Выбрать главу

– Os doy una compañía -dijo-. La del capitán Brito.

El alférez Viegas entró en ese momento en el sótano, acompañado por un soldado jadeante.

– ¿Me permite, mi mayor? -dijo dirigiéndose a Mascarenhas.

– Dime.

– Está aquí el soldado Camacho, de la segunda compañía, que acaba de llegar con informaciones.

– ¿Qué pasa?

El soldado hizo el saludo militar; su pecho jadeaba pesadamente por haber llegado a la carrera.

– Mi mayor, los desertores dicen que los boches avanzan por los intervalos entre los puestos, rodeándolos y apresando a todo el mundo. -Hizo una pausa para respirar-. El teniente Alcídio pregunta qué hacer. -Alcídio era el comandante de la segunda compañía-. El también pide municiones.

– Muy bien, Camacho -dijo Mascarenhas-. Vas a volver a las líneas; llevarás algunas municiones contigo. Dile al teniente Alcídio que vamos a enviarle soldados del 15 para que lo apoyen. ¿Ya han tenido contacto con el enemigo?

– Aún no, mi mayor.

– Cuando lo tengan, las órdenes son resistir, siempre resistir. ¿Has entendido?

– Sí, mi mayor.

– Ve, pues.

Vicente, el Manitas, sentía cansados los músculos del brazo derecho de tanto repetir el movimiento. Apuntaba a un alemán, disparaba, abría la culata, tiraba de ella, dejaba que la bala entrase en el cañón, cerraba la culata, apuntaba, disparaba, abría la culata, tiraba de ella, dejaba que la bala siguiente entrase en el cañón, cerraba la culata, apuntaba, disparaba, y así sucesivamente, hasta agotar, en el lapso de dos minutos, las diez balas del depósito de la Lee-Enfield. En ese momento sustituía el depósito y recomenzaba el proceso de abrir la culata, tirar de ella, dejar que la bala entrase en el cañón, cerrar la culata, apuntar y disparar. En realidad, el proceso de vaciar un depósito duraba dos minutos porque el capitán Brandão había dado órdenes para ahorrar balas y sólo disparar en caso necesario. De lo contrario, los soldados eran capaces de gastar las diez balas en sólo cincuenta segundos, dado que el proceso de cargar el fusil duraba apenas cinco segundos.

– ¡Ha caído el equipo de la ametralladora! -gritó alguien-. ¡Ayuda!

Vicente se dio cuenta, por la alteración en el estruendo que lo rodeaba, de que una de las Vickers había dejado de disparar. Siguió alguna confusión, sólo con los fusiles y otra Vickers abriendo fuego, hasta que alguien le tocó el hombro. Manitas se volvió y vio a Afonso con la alarma estampada en los ojos.

– ¿Sabes usar la Vickers? -le preguntó el oficial.

– Más o menos, mi capitán.

– Entonces, ve. Sergio te ayudará con las cintas de municiones.

Vicente corrió agachado hasta el escondrijo de la ametralladora y vio a los dos hombres que la manejaban tumbados en el suelo. Uno yacía inerte, el otro se movía y un tercer compañero lo miraba. En una mirada de soslayo, se dio cuenta de que los habían alcanzado balas, supuestamente de ametralladora. Observó por la aspillera, la brecha abierta entre los sacos de tierra, y buscó el arma enemiga que había disparado contra los hombres de la Vickers. A la izquierda, apoyada en el tronco de un árbol, había una Maxim, que probablemente habían colocado los alemanes sin que el equipo de la Vickers se diese cuenta. Manitas agarró las asas de la ametralladora pesada, apuntó a la Maxim, esperó que Sergio se reuniese con él para reabastecerlo de municiones y, ya en su puesto, apretó el gatillo. Se alzaron junto al tronco sucesivos penachos de tierra y polvo. La Maxim respondió, Vicente insistió, lanzó ráfaga tras ráfaga y la ametralladora enemiga dejó de responder. Cuando se asentó el polvo, pudo ver la Maxim caída, claramente alcanzada por los disparos.

– ¡Los hemos cogido! -se felicitó Vicente, que le sonrió a Sergio.

El ayudante devolvió la sonrisa.

– Bien, Manitas.

Vicente vio varias decenas de hombres corriendo cerca del sitio donde se encontraba la Maxim y volvió a apretar el gatillo; nuevas ráfagas alcanzaron a algunos alemanes más. De repente, la ametralladora portuguesa comenzó a disparar en seco. Vicente se quedó sorprendido, observó y vio que se había agotado la cinta de balas.

– Mete más municiones -le pidió a Sergio-. ¡Deprisa, deprisa!

El ayudante cogió una nueva cinta y se acercó al tambor de la Vickers para encajarla en la ametralladora. Al tocar el arma, sin embargo, gritó de dolor.

– ¡Caramba, esta mierda está hirviendo! -exclamó sacudiendo la mano.

Vicente experimentó la temperatura del metal con un leve toque de los dedos y comprobó que la ametralladora estaba, en efecto, muy caliente.

– Agua -pidió, mirando frenéticamente a su alrededor-. ¿Dónde hay agua?

No encontraron agua para enfriar el tambor, y Sergio fue a hablar con Afonso para ver si conseguía un poco. El capitán dio un salto al escondrijo de la ametralladora y, después de comparar igualmente la temperatura de la Vickers, miró a Vicente.

– La poca agua que tenemos tiene que ser racionada y únicamente debe usarse para dar de beber a los hombres -dijo.

– Pero, mi capitán, ¿cómo enfriamos la ametralladora? Está muy caliente y, de seguir así, se derretirá el cañón.

Afonso lo miró a los ojos.

– Oye, ¿no tienes ganas de mear?

El rostro de Vicente se congeló en una expresión interrogativa, pero al cabo de dos segundos se iluminó con una sonrisa, había comprendido. Manitas fue a buscar un recipiente, retiró la Vickers de la aspillera abierta entre los sacos de tierra, colocó el recipiente por debajo de la parte delantera del tubo, desenroscó la tapa y del interior del tubo comenzó a chorrear agua hirviendo en el recipiente. Cuando el agua dejó de caer, colocó de nuevo la tapa mientras Afonso desenroscaba otra tapa, ésta situada en la parte superior del tubo, justo después de la mirilla del arma. Los dos hombres, a quienes se agregó Sergio, se incorporaron, manteniendo el tronco inclinado para no exponerse al fuego enemigo, se abrieron la bragueta e hicieron puntería en la abertura situada en el extremo del tubo. Cuando la orina tocó el hierro caliente se produjo de inmediato el de enfriamiento; parte del líquido se evaporó, la otra parte se acumuló en el tubo cilíndrico. Cada uno vació la vejiga en el interior del tubo. Afonso fue a llamar a más hombres para que orinasen en la Vickers. Cuando el tubo estuvo lleno, Sergio enroscó la tapa y Vicente probó con los dedos la temperatura del metal.

– Sigue caliente, pero ya está mucho mejor -dijo-.Aguanta unos cinco minutos más, diez a lo sumo.

– Cuando vuelva a hervir, vacías de nuevo el tubo y le metes el agua del recipiente -lo instruyó Afonso, que consultó el reloj: eran las diez de la mañana.

– Sí -asintió Vicente-. Con el frío que hace aquí, a esa altura el agua ya se habrá enfriado.

Afonso observó por la aspillera las posiciones enemigas.

– De cualquier modo, intenta ahorrar municiones, ¿eh? No te olvides.

El capitán se retiró, dejando a Vicente y Sergio manipulando la Vickers. Manitas volvió a colocar la ametralladora en la aspillera, vio a más alemanes corriendo al fondo, lanzó una ráfaga e inmediatamente otra. Algunos alemanes cayeron, los demás buscaron refugio. Vicente giró la Vickers hacia la izquierda y hacia la derecha, buscando nuevos blancos. De reojo alcanzó a distinguir un objeto metálico que caía a su lado, parecía una botella. Sergio se levantó de repente, como impelido por un muelle.

– ¡Granada! -gritó.

El espacio que albergaba la Vickers estalló.

Los sonidos de la guerra retumbaban intensos alrededor de Senechal Farm. Eran ya las once de la mañana, y el mayor Mascarenhas se mostraba sorprendido por la persistencia de la neblina. Comenzó a sospechar que todo aquel humo no provenía de una mera niebla matinal, sino que también era fruto del empleo de granadas de humo destinadas a ocultar el movimiento de la infantería atacante. Se acercó los prismáticos a los ojos e inspeccionó la neblina. A la izquierda sólo se veía vapor blanco y enfrente también. Giró los prismáticos hacia la derecha y, por entre las nubes bajas, observó bultos que se deslizaban por el terreno. Bajó los prismáticos y miró sin el auxilio de las lentes aquel sector. Había allí, en efecto, algunos puntos minúsculos que se movían. Supuso que se trataría de una de las compañías que había enviado para establecer contacto con el enemigo, aunque no podía asegurarse de ello. Miró de nuevo por los prismáticos, pero la imagen temblaba en exceso, debido a los ligeros movimientos de sus manos, tremendamente amplificados por las lentes. Para estabilizar los prismáticos, los apoyó sobre una piedra, se acuclilló detrás de ella e insistió en seguir observando. La imagen se presentaba ahora mucho mejor. Mascarenhas distinguió con claridad el contorno de los cascos. Eran alemanes.