó Baltazar-. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía…
– ¿Queréis saber mi opinión? -preguntó Matias. El cabo raramente urdía comentarios sobre este tema, pero ya hacía un tiempo que le parecía que se habían superado todos los límites-. Pues yo pienso que, dicho claramente, todo es puro blablablá, puro blablablá.
– O, por lo menos, es cierto sólo para algunos -interrumpió Vicente, que levantó el índice-. A los oficiales ya les están dando las licencias, claro. Sus señorías están siempre primero.
– Sí-confirmó Baltazar-. Unos cuantos se fueron de vacaciones a Portugal, ya hace tiempo, y nunca más dieron noticias.
– Hasta hoy -comentó Vicente, que nunca dejaba escapar una observación sobre el comportamiento de los oficiales.
– Son unos burros -consideró Baltazar-. Si vosotros os fueseis de licencia, ¿volveríais?
– Sólo si fuese un tonto -admitió Vicente, meneando la cabeza-. Pero ya llevamos aquí más de seis meses, ya hemos pagado más de la cuenta, ¿no? Ni los gringos aguantan tanto tiempo en el frente, ¿no habéis visto a los ingleses de la línea izquierda, en Fleurbaix, que ya se han retirado a descansar? Y nosotros aún aquí. Que traigan a otros a esta carnicería.
– Además -meditó Matias-, esa mierda de los treinta días de licencia no es ninguna novedad, ya antes de Sidónio nos dijeron lo mismo, y la verdad es que aún no hemos visto nada.
El ambiente entre los hombres del CEP no era de los mejores y se deterioraba día tras día, el cansancio los desgastaba y el ejemplo que venía de arriba no era alentador. Los lanudos veían a los aliados rotando regularmente a los soldados; días antes, incluso, habían sustituido a la 38a División Británica, la vecina de la izquierda del CEP, por la 12a División después de haber permanecido solamente tres meses en la línea. Matias podía ser un hombre respetuoso con la jerarquía, pero no era estúpido y sacó sus conclusiones cuando comenzó a ver a los propios oficiales portugueses pasando al frente de los soldados. La verdad es que todos disfrutaban de licencias que, en la práctica, estaban vedadas a los soldados. El sentimiento de injusticia, que crecía desde hacía algún tiempo entre los soldados, comenzó a afectar profundamente el estado de ánimo en las trincheras. Donde unos minutos antes predominaba la euforia, se imponía ahora la angustia, la incertidumbre, la duda.
– Los tipos de Portugal se cagan en nosotros, ¿no te das cuenta? -exclamó Vicente, en medio de abundantes gestos, frustrado y molesto, ansiaba desesperadamente volver a casa-. Sidónio ha dado el golpe y nos ha abandonado, no nos ha mandado refuerzos, no ha mandado la tercera división que Afonso Costa les prometió a los gringos.
– Pero, al fin y al cabo, ¿con quién está en guerra Alemania, eh? -quiso saber Baltazar, levantando la voz-. ¿Está en guerra con Portugal o sólo con el CEP? ¿Eh? ¿Con quién está en guerra? ¡Es que parece que Portugal no tiene nada que ver con esta mierda, joder, parece que la guerra es sólo con nosotros!
– Los boches tienen razón -declaró Vicente, sacudiendo desanimado la cabeza-. Los políticos nos engatusaron y ahora se lavan las manos.
Vicente se refería a los folletos que, lanzados por los alemanes, informaban a los hombres del CEP sobre la nueva política de guerra de Sidónio Paes. El Folhetim de Guerra distribuido por los morteros enemigos subrayaba en sus sucesivas ediciones que Sidónio, antiguo ministro plenipotenciario de Portugal en Berlín, era un germanófilo que siempre se había opuesto a la entrada de Portugal en el conflicto mundial y que, después de derribar al Gobierno de Afonso Costa, había frenado el proyecto de constitución de una tercera división para el Cuerpo Expedicionario Portugués. Según la versión alemana, el nuevo Gobierno había decidido dejar las fuerzas en Flandes entregadas a sí mismas; lo mejor era, en realidad, que los soldados se rindiesen.