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– Entonces…

– Las señales son preocupantes, pero no para nosotros -interrumpió el comandante-. Son preocupantes para los ingleses.

– ¿Para los ingleses? -se sorprendió Afonso-. Pero mire que todo esto está ocurriendo frente a nosotros, mi comandante, y se nos vendrá encima.

– No, capitán. De ninguna manera. Caerá encima de los ingleses.

Afonso vaciló.

– Pero… ¿cómo es que…?

– Calma, capitán, calma -repuso Fardel, que abrió un cajón de su escritorio, de donde sacó unos folios mecanografiados-. ¿Ve esto? -Le mostró la primera página; Afonso vio que era un documento redactado en inglés-. Esta es la Orden de Retirada n.° 329, emitida esta mañana por el general Haking, el comandante del XI Cuerpo británico, y que me ha llegado hace poco aquí, a la brigada, hace unos veinte minutos. ¿Y sabe lo que dice? -Mardel fijó los ojos en Afonso, intentando captar su expresión cuando pronunció la frase siguiente-: «La Orden de Retirada n.° 328 determina la retirada del frente de combate de todo el cuerpo portugués». -Hizo una pausa dramática-. Todo.

Afonso abrió la boca, tratando de digerir el impacto de la noticia.

– ¿Todo el cuerpo portugués? ¿Vamos a retirarnos?

– Exacto, capitán Brandão. Vamos a retirarnos.

– Pero hasta hace unos días…

– El general Haking ha venido a visitar nuestras líneas -se apresuró Mardel en aclarar-. Ha visto el estado de las tropas y ha concluido que los hombres no pueden continuar en el frente, ya no están en condiciones. De modo que, amigo, salimos nosotros y entra la 50a División británica.

– Pero eso es magnífico, mi comandante. ¡Magnífico!

Afonso no pudo contener su alegría. Efusivo, el capitán se levantó de la silla y, con entusiasmo, extendió la mano para saludar a Mardel. El teniente coronel devolvió el saludo y la sonrisa.

– ¡Dentro de unos días, capitán, nos vamos a París, caramba, nos vamos a buscar mujeres!

Afonso miró por la ventana y sintió un aroma suave que le llenaba los pulmones, respiró aquella fragancia leve que le anunciaba la libertad tanto tiempo deseada, era un sentimiento inexpresable e inefable, el corazón le bailaba en el pecho, tuvo ganas de saltar, de cantar, de correr, de traspasar la puerta e ir a contarle a Agnès la gran noticia, le apeteció abrazar a Mardel y oler las flores, quiso reír y llorar, decir poemas y amar. Los colores le parecían más vivos, el aire más perfumado, los sonidos más melodiosos. Sin embargo, la inesperada sombra de una sospecha, furtiva y traicionera, le nubló momentáneamente el espíritu.

– ¿Cuándo será la retirada? -preguntó desconfiado.

– Comenzamos a salir el 9 de abril por la noche y completamos la retirada a la noche siguiente.

– ¿El 9 de abril?

– El 9 de abril.

Afonso calculó mentalmente.

– Estamos a 6 de abril. -Rozó sus otros dedos con el pulgar: siete, ocho, nueve-. Tres días. -Se tranquilizó-. Faltan tres días.

El capitán Afonso Brandão estaba entretenido ordenando sus cosas en el refugio de Picantin Post, dos días después, cuando Joaquim asomó por la puerta.

– Mi capitán, hemos recibido una comunicación de la brigada diciendo que el teniente Cook desea hablar con usted con urgencia, por lo que debe presentarse hoy mismo en el cuartel general de la 40a División Británica, en Fleurbaix.

Afonso miró a su ordenanza, intrigado. Pero ¿qué rayos tendría que decirle Tim con tanta urgencia? Era el día 8 de abril, todo seguía tranquilo, a la noche siguiente se retirarían las fuerzas portuguesas, ¿qué podía ser tan importante que no pudiese esperar veinticuatro horas más? El capitán llegó a vacilar y admitió la posibilidad de ignorar la petición, pero lo pensó mejor y consideró que aquél era un excelente pretexto para pasarse por la retaguardia e ir a ver a Agnès.

Pidió un caballo, le entregaron una yegua, y abandonó Fauquissart. Cuando llegó a Laventie, en vez de dirigirse hacia el norte, rumbo a Fleurbaix, prosiguió hacia el oeste. Fue al hospital Mixto de Medicina y Cirugía, se apeó, dejó la yegua junto al portón y mandó llamar a la enfermera Agnès Chevallier. La francesa corrió hacia él en cuanto lo vio. Llevaba una bata blanca, un uniforme concebido para neutralizar la feminidad de las enfermeras, pero en aquel cuerpo el uniforme era claramente incapaz de arrebatarle su sensualidad. Agnès lo abrazó con fuerza, se besaron en las mejillas, en el cuello, en los labios.

– Salut mon mignon -dijo ella finalmente, sujetándole el rostro con las dos manos-. ¿Te encuentras bien? ¿Vienes de la trinchera?

– Aún no, pero tengo que darte una noticia -le anunció.

– Vraiment? ¿Buena o mala?

– Buena, buena -sonrió él tranquilizándola-. Mañana salimos de las trincheras e iniciamos un largo descanso en la retaguardia. Para mí, la guerra ha acabado. C'est fini! Zut!

– Oh la la! -exclamó Agnès con sus ojos verdes encendidos. Lo abrazó de nuevo con mucha fuerza-. Merci, merci, mon Dieu! Estoy tan contenta, no te imaginas lo contenta que estoy.

Le dio besos en los oídos, de sus labios rosados salieron caricias y susurros, palabras suaves y melosas.

– Mi amor -murmuró él con los ojos cerrados y sintiendo el cuerpo de la mujer ceñido al suyo.

– ¡Me siento tan aliviada! -Agnès suspiró-. Ah, oui, qué bueno, ha terminado la pesadilla.

Les costó mucho despedirse. Agnès acompañó a Afonso hasta el portón, se besaron y abrazaron, se sentían radiantes. El capitán se armó de ánimo para marcharse y se montó en el caballo. Se alejó lentamente y de mala gana. Al fondo de la calle, antes de la curva, se volvió una última vez hacia atrás, vio a Agnès de pie en el mismo lugar, con las manos cruzadas sobre el corazón, el pelo castaño claro reluciendo al sol, trigueño y cristalino, con una sonrisa feliz dibujada en los labios. Ambos levantaron los brazos y se dijeron adiós. Afonso espoleó a la yegua y desapareció tras la curva.

Una hora y media después, el capitán portugués se presentó en el cuartel general de la 40a División británica, en Fleurbaix, y pidió hablar con el teniente Timothy Cook. Tim apareció poco después, bajando las escaleras para encontrarse con Afonso en el lobby.

– What ho, Afonso. Jolly good to see you!

– Hola, Tim, ¿cómo estás?

– Come on -lo invitó Tim, conduciendo a Afonso por las escaleras.

– Eres realmente un gringo -sonrió el portugués-. ¿Qué cosa tan urgente es la que me ha hecho venir hasta aquí?

El teniente inglés se detuvo en un escalón.

– Tenemos informaciones… disturbing… ¿Cómo se dice?

– Preocupantes.

– Right ho, preocupantes. Tenemos informaciones preocupantes -siguió, subiendo las escaleras, con los ojos fijos en los escalones-. Desde el día 31 de marzo, nuestra aviación ha registrado un movimiento general de tropas y artillería alemanas hacia el norte, que congestiona carreteras y vías férreas. El día 1 de abril, un único aeroplano contó, en sólo dos horas, cincuenta y cinco trenes convergiendo en el sector que está justo enfrente de vuestras posiciones. Esa observación la han confirmado en los días siguientes otros aeroplanos. -Miró de reojo al portugués-. Anteayer los aeroplanos comprobaron que las carreteras y vías férreas justo enfrente del sector portugués se encontraban atascadas de camiones y camionetas, y nuestras patrullas vieron a los jerries transportando cajas y más cajas de municiones hacia sus líneas de apoyo.