Después de mucho pensar, la madre de Carolina se puso en marcha y fue a hablar con los padres de Afonso. Se presentó en Carrachana ante la señora Mariana, embarazada, nunca en la vida había entrado dama tan distinguida en aquella humilde casa. La anfitriona se deshizo en cortesías, corriendo de aquí para allá, yendo a buscar una cosa y después alguna otra, llegando hasta la trasera para llamar a gritos a su marido; entre aquellas cuatro paredes se armó un alboroto antes jamás visto.
– Ay, señora, estoy tan nerviosa -gimió Mariana, frotándose las manos mojadas en el delantal inmundo, con sus dedos gordos nerviosamente inquietos-. Válgame Dios, al menos podría haber avisado. -Miró a su alrededor, asustada por lo que doña Isilda podría pensar sobre el aspecto de la sala-. Una señora tan fina, Jesús, de visita en nuestra modesta casa… Una se queda sin saber qué hacer, ¿no?
– Oh, no se preocupe, no se preocupe, todo está muy bien.
Isilda se esforzó por ignorar el olor a estiércol que apestaba aquel miserable cuchitril, e intentó mantener un semblante tranquilo, sereno, plácido. Pero, al ver el antro del que había salido Afonso, más se afirmó en su determinación de alejar al muchacho de su hija, era totalmente absurdo que el noviazgo continuase, deseaba para Carolina mucho más que aquello. Al mismo tiempo, no perdía la conciencia de que tendría que jugar bien sus cartas, la diplomacia inteligente sería mucho más productiva que la fuerza bruta.
La señora Mariana le señaló un sillón a doña Isilda, era el mejor lugar de la casa, propiedad exclusiva del señor Rafael.
– Siéntese, señora, haga como si estuviera en su casa.
Isilda miró de reojo el sillón y sintió que una arcada le invadía la boca al observar las manchas de grasa que lo salpicaban, pero reprimió el asco e hizo el esfuerzo de sentarse.
– Ay, qué casa más bonita tiene, señora Mariana. Es realmente un encanto.
La madre de Afonso se sonrojó, justamente ella, que siempre mostraba unas mejillas muy rosadas.
– Oh, señora, no tiene nada de especial, es una casa muy humilde, muy modesta, una casita con lo elemental para vivir. Nosotros somos gente pobre, ¿sabe? -Alzó las cejas y se relajó con una sonrisa-. Pobre, pero honrada.
– Sin duda, señora Mariana. Sin duda.
El señor Rafael entró en la sala con los brazos sucios de barro maloliente, había estado en la pocilga clavando unas maderas de la cerca. No le gustó ver a la visitante sentada en su sillón favorito, pero ocultó su malestar. Saludó secamente a doña Isilda y se sentó en un banco.
– ¿A qué debemos el honor de su visita, señora? -preguntó yendo directo al grano.
Isilda respiró hondo. Tendría que ser astuta para convencerlos de lo que pensaba.
– Bien, como sabéis, Afonso trabaja en mi tienda.
– ¿Ha hecho algo malo ese pillo? -interrumpió Rafael, desconfiado y con el semblante ceñudo.
– No, no -exclamó Isilda-. Por el contrario, el muchacho es una joya, todos lo apreciamos mucho. En realidad, me cae tan bien que me daría pena perderlo como empleado de mi tienda.
Rafael y Mariana la miraron sin entender.
– Pero, señora, para nosotros es un orgullo que él trabaje en su tienda -aseguró el señor Rafael.
– Y a mí me enorgullece que él trabaje allí -repuso Isilda, arreglándose el pelo-. Pienso, sin embargo, que debería continuar sus estudios para ampliar sus horizontes, llegar más lejos en la vida.
– Ah, señora, eso nos gustaría a nosotros también -replicó Mariana-. Pero, ya sabe lo que pasa, no tenemos bienes, somos gente pobre y necesitamos toda la ayuda que sea posible conseguir. Y que Afonso esté en su tienda es una bendición para esta casa, ¡una bendición!
– Y es una bendición para mí, créame -insistió Isilda-. Pero sería realmente bueno que él prosiguiese sus estudios. Comprendo muy bien lo que me dice, comprendo que no tiene dinero para un proyecto semejante, y por eso quería proponerles algo.
– ¿Proponernos algo? -se sorprendió el señor Rafael.
– Sí -asintió Isilda-. Resulta que uno de mis hermanos es sacerdote en el Miño y amigo del rector de un seminario de la archidiócesis de Braga. Se llama Álvaro, y no lo digo por jactarme, pero él es un encanto de hombre, da gusto conocerlo. Si me permiten, pues, yo podría hablar con él para conseguirle a Afonso un lugar en el seminario.
Los padres de Afonso se miraron, sorprendidos por la sugerencia.
– Es que el problema no es ése, señora -intervino Rafael, confundido-. El problema es que nosotros no tenemos cómo pagar el seminario, ésa es la cuestión…
– Yo lo pagaré -interrumpió Isilda, cuya voz se impuso a la del anfitrión-. Es una promesa que le he hecho a nuestra Señora: ayudar a un joven sin medios a ir al seminario. He elegido a Afonso, me parece un buen muchacho, atinado y respetuoso. Además, seguramente no se opondrá al cumplimiento de una promesa a nuestra Señora, ¿no?
– No, no -se adelantó Mariana, preocupada porque ella y su marido pudieran estar ofendiendo a la madre de Jesús, ambos eran temerosos de Dios y no querían conflictos con el Todopoderoso-. Válgame Dios, señora, eso no. Nunca.
– Supongo que tampoco tienen ninguna objeción a que su hijo se haga sacerdote -quiso saber doña Isilda, con las piernas cruzadas púdicamente en el sillón, una sonrisa evangélica dibujada en los labios en el momento en que formuló la pregunta que la había llevado allí.
El señor Rafael se mantuvo unos instantes callado, meditativo, sumido en sus pensamientos, reflexionando sobre aquella propuesta inesperada. Perdería el dinero que su hijo llevaba a casa, es verdad, pero, por otro lado, se quedaba con una boca menos que alimentar. Además, tener un sacerdote en la familia no era de menospreciar, le acarrearía prestigio social, atraería el respeto de los vecinos, sería un salto que jamás había pensado que estuviese al alcance de la familia. Asimismo, había que considerar incluso la dimensión religiosa. Se acordó del sueño en que el ángel le aconsejó tener un hijo más y consideró que era una premonición. En su raciocinio de hombre creyente y religioso, concluyó que la sugerencia de doña Isilda sólo podía ser una nueva señal de Dios.
– Muy bien, señora -asintió finalmente-. Afonso será sacerdote.
El pequeño dejó a su familia una mañana fresca de otoño de 1903. Se aferró obstinadamente a las faldas de su madre, llorando, hasta que el padre Álvaro, hermano de doña Isilda, lo arrastró hasta el coche. Gritó desesperado por la ventanilla del carruaje, era la primera vez que se separaba de la familia, y no se calló hasta que la casa de Carrachana desapareció detrás de una curva, entre la nube de polvo que había levantado el coche sobre el macadán de la Estrada Real n.° 65. Se recostó entonces en el asiento, con la cabeza gacha, mientras las lágrimas se le escurrían por la cara y ahogaba sus sollozos al lado de aquel extraño con sotana. Se sentía un poco avergonzado por la imagen que ofrecía, pero, al mismo tiempo, su deseo había sido manifestar de modo claro e inequívoco su repudio a que lo mandasen a otra parte, la verdad es que le daba miedo lo desconocido y permanecía aferrado al refugio natal de Carrachana. Ahora, apartado de su familia, se sentía solo y aterrorizado, imaginaba con horror que lo habían abandonado y se interrogaba repetidas veces sobre lo que sería de él, si alguna vez vería de nuevo a sus padres y a sus hermanos.
El padre Álvaro se reveló, sin embargo, como una persona amable y jovial, así que acabó conquistando gradualmente la confianza de Afonso durante el viaje. Se trataba de un hombre bajo y macizo, de rostro ancho y con la mandíbula inferior saliente, el pelo medio canoso erizado y corto. Parecía un agricultor de Ribatejo, pero era un hombre de Dios. Cogieron el tren en la estación de Sant' Anna hacia las nueve cuarenta; el trayecto hasta Oporto duró casi diez horas. Lo cierto es que el padre Álvaro era hombre de recursos, al que le gustaban las comodidades, digno hermano de doña Isilda, así que no le importó pagar más de seis mil réis por cada billete para viajar confortablemente en primera clase. Era ya noche oscura cuando llegó el momento de pasar por Dona María Pia, el temible puente de hierro sobre el Duero. Afonso vio, horrorizado, la mancha sombría del río corriendo por debajo de la frágil estructura metálica y, cerrando los ojos, se arrimó al cura en busca de protección, con lo que puso término definitivo a su resistencia.