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La higiene parecía, por utilizar un eufemismo simpático, relajada. La ducha dominical que, por otra parte, sólo se daba en verano, constituía la única verdadera limpieza personal de la familia, hecho deprisa y sin rigor, siendo como era el agua helada un elemento fuertemente disuasivo. Las necesidades se hacían en cuclillas en el patio, junto a la pocilga, o entre los árboles del pinar que se extendía por detrás de la casa. Por la noche era diferente, Afonso y sus dos hermanos tenían bajo la cama una pequeña bacinilla de loza en la que se aliviaban cuando surgía la necesidad en medio del sueño, y cuyo contenido volcaban en la pocilga por la mañana. Limpiarse las posaderas fue un concepto desconocido en los primeros años, hasta que João comenzó a comprar por diez réis O Sáculo para enterarse de las ofertas de empleo y conocer la evolución de los juegos del Football Club Lisbonense con los rivales del Real Casa Pia, del Club de Campo de Ourique y de los ingleses del Carcavellos Club. Acabada la lectura, los hermanos usaban las hojas gigantes del periódico para limpiarse después de defecar, pero sus padres no estaban por las modernidades. El señor Rafael era analfabeto y consideraba que el periódico no le servía para nada, ni siquiera para la limpieza, y la señora Mariana compartía el mismo punto de vista. Afonso veía que a veces su madre iba al patio, abría las piernas de pie y se aliviaba sin tan siquiera levantarse la falda. No usaba bragas y las necesidades se hacían así, libres de mayores complicaciones.

Afonso cumplió diez años en 1900 y dejó el colegio. Se sentía ya un hombrecito, por lo que decidió ir a trabajar al aserradero con sus hermanos. Era un almacén grande y, como el muchacho tenía una débil complexión debido a su tierna edad, evitaron darle inicialmente los trabajos más pesados. El señor Guerreiro, que dirigía el almacén, lo colocó como encargado de la limpieza y como recadero. Al contrario de lo que pasaba con sus hermanos, a Afonso no le pagaban en dinero sino en especies. Le daban el almuerzo y la merienda, con lo que aliviaba los exiguos gastos de su casa. Al cabo de un año, sin embargo, comenzó a realizar trabajos más pesados, cortando troncos y sirviéndose de sierras con el fin de preparar la madera para la fabricación de muebles. Admiraba la habilidad de los carpinteros para dar forma a los troncos toscamente cortados con hacha, pero ése fue el único atractivo que descubrió en el aserradero. El trabajo se le hizo pesado y Afonso no tenía gran destreza en las manos, así que no hubo posibilidad de que progresase en aquel empleo.

Un anuncio en el escaparate de la Casa Pereira, en pleno centro de Rio Maior, despertó la atención de Afonso cuando pasó por allí un día camino de la Feira dos Passos. La Casa Pereira era un establecimiento comercial donde se vendían tejidos, telas, botones, hilos y cosas por el estilo; allí buscaban un dependiente para pequeños trabajos. Afonso se vistió con su mejor ropa, mandó a sus hermanos que le dijeran al señor Guerreiro que ese día no podía ir a trabajar porque tenía fiebre y se presentó en la tienda.

– Quiero trabajar -anunció.

La dueña de la Casa Pereira alzó los ojos de las facturas que estaba contabilizando y miró a aquel chico delgado y grave que se perfilaba frente a su escritorio.

– ¿Sabes leer?

– Claro que sí, señora. Me enseñó el profesor Ferreira.

– ¿Y hacer cuentas?

– También, señora.

Ella lo examinó de arriba abajo y descubrió sus rodillas heridas, con algunas costras que le cruzaban la piel. ¿Sería un pendenciero?

– Oye, muchacho -le dijo, señalando sus rodillas desolladas-, ¿cómo te has hecho eso?

– Jugando a la pelota.

– ¿Juegas a la pelota?

– A veces. Me gusta dar unos kicks y meter goal.

A la propietaria, doña Isilda Pereira, le cayó bien y lo contrató. Corría el año 1902 cuando Afonso, con doce años, entró en la Casa Pereira y fue acogido bajo el ala protectora de doña Isilda, que le dio almuerzo, merienda y ropa nueva, además de un puñado de réis para que los llevase a su casa. Aquí saboreó por primera vez filloas, verdaderas delicias fritas que la propietaria preparaba según una vieja receta de familia, entonando el tradicional «San Vicente, pan creciente» siempre que acababa de batir la mezcla, lo que lo divertía muchísimo. Fue también allí donde comenzó a usar zapatos, una exigencia de la patrona, que juzgaba poco aconsejable que en la tienda trabajase un empleado descalzo.

Doña Isilda enviudó pronto y se quedó sola a cargo de la educación de una hija, Carolina, una chica de once años, pelirroja y con la cara pecosa, que era atrevida y arisca. No hizo falta esperar mucho tiempo para que la chiquilla comenzase a jugar con Afonso, al fin y al cabo sólo se llevaban un año. El muchacho reaccionó inicialmente con reserva, no estaba habituado a relacionarse con chicas. No asistían a su colegio y nunca había hablado con ninguna de su edad; se limitaba a mirarlas desde la distancia en la misa del domingo. Afonso comenzó, por ello, a retraerse, tímido y desconcertado, pero ella insistió y él, ardiendo de curiosidad, fue tomando confianza poco a poco, como quien no quiere la cosa. Carolina lo ayudaba en sus tareas en la tienda y Afonso le correspondía en las horas libres, prestándose a hacer el papel de marido o de médico, según los juegos. Jugar a los papás y a las mamás sustituyó temporalmente los partidos de football y los condujeron a un flirteo aún inocente, con intercambio de miradas y misivas cómplices detrás del mostrador o en el almacén de la Casa Pereira. Se besaron una vez a oscuras, en un rincón apartado de la tienda, bajo las escaleras, pero cuando se encontraron fuera se sintieron avergonzados, apenas pudieron mirarse, lo que habían hecho era pecado mortal. De entonces en adelante, preferían mantenerse jugando en la ambigüedad de sus ficciones, estaban casados de mentira, pero íntimamente fantaseaban con que todo iba en serio.

Doña Isilda era una señora educada, incluso hablaba francés y entendía algo del latín de las misas, pero se revelaba igualmente atenta a las cosas de la vida y, mujer experimentada, percibió el acercamiento entre su hija y el joven empleado. Simpatizaba con Afonso, no había duda, pero no le hicieron mucha gracia los juegos que compartían y decidió tomar medidas, no quisiese el diablo que Carolina, muchacha evidentemente obstinada como su difunto padre, insistiera con aquel chaval. No eran raros en aquella época los matrimonios de adolescentes, la historia de los padres de Afonso lo demostraba, y doña Isilda no quería un yerno pelagatos y mucho menos verse tan pronto con un nieto en brazos.

La opción más sencilla sería despedir de inmediato al chaval, pero doña Isilda conocía a su hija y su irritante gusto por el fruto prohibido, así que, mujer avisada y conocedora de estas cosas de la naturaleza humana, sospechó que, en un lugar pequeño como Rio Maior, no sería difícil para ambos seguir encontrándose a escondidas, había abundantes historias de noviazgos prohibidos que acababan con el enlace no deseado. Eran necesarias, por tanto, medidas más drásticas, aunque la sutileza fuese igualmente esencial.