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– Quiero a aquel mocetón capaz de cargar la «Luisa» -indicó.

– ¿Quién, mi capitán?

– Aquel mocetón, el grandote…

– ¿El cabo Matías, el Grande, mi capitán?

– Ese. ¿Qué opina de él?

– Matías es un buen hombre, un buen soldado. Es fuerte como un toro y disimula el miedo, con él los boches no se envalentonan. La gente lo quiere, se siente segura estando él cerca, los hombres incluso combaten mejor cuando están al lado de Matías.

– Pues que venga ése. Ese y unos cuantos más.

– ¿Cuántos soldados exactamente, mi capitán?

– Qué sé yo, hombre, unos cinco o seis, no más. Esto no es un raid, es una patrulla de reconocimiento de terreno, tiene que ser algo discreto. Mire, voy yo, va usted, va el cabo corpulento y unos tres más. -Sumó con los dedos-. Seis.

– Voy a llamar a los hombres de Matías, mi capitán.

– ¿Ellos son buenos?

– Sí, mi capitán. Usted llegó a dirigirlos cuando se produjo aquel ataque de los boches el año pasado en Neuve Chapelle.

– Ah, ya recuerdo -exclamó Afonso, que hizo un gesto como si recordara-. Eran buenos, sí. ¿Cómo se llaman?

– Son sólo tres, mi capitán. El pelotón se ha reducido mucho, tenemos que meter más hombres. Pero Lisboa no manda a nadie…

– Adelante, hombre -se impacientó el capitán-. Dígame cómo se llaman.

– Está Vicente, el Manitas, que es un poco respondón, protesta mucho, es de aquellos hombres que se cabrean por nada y se pasa la vida soltando mensajes pesimistas, llega a ser irritante. Pero en los momentos duros es firme a tope, puede estar seguro. Baltazar, el Viejo, es una especie de padrecito del grupo, se preocupa por que estén cómodos y les da estabilidad. El problema es que es un tragaldabas, sólo piensa en comida, y con esta dieta de corned-beef eso a veces es nocivo para la moral. Y Abel, el Canijo, es del género calladito, muy ensimismado. No tiene mucha iniciativa, aunque hace todo lo que le dicen. Puede estar cagado de miedo, pero no se las pira cuando las cosas se ponen feas.

– Bien, que vengan ésos.

Afonso pasó dos días sumergido en una nerviosa actividad, preparando con detalle la patrulla en la Tierra de Nadie. La mañana del 2 de marzo, un mensajero fue a llamarlo y el capitán se presentó en el cuartel general de la 2a División, en La Gorgue, donde mandaron que se sentase en una silla junto a la entrada. Se quedó cuatro horas esperando, sin que nadie le diese ninguna explicación. Hacia la una de la tarde, Eugenio Mardel irrumpió apresuradamente en el edificio, Afonso se incorporó de inmediato y se cuadró. El teniente coronel soltó un gruñido malhumorado y le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiese. Recorrió el pasillo en silencio, entró en el despacho y se dejó caer pesadamente en su silla. Suspiró y se quedó aguardando a que Afonso se sentase.

– ¿Se ha enterado ya del desastre de esta mañana? -le preguntó por fin, con expresión cansada.

– No, mi teniente coronel -se sorprendió Afonso-. ¿Qué ocurrió?

– Los boches hicieron un raid en Neuve Chapelle y las cosas acabaron mal. -Sacudió la cabeza con desánimo-. Se nos echaron encima con todo: artillería, gases, morteros, ametralladoras. Después asaltaron nuestras posiciones en Chapigny en oleadas sucesivas, ocuparon la primera línea, llegaron a las líneas de soporte y anduvieron paseándose por allí durante dos horas, hasta que nuestra artillería los obligó a retirarse.

– ¿Sufrimos muchas bajas?

– Muchas. -Su cabeza se movió asintiendo-. Muchas. Hemos perdido más de cien hombres.

– ¡Mierda!

– Los tipos atacaron la Infantería 4, de Faro, y la Infantería 17, de Beja. Se habla incluso de ciento cincuenta bajas, entre muertos, heridos y prisioneros. -Hizo una pausa-. ¡Es realmente un desastre!

Afonso miró el mapa de las trincheras, colgado en la pared del puesto.

– Conozco bien Chapigny. Ya he estado en Dreadnought Post y en el Grants Posts, incluso atrás.

– He pasado la mañana en una reunión del comando para analizar la situación y discutir las opciones que tenemos -dijo Mardel, como si no hubiese escuchado a Afonso-. Tengo buenas y malas noticias para usted. ¿Cuáles quiere oír primero?

El capitán hizo una mueca nerviosa con la boca.

– Tal vez sea mejor empezar por las malas.

– Muy bien -asintió Mardel-. El general Simas ha estado discutiendo su raid con el general Tamagnini y han decidido no avanzar.

Afonso suspiró profundamente. Parecía un suspiro disgustado, hecho de desilusión y frustración, pero era en realidad un suspiro de alivio, el capitán no tenía ningunas ganas de avanzar a pecho descubierto por la Tierra de Nadie, bajo una lluvia de balas y explosiones, ni alimentaba ambiciones de grandes actos de bravura. Lo que quería era vivir, sobrevivir si fuera necesario, pero sobre todo saborear todos los momentos, deleitarse con cada instante, sólo buscaba los placeres sencillos que la vida le concedía, las pequeñeces, comer bacalao, beberse unas cervecitas, dormir en una cama de paja, amar a Agnès. El proyecto de raid no lo entusiasmaba, era una mera obligación de militar, un riesgo estúpido e innecesario, el capricho de un carbonero de la retaguardia que fantaseaba con hazañas gloriosas arriesgando la vida ajena. Pero no lo podía confesar. Por ello, simuló estar contrariado.

– Qué pena -lamentó con simulada satisfacción-. ¿Sabe decirme por qué razón han tomado esa decisión?

– Claro -exclamó Mardel-. Fue expedida hace días una orden del I Ejército británico poniendo en práctica un acuerdo de enero entre los Gobiernos de Portugal y de Gran Bretaña. El acuerdo prevé la disolución del CEP como cuerpo autónomo y su integración en un cuerpo del Ejército británico, que ha de ser tratado como si fuese una formación inglesa. El CEP quedará con una división en las primeras líneas y otra saldrá de descanso. Como la 1a División está hace más tiempo en las trincheras, será ella la que quede liberada. A la luz de los acontecimientos de hoy, el comando ha decidido emprender un raid y, dado que la 1a División ha de salir, el comando ha entendido que debería salir a lo grande. Frente a la elección entre un raid de la Infantería 8 y otro de la Infantería 21, el comando ha optado por la propuesta del 21, puesto que esa unidad pertenece a la 1a División.

– Qué suerte han tenido esos hombres -comentó Afonso, ya relajado-. ¿De dónde es el 21? -Es gente de Covilhã.

– Pero ¡qué suertudos! Eso se llama haber nacido con estrella.

Mardel sonrió por primera vez.

– Pero, capitán, también tengo buenas noticias para usted.

– ¿Ah, sí? -exclamó. Si las malas noticias habían sido tan buenas, Afonso se quedó con la curiosidad de saber si las buenas podían ser aún mejores-. Lo escucho.

– El general Simas ha intercedido con vehemencia por usted y ha obtenido una concesión del general Tamagnini y del general Gomes da Costa.

– ¿Una concesión?

– Exacto. El general Gomes da Costa ha aceptado que un pelotón del 8 sea incluido en el raid del 21.

– ¿Cómo es eso?

– Hombre, ¿tendré acaso que explicarle todo? ¡Usted también va a participar en el raid, caramba! -le extendió la mano-. ¡Felicitaciones!