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– ¡Gas! -gritó una voz dando la voz de alerta.

Se colocaron las máscaras deprisa, los dientes apretaron la boquilla, una pinza metálica bloqueó la nariz para imponer la respiración por la boca, las cintas elásticas ajustaron la tela de la máscara al rostro. Se quedaron así veinte minutos, con una gran molestia, les faltaba el aire, la respiración se hacía pesada y ruidosa. Cuando se quitaron las máscaras, primero un hombre, después los demás, el aire recuperó la circulación normal, la nariz sólo sintió el eterno olor a pólvora al que se habían habituado en zona de guerra.

El hambre, entretanto, empezó a apretar. A pesar de que el edificio seguía siendo atacado por la artillería enemiga, crujiendo terriblemente a cada impacto de granada, Mascarenhas decidió ordenar que saliera una patrulla para evaluar la situación y, entonces, buscar alimentos.

– ¿Voluntarios? -preguntó.

Se ofrecieron cinco hombres. El mayor determinó que comandaría el raid el militar de más alta graduación, el cabo Macedo. Abrieron la puerta y la patrulla se deslizó por la oscuridad con la misión de ir a registrar una casa próxima. El edificio estaba situado en la línea de tiro de las aspilleras del blockhaus, por lo que los alemanes no se habían aún atrevido a ocuparlo o incluso a inspeccionarlo. A las siete de la mañana, el bombardeo contra el reducto de Lacouture se suspendió y regresó la patrulla, que se anticipó al amanecer. Los hombres trajeron comida y la ofrecieron a los oficiales: era pan y queso.

Los prisioneros se levantaron al alba y formaron en el patio de los barracones tiritando de frío. Un oficial alemán dividió a los portugueses en dos grupos, de un lado los oficiales, del otro los soldados. La mayoría, con aspecto miserable, parecían vagabundos y pordioseros. Afonso y Matías se vieron así separados, hermanos de armas divididos por la jerarquía y por el destino. Se buscaron con los ojos, se despidieron con una seña a la distancia, en silencio se desearon mutuamente buena suerte y siguieron caminos diferentes.

La columna del capitán marchó hasta Fournes, los arcenes de la carretera estaban plagados de civiles franceses que miraban, callados, taciturnos, a los prisioneros de guerra. Algunos hacían señas con panes o se acercaban con escudillas de caldo, pero enseguida unos lanceros a caballo, que formaban la escolta de la columna, intervenían, interponiéndose entre los civiles y los prisioneros, impidiendo el contacto, ahuyentando a la multitud.

Al final de la mañana, la columna entró en Lille por la Porte de Béthune, al sur de la gran ciudad, y se internó por la Rué d'Isly, la cual, más adelante, después de la Place de Tourcoing, se transformaba en el Boulevard Vauban. Unos soldados alemanes montaron cordones de seguridad en todo lo ancho de la avenida, impidiendo también que los civiles entrasen en contacto con los prisioneros. Los habitantes del pueblo llenaban las aceras, mirando con tristeza a los soldados capturados. Algunos arrojaban panes o chorizos a la columna, otros lloraban amargamente, con la mano en la boca, lloraban con tal emoción que Afonso se sintió conmovido y lloró también. En algunos puntos, el cordón de los soldados estaba roto, supuestamente por falta de efectivos, y algunos civiles arriesgaban algunas palabras, lanzadas con cariño, arrojadas como flores.

– T'es anglais? -preguntó una mujer joven, mirando a Afonso con intensidad.

– Non -dijo el capitán, meneando la cabeza sin dejar de caminar-. Je suis portugais.

La mujer vaciló, sorprendida. No sabía que había portugueses combatiendo por Francia. Era joven, pero su rostro parecía prematuramente envejecido, no era fácil la vida bajo la ocupación enemiga. Viendo desfilar a los soldados vencidos frente a ella, lamentando su derrota pero deseando confortarlos, se iluminó con una sonrisa triste. Casi corriendo por la acera, en un conmovedor esfuerzo por acompañar la marcha de los prisioneros, la francesa lanzó besos al aire en dirección a Afonso.

– Merci, le Portugal.

Cuando los prisioneros cruzaron la Rué Colbert, los civiles que llenaban las aceras empezaron a cantar. La Marseillaise estaba prohibida por las autoridades ocupantes, pero los franceses tenían otras opciones para animar a los prisioneros y desafiar a sus carceleros. Las voces se elevaron a coro, desafinadas, desafiantes, con las miradas fijas en los hombres derrotados que marchaban miserablemente por el suelo adoquinado del Boulevard Vauban:

Ou t'en vas-tu, soldat de Frunce,

tout équipé, prét au combat?

Ou t'en vas-tu, petit soldat?

C'est comme il plaît à la Patrie,

je n'ai qu'à suivre les tambours.

Gloire au drapeau, gloire au drapeau.

J'aimerais bien revoir la France,

mais bravement mourir est beau.

A Afonso la letra le pareció inadecuada, era una canción para militares franceses que partían a la guerra, no para soldados portugueses que venían de ella en cautiverio. No obstante, el capitán entendió la intención, sintió el calor humano que brotaba de aquellas voces, el orgullo que vibraba en el coro, la multitud agradecida, rindiendo homenaje a los extranjeros que combatieron por ella. El oficial portugués dejó de caminar encorvado, con los ojos fijos en el suelo, arrastrándose por el empedrado, abatido y cabizbajo, no era ésa la postura que esperaban de él aquellos franceses. Alzó la cabeza, enderezó el tronco, atravesó la verdeante Esplanade y entró con altivez por la majestuosa Porte Royale, cruzando los muros fortificados de la Citadelle.

El tiroteo se reanudó a las ocho de la mañana, pero esta vez los sitiados pudieron responder al fuego enemigo. Ya había salido el sol, iluminando los campos calcinados de Lacouture y las posiciones donde los alemanes abrían fuego sin cesar. Las municiones se acabaron. Mascarenhas fue al refugio donde se albergaba el comandante del batallón británico y pidió más cartuchos.

– Take it -dijo el mayor inglés, señalando unas cajas de municiones-. Les derniers, compris? Les derniers.

Mascarenhas contó los cartuchos, eran dos mil. Los últimos. Las municiones se distribuyeron entre los hombres que guarnecían las aspilleras, con la recomendación de ser prudentes en el uso del gatillo y de sólo disparar a blancos seguros. El mayor observó los terrenos circundantes y comprobó que había alemanes por todas partes, el blockhaus se encontraba totalmente cercado. A las once de la mañana, se agotaron las municiones, cada fusil quedó convertido en una bayoneta y reducido a dos o tres balas, guardadas para usarlas en caso de extrema necesidad.

Un hombre se acercó entonces con una bandera blanca en la mano izquierda. Mascarenhas lo observó con los prismáticos. El individuo llevaba un uniforme kakhi, era un soldado británico. Se abrieron las puertas del blockhaus para dar paso al hombre. Se trataba de un camillero inglés aprisionado por los alemanes que venía con un mensaje del enemigo. Entregó el mensaje al mayor inglés, que se reunió a puertas cerradas con los comandantes de la Infantería 13 y de la Infantería 15. La reunión terminó media hora más tarde, y el comandante del 13 llamó a los hombres y anunció que el comando del reducto había decidido que se rendirían. Ya no había municiones y el enemigo, dándose cuenta de que el fuego del blockhaus estaba casi interrumpido, amenazaba con hacer volar todo por los aires. El camillero salió con la respuesta de los sitiados y volvió más tarde con las instrucciones de los alemanes.