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– Hoy es día de evacuación -explicó ella-. Vamos a mandar pacientes al hospital de Hendaya, por eso está todo un poco caótico.

– Tal vez sea mejor que venga a visitar el hospital otro día…

– No, quédate. Hasta dentro de dos horas no aparecerán los camiones para llevarse a los pacientes a la estación.

– ¿Estación?

– Sí, claro. Hendaya queda junto a la frontera española.

– Pero eso está lejos.

– Oui. No se entiende bien por qué razón el ejército portugués ha instalado en Hendaya su principal hospital. Pero, voilà, es así.

Llegaron a una puerta y ella le soltó la mano.

– Esta es mi enfermería -anunció con intensidad-. Todos los pacientes que están aquí son tuberculosos. -Levantó el índice-. Ahora presta atención. En esta enfermería, yo no soy tu Agnès, soy la enfermera que no sólo ayuda a los enfermos, sino que también alimenta sus sueños, sus fantasías, sobre todo su voluntad de ponerse buenos. Por tanto, nada de intimidades delante de los enfermos, ¿has oído?

– Bien…

– ¿Has oído?

– Pues… sí.

Hecha la advertencia, y aparentemente satisfecha con la respuesta, algo titubeante, empujó la puerta y entró en la enfermería con Afonso tras ella. Era una sala grande y bien iluminada, con camas dispuestas en fila, una al lado de la otra, de uno a otro extremo, con un pasillo en el eje central de la enfermería. Agnès siguió por ese pasillo, con el capitán a su lado, casi apoyado en ella. El aire se llenaba de toses, toses persistentes en unos casos, toses secas en otros, algunos con pequeñas palanganas en la mesilla de noche para expectorar allí, unos pocos gimiendo débilmente. La enfermera francesa, con actitud muy profesional, indicó a un paciente que dormía a la izquierda.

– Este está muy débil, tiene fiebre constantemente, no sé si se salvará. -Señaló al del lado derecho, que tosía casi sin parar-. Aquél está un poco mejor, pero también se lo ve desfalleciente. -El siguiente de la izquierda, con una pierna escayolada-. Este es un caso curioso. Fue a la sala de traumatología, una esquirla casi le quitó la pierna. Cuando estaba casi recuperado, pilló una tuberculosis. Resiste.

– Mademoiselle -llamó uno, desde el lado derecho-. Moi pas bonne. Masagge, sirva el puré.

– S'il vous plaît -corrigió Agnès.

– Sirva el puré -insistió el paciente.

– Après, Luís, après -repuso la enfermera, que, volviéndose a Afonso, se rio-. Este es un pillo, dice que se va a casar conmigo cuando acabe la guerra.

– ¿Ah, sí?

– No te pongas celoso, mon petit mignon -sonrió Agnès-. Ya está casi curado y va a tener el alta en breve, así que no volverá a ponerme los ojos encima.

Al capitán no le gustó, pero se quedó callado. Sabía que era inevitable que su francesa, guapa como era, atrajese piropos en un mundo de hombres hambrientos de hembras. Le costó más aún ver que eso ocurría delante de él, pero se contuvo, no tenía más remedio, sería absurdo ir a abofetear al paciente atrevido.

– Lo que no faltan por aquí son pillos -añadió ella, después de una breve pausa. Sacó del bolsillo un papel bien doblado y se lo mostró a Afonso-. Mira esto. Es una carta que me entregó un paciente hace días para mandarle a su hermano -sonrió-. El muchacho insistió en escribir en francés para que en su pueblo viesen que habla bien, quiere impresionar-. Agnès le extendió la carta al capitán-. Léela, c'est rigolo.

Afonso desdobló el papel. La carta estaba escrita con letras irregulares, las líneas torcidas, pero el contenido era extraño.

France, 2-2-1918

Ma chere frére:

Te participe que muá parle tré bien le francé.

Ha bocú de madamuaseles joli.

Mangé tujur cornbif e une cigarrete aljur.

Gringos tré simpatiques, muá acheté a un anglé un par de botes até le genú avec cordons e muá doné a lui une garrafe de pieles.

Muá emé alor un madamuasele e apré la guerra fini partir Portugal avec muá fiancé. Les mules du Parque bone santé.

Bocú de sovenires de ta frere,

José Papagaio

Con expresión divertida, Afonso devolvió la carta, que Agnès guardó enseguida en el bolsillo.

– Hasta parece inventada -comentó el capitán.

La enfermera siguió caminando por el pasillo central de la enfermería y, ya en el final, se detuvo y fue a observar a un paciente acostado en la cama de la izquierda. Le puso la mano en la frente y le acarició el pelo. La sonrisa que brillaba en sus labios se deshizo. El soldado respiraba con dificultad, jadeante y cansado, con los ojos mortecinos entre ojeras profundas y oscuras, la piel seca como un pergamino, los pómulos salientes en el rostro delgado y macilento, parecía una momia. Afonso observó la bacinilla colocada en la mesilla de noche y comprobó que el recipiente estaba sucio, con expectoraciones y restos de sangre. La enfermera miró resignadamente al capitán.

– No se salva, le petit pauvre -murmuró-. No creo que pase de hoy.

Después de darle de beber al paciente moribundo, Agnès salió de la enfermería con el oficial siempre atrás.

– ¿Mueren muchos? -quiso saber Afonso.

– Algunos, no demasiados -dijo Agnès-. Un tercio de los muertos por enfermedad es víctima de la tuberculosis, éste es el mal que más mata. Un poco más atrás vienen la meningitis y la neumonía. Pero tenemos muchos casos de astenia y anemia que vuelven a los soldados incapaces de regresar a las líneas.

– ¿Ésas son las enfermedades más comunes?

– Sí -dijo la francesa, que hizo una pausa; luego vaciló y añadió en voz baja, apresuradamente-: Están también las enfermedades venéreas, pero esos pacientes van a otro hospital.

– Según vuestros cálculos, ¿los soldados mueren más por enfermedad o por los combates?

– Por los combates. Por lo que he podido ver, de cada cuatro muertos, tres provienen de heridas en combate y sólo uno de alguna enfermedad.

– ¿Y los heridos?

– También tenemos heridos, claro. Están en otra enfermería o, si no, se los manda a los hospitales ingleses, como el 39th Stationary Hospital o el General Hospital 7, y después van al depósito de convalecientes.

Un enfermero pasó junto a ellos, empujando una cama con ruedas con un hombre sin el brazo izquierdo, el muñón escayolado a la altura del hombro, con manchas de sangre seca en la tela blanca.

– ¿Cuál es el tipo de heridos más común? -preguntó Afonso, sin apartar los ojos del muchacho mutilado.

Agnès hizo una pausa para pensar.

– Los gases representan más o menos el cuarenta por ciento de los heridos, aparecen muchos, muchos. Hay pocos muertos por el gas, pero los soldados acaban con lesiones incurables en los pulmones y hasta en otros órganos. Todo porque no se ponen las máscaras, o se las ponen mal, o se las quitan demasiado pronto. -Hizo una nueva pausa-. Hay también un diez por ciento de heridos en accidentes. Pero no hay duda de que la mitad de los heridos que vienen a parar aquí han sido alcanzados por proyectiles en combate. La mayoría trae heridas horribles, por las esquirlas, he visto a alguno que se quedó sin mentón, apareció vivo sin la mitad de la cara…