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– El tiene razón, mi sargento -coincidió Baltazar, tumbado detrás de Matías.

Rosa se quedó meditando en el asunto. Alzó la cabeza, miró a un lado y al otro, comprobó que, realmente, no lograba ver lo que ocurría ni a la derecha ni a la izquierda y se volvió hacia el pelotón.

– Está bien -exclamó finalmente-. Vamos allá.

Eran las ocho de la mañana cuando el pelotón del sargento Rosa abandonó su posición en la Burlington Arcade, junto a la línea del frente, y retrocedió por aquella trinchera de comunicación rumbo a la línea B. Los hombres avanzaron a paso rápido, siempre agachados, y fueron a desembocar en la Rué Tilleloy, donde se formaba la segunda línea. Siguieron corriendo para atravesar la gran carretera, pero, a mitad de camino, sintieron que proyectiles rasantes cortaban el aire. Se inmovilizaron, sorprendidos, oyeron el matraqueo de una ametralladora a la derecha, se desorientaron; uno de ellos cayó al suelo con un sonido seco, fue alcanzado, Rosa saltó hacia delante y se lanzó al arcén, el resto del pelotón retrocedió y quedó del otro lado.

– ¡Boches! -gritó Matias, jadeante, pegado al suelo-. ¡Hay boches en la Tilleloy!

Los hombres alzaron la cabeza y observaron al compañero que había caído en plena carretera, alcanzado por la ametralladora enemiga. Era Abel, el muchacho delgaducho y callado que había venido de Gondizalves. La herida era seria, su situación parecía desesperada. El Canijo se agarraba el cuello, de donde brotaban, en pavorosos chorros, chisguetes de sangre oscura, las manos teñidas de rojo intentaban parar la hemorragia, el agujero en la garganta emitía horribles ruidos de aire que se esforzaba en entrar y salir. Abel se asfixiaba en silencio, incapaz de proferir, aunque más no fuese, un gemido, y nadie podía ayudarlo. Vicente se incorporó para saltar a la carretera e ir a socorrer al amigo, la ametralladora abrió fuego y Matias lo atrapó por las piernas y lo tiró al suelo.

– ¡Déjame! -se quejó Vicente, intentando soltarse-. ¡Déjame que lo ayude!

– ¡Quédate quieto, Manitas! -bramó el cabo-. No lo puedes ayudar. Y, si vas allí, te matarán también a ti.

Matias era mucho más fuerte que su compañero y lo mantuvo firmemente sujeto entre sus enormes brazos. Vicente se dio cuenta de que no podría desprenderse, estiró la mano izquierda en dirección a Abel, que aún se retorcía en plena Tilleloy, y comenzó a llorar, desesperado, impotente. Ya había visto morir a otros camaradas, pero éste era diferente, formaba parte de su núcleo más directo de amigos del pelotón. El Canijo se retorcía ahora preso de las convulsiones, era evidente que vivía sus últimos instantes, y todos los hombres, a excepción de Matias, volvieron la cara a un lado o cerraron los ojos, no querían presenciar la muerte del joven. Sólo el cabo vio el estertor final, las piernas temblando en un violento espasmo, los ojos revirados hasta ponerse en blanco, el cuerpo estremecido en una postrera convulsión, un suspiro hondo y tenebroso, la carne inmóvil finalmente, la sangre que se estancaba y dejaba de brotar de la garganta.

Los hombres del pelotón se quedaron un buen rato callados.

Vicente había recuperado el control de sus emociones y se mantuvo igualmente silencioso. Pero los hombres sabían que se encontraban en una situación mucho más difícil de lo que habían previsto. Matias se preguntaba qué hacía una ametralladora alemana en la Rué Tilleloy, en el sector de Fleurbaix, a la izquierda de las líneas portuguesas, una zona que, era de suponer, estaba guarnecida por las tropas británicas de la 40a División.

– Mi sargento -dijo.

– ¿ Qué? -respondió la voz del otro lado de la Tilleloy.

– ¿No ve a los gringos?

– No.

Matias se quedó pensativo.

– Deben de haberse ido -razonó en voz alta frente a Rosa-. Los gringos se fueron y los boches están entrando por allí. -Hizo una pausa para proseguir su razonamiento-. Esto significa que han comenzado a flanquearnos, mi sargento, están dando la vuelta para sorprendernos por detrás. ¡Estamos perdidos!

– Tenemos que retroceder más -dijo el sargento-. ¿Qué sugieres?

Matias miró al pelotón. Vicente y Baltazar estaban tumbados detrás de él, muy quietos. El cabo se arrastró hasta un árbol calcinado, a diez metros de distancia, alzó la cabeza, despacio, y espió por el borde del tronco hacia su derecha. Vio hombres al fondo. Miró con atención los cascos y confirmó que eran alemanes. Se agachó y se arrastró de nuevo en dirección a sus hombres.

– Los boches están allí, justo al fondo, vigilando la Tilleloy -dijo en voz lo bastante alta para que Rosa lo oyese-. Vamos a hacer lo siguiente… -Hizo una pausa para retomar el aliento-. Ya los he visto y voy a abrir fuego sobre esos tipos con mi «Luisa». Cuando comiencen las ráfagas, vosotros saltáis al otro lado -ordenó, hablando ahora con los dos soldados que estaban junto a él-. Después, vosotros tres disparáis y yo salto, ¿comprendido?

Los hombres asintieron con la cabeza. Rosa confirmó de viva voz. Matias hizo una seña a sus compañeros para que se preparasen, agarró la Lewis con firmeza, respiró hondo, se levantó y abrió fuego. Acto seguido, Vicente y Baltazar se incorporaron y pasaron al otro lado de la carretera. Los alemanes respondieron y el cabo se agachó de inmediato. Aguardó un instante.

– ¿Va todo bien?

– Sí -confirmó Rosa-. Aguanta un poco, vamos ahora a prepararnos nosotros. En cuanto os dé la señal, abrimos fuego y saltas tú. -Hubo un compás de espera para que los tres hombres prepararan las Lee-Enfield. Unos instantes más y se oyó la voz del sargento-. ¡Ahora!

Los tres hombres se incorporaron y dispararon con los fusiles. Al mismo tiempo, Matías se lanzó al otro lado de la Tilleloy y rodó por el arcén, mientras la Maxim alemana volvía a ametrallar la carretera y los repiqueteos de la ráfaga levantaban nubes de tierra y barro.

– ¿Estás bien? -preguntó Rosa, nuevamente agachado.

– Sí, yo…

Un ruido por detrás los dejó momentáneamente paralizados. Dirigieron las armas hacia la Picadilly Trench, la trinchera de comunicación que prolongaba la Burlington Arcade, y se prepararon para apretar los gatillos, pero el azul del uniforme del hombre que vieron asomar desde la línea los hizo suspender los disparos. El recién llegado era portugués.

– ¿Qué pasa, muchachos? -saludó el desconocido.

Los integrantes del pelotón suspiraron.

– Hombre, estuvimos a punto de liquidarte, caray -exclamó el sargento Rosa-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– El capitán Brandão me ha mandado a ver qué pasa en la línea del frente -dijo el soldado, incorporándose para seguir avanzando-. Tengo que ir hasta allá.

– ¿Cómo te llamas?

– Joaquim.

– Pues bien, Joaquim, la línea del frente es ésta.

– ¿Esta? Pero ésta es la Tilleloy. Lo que tengo que hacer es…

– Joaquim -interrumpió Rosa-. La primera línea ya no existe, está arrasada. ¿Entiendes? Hay boches allí, a la izquierda, con una ametralladora dispuesta a hacernos polvo. Por eso ya no puedes avanzar, ésta es ahora la línea del frente. ¿Has entendido?

Joaquim miró a los cuatro hombres con desconfianza. Pero su expresión seria y cansada, además del cuerpo extendido en plena carretera, lo convencieron de que, por increíble que pareciese, estaban diciendo la verdad. Los alemanes habían llegado realmente a la Rué Tilleloy.

– ¿Los boches están aquí?

– Sí -confirmó Matias, que señaló hacia la izquierda-. Allí al fondo.

– ¿Los habéis visto?

– Los hemos visto, disparamos sobre ellos, ellos dispararon sobre nosotros y han matado a uno de nuestros compañeros.