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– … todos esos Bernardino Machado…

– … o Sidónio Paes, que nos ha abandonado?

– … todos esos canallas de los republicanos y del Partido Democrático.

Ya no se escuchaban, ambos a gritos, cada vez más alto, dominados por los nervios, hasta que la voz de Afonso acabó imponiéndose: a fin de cuentas, aunque amigos, él era el capitán.

– Deja la política de lado -dijo finalmente, haciendo un gesto para que se apaciguaran y evitar ese aspecto controvertido sobre el que nunca se pondrían de acuerdo-. Tal vez los políticos sean todos culpables, no lo sé y para el caso no interesa. Lo que importa es que nos mandaron aquí y aquí estamos. Y, si estamos aquí, sólo tenemos ahora dos opciones: o cumplimos bien nuestra misión o nos quedamos de brazos cruzados hablando mal de todo y de todos. No sé lo que tú pretendes hacer, pero yo sé cuál es mi deber.

– Vas a cumplir bien tu misión -soltó el teniente con desdén.

– Exacto -asintió Afonso, que optó por ignorar la ironía que brotaba del comentario de su amigo-. No puedo aceptar el comportamiento que veo en muchos oficiales que están lisa y llanamente cagándose en los hombres, no quieren saber si ellos están bien, no demuestran ningún interés en compartir sus privaciones y sacrificios, ni siquiera en correr los mismos riesgos. Sólo se muestran preocupados por pasárselo bien, por tirarse a las demoiselles, por salir de paseo, por llenarse de cerveza en los estaminets…

– Tiene guasa que tú digas eso, Afonso -repuso Pinto con frialdad-. Hace apenas una semana tú estabas con una demoiselle dando un paseo…

– No es lo mismo -corrigió Afonso, turbado.

– … en París. Ahora, lo más curioso, querido amigo, es que tú hablas de compartir privaciones, y eso es muy bonito, pero la verdad es que te dedicas a dormir en palacetes. Y, en cuanto a correr riesgos junto a los hombres, me gustaría saber para qué misiones te has postulado tú.

– Estuve dirigiendo la operación para expulsar a los boches que atacaron nuestras trincheras en noviembre.

– Eso fue cuando ellos atacaron, qué remedio tenías salvo combatir. Pero lo que me interesa saber es para cuántas misiones de patrulla y para cuántos raids te has postulado.

– Sabes muy bien que nosotros no hemos organizado raids.

– Pero ha habido patrullas todas las noches. ¿En cuántas has participado tú?

– No se dio la ocasión.

– No has participado en ninguna. En ninguna, Afonso. Las patrullas están casi exclusivamente formadas por soldados, se hacen montones de patrullas por la noche y raramente hay un oficial que las dirija. Por tanto, no me vengas con historias y a decir de nuestros oficiales que son una mierda, porque tú también eres uno de ellos. También tú te paseas con demoiselles por la retaguardia mientras los soldados tienen que pagar por las putas de Le Drapeau Blanc, también tú duermes en palacetes mientras los soldados se quedan en los pajares, también tú te refugias en el puesto de hormigón mientras los soldados se aguantan cuando las bombas de los boches les caen en los hoyos de barro, también tú te quedas mirando desde la primera línea cuando los soldados tropiezan con los boches en los fosos traicioneros de la Avenida Afonso Costa. En el fondo, querido amigo, eres como yo y todos los demás. Sólo hablas de manera diferente.

Afonso miró a su amigo a los ojos y se quedó un instante en silencio. Cuando habló, habló con intensidad, con convicción, con la voz tranquila y segura, la mirada serena y resuelta.

– Estás equivocado, Zanahoria -dijo-. No soy como vosotros y he de daros una prueba.

Se levantó y abandonó el puesto, avanzando con paso firme hacia la ronda de la tarde. Pero la certidumbre de que daría una prueba de su diferencia se fue disipando a medida que caminaba y reflexionaba sobre lo poco que sabía de sí mismo. En lo más íntimo, no se hacía idea de cómo aplacar el miedo que frenaba sus movimientos en los instantes de puro terror. Tenía conciencia de que una cosa era hablar y otra ejecutar, sabía que, en los momentos de angustia, sus reacciones eran imprevisibles e incontrolables, la emoción se enseñorea de la mente y la animalidad se sobrepone a la humanidad. Cuántos hombres que se pasaban la vida hablando de heroísmo y preparándose para la gran prueba no flaqueaban llegado el momento, mientras que otros, tímidos y callados, parecían superar todo a la hora de las dificultades. ¿Qué era, al fin y al cabo, la temeridad sino fingimiento? ¿Qué era el valor sino el miedo a ser considerado un cobarde? ¿Qué era el heroísmo sino un acto resultante del miedo social que se sobrepone al miedo animal? ¿Y qué era la bravura sino un momento de pura locura, un gesto insano hecho para beneficio ajeno y perjuicio propio?

El mayor Botelho acercó la vela para observar mejor los ojos del soldado. Eran más de las tres de la mañana cuando el grupo de soldados apareció en el puesto de socorro avanzado para informar de su malestar. El mayor era el médico militar de guardia. Analizó superficialmente a los soldados, eran cuatro hombres y algunos gemían. Comenzó con el caso que le pareció más agudo.

– ¿Cómo se llama usted? -preguntó, observando los ojos inflamados del hombre.

– Baltazar, mi mayor.

– ¿Cómo ha pillado esto, Baltazar?

– No lo sé, mi mayor. Estaba en el refugio con mis compañeros y comencé a estolnudar, a estolnudar…

– A estornudar -corrigió el médico.

– Eso. Y mis compañeros igual. Después sentimos cómo nos ardía la nariz y la garganta, una sensación cada vez más fuerte, nos dimos cuenta de que teníamos gripe. Hace poco comenzaron a dolemos mucho los ojos y nos moqueaba la nariz. Me vinieron también unos dolores de tripa y vomité antes de llegar aquí, al puesto.

– ¿Cuándo comenzaron a estornudar?

– Hace unas doce horas, a primera hora de la tarde, mi mayor.

– ¿Y ustedes? -preguntó a los otros sin apartar los ojos de la inflamación de Baltazar.

– Nosotros lo mismo, mi mayor -dijo Matías-. Fue en el mismo momento. La diferencia es que nosotros no vomitamos.

– A mí, además de la tripa, me duele también la cabeza -intervino Vicente.

Abel, el Canijo, señaló unos puntos en la cara y en el cuello.

– Yo tengo unos granitos.

El médico lo examinó mientras limpiaba los ojos de Baltazar con un algodón humedecido.

– Hum -murmuró pensativamente-. ¿No habréis sufrido por casualidad un ataque con gas?

– No, mi mayor -negó Matias, reafirmando lo que decía con un meneo de cabeza-. Es gripe.

– Hum -volvió a murmurar el médico-. Abra la boca. -Baltazar la abrió y el mayor Botelho observó la garganta irritada-. ¿No percibieron olor a mostaza?

– No, mi mayor.

– ¿Ni a ajo?

Los soldados se miraron.

– Pues…

– ¿Olor a ajo?

– Sí, mi mayor.

El médico dejó de revisar a Baltazar y miró al grupo.

– ¿Y no se pusieron las máscaras?

Los soldados bajaron la cabeza.

– No, mi mayor.

El médico suspiró.

– Idiotas. Ustedes son idiotas. ¿Acaso no saben que hay que ponerse las máscaras en cuanto perciben olor a algo químico? ¿No lo saben?

– Mi mayor -dijo Baltazar con voz sumisa-. Nosotros no olimos algo químico. Olimos comida.

– ¡Qué comida ni qué diablos! Les ha caído gas encima. ¿Dónde estaban cuando olieron a ajo?

– En el refugio, mi mayor.

El mayor Botelho apartó los ojos de Baltazar y se sentó en una caja, junto a una mesa. Sacó unos impresos de un cajón, los puso sobre la mesa y comenzó a tomar notas.

– Cuando salieron del refugio, ¿vieron algunas granadas intactas?

– Sí, mi mayor.

– ¿Cómo eran?

Los hombres se miraron, sin entender la pregunta.