Perdóneme estas divagaciones de viejo, pero tienen un propósito. Le cuento todos estos detalles sobre nuestra vida por si usted logra encontrarse primero con mi hija. Le aseguro, no obstante, estimado capitán, que, en el caso de que sea yo el primero en verla, le mostraré sin duda la misiva que tuvo la amabilidad de enviarme, y puede estar seguro de que bendeciré el matrimonio que han decidido, consciente de que usted la honrará y hará de ella una mujer feliz.
Que Dios lo bendiga.
Paul Chevallier
Días después, los guardias alemanes ordenaron formar filas a los prisioneros para su traslado a Alemania. Afonso y sus compañeros salieron de la Citadelle y atravesaron una gran avenida, con el irónico nombre de Boulevard de la Liberté, hasta llegar a la estación de mercancías, al otro lado de la ciudad.
El viaje en tren duró cuatro días y culminó en Rastatt, una pequeña población en la linde de la Selva Negra, en Baviera, donde encerraron a los prisioneros, famélicos y doloridos, en un Russen Lager, o campo ruso. El campo tenía treinta hectáreas y estaba dividido en bloques, cada uno aislado por dos redes de alambre de espinos. El campo estaba en un principio destinado a prisioneros rusos, pero, con la salida de Rusia de la guerra el año anterior, comenzó a internar a franceses, británicos y portugueses.
Comenzó allí el calvario de la vida de recluso. Afonso y otros oficiales fueron sometidos a una dura dieta de remolacha, zanahoria, patatas y harina, a veces con trozos de carne o migas de bacalao. Los militares portugueses pasaban las comidas protestando contra la calidad de la alimentación, mientras que los oficiales británicos se mantenían a la mesa compuestos y serenos.
Al cabo de pocos días, Afonso fue trasladado a la fortaleza de Friedrichfest, también en Rastatt, y regresó más tarde al Russen Lager. Unas semanas después, los alemanes lo llevaron a Karlsruhe y lo encerraron en un Kriegs offizier gefangenenlager, un confortable campo de oficiales prisioneros situado en un acogedor parque de la ciudad, donde los portugueses se entretenían admirando a las atrevidas fräulein que se contoneaban deliberadamente frente a los reclusos extranjeros. Hubo también uno, el teniente Ribeiro, que trabó amistad con una alemana muy rubia, la Bochona, como la llamaban, que no era esbelta pero parecía una valiente valquiria y le cayó en gracia, así que el amorío se convirtió en tema de conversación entre los reclusos: ¡menudo era Ribeiro! No duró mucho la permanencia en esa cárcel paradisiaca, porque el capitán recibió nueva orden de traslado, esta vez para un miserable campo en Hannover, donde encontró al comandante de su batallón, el mayor Montalvão, también capturado en la gran batalla.
Durante todo el tiempo en que anduvo yendo de campo de prisioneros en campo de prisioneros, Afonso intentó buscar la manera de mantener contactos con el exterior. Le escribió a su familia a través de la Cruz Roja, pero tuvo gran dificultad en localizar a Agnès, porque no había memorizado el domicilio del anexo de Béthune. Optó por dirigir las cartas al hospital Mixto de Medicina y Cirugía, sin obtener respuesta alguna. El silencio de la francesa lo dejó perturbado y era permanente tema de preocupación. El capitán mudaba diariamente de estado de ánimo, sumiéndose en una quieta melancolía o consumiéndose en una agitada inquietud, humores que alternaba con agotadora frecuencia. Los abatimientos melancólicos estaban dominados por recuerdos en detalle de todos los instantes que había pasado con ella y por emocionantes fantasías sobre el reencuentro, pero los momentos de inquietud se revelaban peores, se preguntaba entonces sobre el embarazo y su evolución e indagaba de manera enfermiza sobre los motivos que había tras el silencio a sus insistentes cartas. ¿Podría haberse extraviado la correspondencia? ¿Habría abandonado Agnès el hospital? ¿Acaso ya lo había olvidado? Resurgía agotado de esos instantes de mayor angustia, compensándolos con otros momentos en los que alimentaba la certidumbre de que todo iba bien, intentaba consolarse, tranquilizarse, se convencía de que, a fin de cuentas, los sucesivos traslados de campos de prisioneros dificultaban las cosas a la Cruz Roja, impedían que llegasen a sus manos las ansiadas cartas de respuesta.
En compañía de Montalvão, Afonso se mudó meses más tarde al campo de Breensen, en Mecklemburg, el último destino de los permanentes tránsitos por el interior de Alemania. Pasó allí el mes de octubre con una monótona existencia, sólo animada por una divertida representación de una pieza de teatro, puesta en escena, en tres actos, por el teniente coronel Malheiro, con el título El amor en la base del CEP. La acción transcurría en las playas de Tréport y Paris-Plage, en Francia, hecho que al capitán le pareció significativo. En realidad, la elección de esos lugares de veraneo para el lugar de la acción era muy representativa de la forma en que algunos oficiales encaraban sus deberes en la guerra, aquélla era realmente una historia de carboneros y palmípedos, oficiales de la retaguardia habituados al ocio y a la vida au grand air en la placentera costa francesa. Afonso conocía a algunos que hasta se jactaban de que les pagasen para ir a disfrutar de la playa, beneficiándose de un absurdo sistema de subvenciones que premiaba la negligencia. Mientras que un capitán que arriesgaba la vida en las trincheras se limitaba a ganar la subvención de campaña, aquellos que iban a pasear por los grandes centros de veraneo se beneficiaban de un subsidio extra de veinte francos diarios para pagar casa y comida, además de recibir una buena calderilla para el combustible.
Aunque la pieza le volvió a traer a la memoria algunos de los aspectos más grotescos y lamentables de la organización del CEP, la verdad es que la representación teatral tuvo la virtud de, aunque más no fuera por un breve instante, permitirle evadirse de sus preocupaciones obsesivas. Aquél fue, indudablemente, un acontecimiento en el campo de prisioneros, por añadidura muy divertido, sobre todo porque los distintos personajes femeninos eran interpretados, como no podía ser de otra manera, por oficiales. Fue de reírse hasta las lágrimas ver al capitán Grilo, con su enorme bigote y los brazos gordos y peludos, personificar a una joven actriz parisiense, supuestamente esbelta y deslumbrante, y hacer arrebatadas declaraciones de amor al esmirriado teniente Santos. Sólo faltó que los dos oficiales se besaran para que el excitado público echase abajo el barracón.
La representación sólo fue para Afonso, sin embargo, una fugaz distracción, siempre con la mente concentrada en el embarazo de Agnès. Por lo cálculos que habían hecho los médicos, el parto debería de producirse por aquella fecha; el capitán se desesperaba por no poder estar presente. Había momentos en que lo sofocaba la ansiedad, le apetecía huir, dejar atrás el portón, corriendo, saltar las vallas, tenía sed de libertad y hambre de amor, le faltaba el aire en aquella prisión, quería salir de allí a toda costa, no había forma de que terminase la guerra.
Este estado de ánimo sólo se alteró una mañana gris de noviembre. Afonso se despertó temprano, como todos los prisioneros, se vistió y salió del barracón, enfrentando el frío cortante y agreste del amanecer para dirigirse a las letrinas. Cuando pasaba cerca del portón reparó en que todos los guardias alemanes del campo de Breensen sostenían periódicos, con la expresión circunspecta, sombría, intercambiando comentarios con murmullos sigilosos. Ya en la víspera notó que el ambiente era extraño entre los carceleros, pero no le otorgó gran importancia a ese hecho. Ahora, sin embargo, el comportamiento de los guardias se había vuelto más pesado y parecía tener los periódicos como epicentro. Lleno de curiosidad, Afonso se acercó al grupo, formado por cuatro soldados.
– Hallo -dijo con un suspiro-. Wie geht's?