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– ¿Carta de dónde, hijo?

– Yo qué sé. De Francia, por ejemplo.

– ¿De Francia?

Doña Mariana se mostraba genuinamente sorprendida. Afonso, acuciado por la impaciencia y doblegado por la ansiedad, no resistió y fue derecho al grano.

– ¿Sabe, madre?, estoy esperando una carta de una señora francesa.

Hubo una risotada general, para gran embarazo de Afonso, inmediatamente arrepentido por haber planteado la cuestión delante de todos. La madre sonrió y le guiñó un ojo.

– Así que mi niño con amiguitas francesas, ¿eh?

Afonso se sonrojó.

– Oh, madre, no es nada de lo que usted está pensando…

– ¡ Ah, gran Afonso! -bramó Manuel desde el otro lado de la mesa-. ¡Ya me parecía que ibas a honrar el nombre de los machos de la familia, carajo! ¡Eso es ser hombre! Seguro que todas las francesas han ido a comer de tu mano, ¿eh? ¡Qué buena vida debes de haber pasado en Francia!

– ¡Cállate, Manel! -ordenó su mujer, la áspera Aurinda-. Basta ya de bromas, deja al muchacho en paz.

Pero fue Mariana quien no lo dejó.

– ¿Y Carolina entonces? ¿Ya no quieres saber nada de ella?

– Pero ¿qué tengo yo que ver con Carolina, madre? Ella está casada y espero que sea muy feliz.

– No está casada. Está viuda.

– ¿Viuda? ¿Qué le ocurrió a su marido?

– Pilló el tifus. Hubo una epidemia tremenda el año pasado, en marzo, y el señor ingeniero estiró la pata.

– Pobre.

– ¡Pobre, no! No haberse metido con Carolina, que era tuya. ¡Oye, y tal vez hasta está mejor ahora! -Lo miró con picardía-. Así como así, ahora está sin hombre.

– ¡Vete a por ella! -gritó Manuel, con unas gotas de tinto escurriéndosele del bigote.

– Cállate, Manel -insistió Aurinda.

La paciencia de Afonso había llegado al límite.

– Basta, parad con eso -exclamó con voz irritada-. ¡Dejadme en paz!

– Vale, vale, no te pongas nervioso.

Afonso respiró hondo. Había planteado la cuestión y ahora llegaría hasta el fin.

– Madre, dígame: ¿ha recibido o no ha recibido nada para mí?

– ¿De Francia? -Sí.

Mariana esbozó una mueca con la boca mientras hurgaba en su memoria.

– No…, no… Ah, espera…, me acuerdo de que apareció Inácio…

– ¿ Inácio?

– Sí, el cartero. Ahora que hablas de eso me acuerdo de que llegó con una carta para ti. Como no teníamos noticias tuyas, le pedí a tu hermano que leyese la carta -dijo, señalando a Joaquim.

Afonso interrogó a su hermano con los ojos, pero éste se encogió de hombros.

– Oye, Afonso, yo abrí la carta, pero no entendí un pimiento de lo que ahí venía escrito, era una lengua extranjera.

– ¿Francés?

– Yo qué sé. Hasta podía ser chino. No se entendía nada, eran unos garabatos horrorosos.

– ¿Y qué hicisteis con la carta?

– Mira, hijo -intervino doña Mariana-, como no entendíamos nada de aquel galimatías, fui a llevarle la carta a doña Isilda, que es muy culta y sabe cosas complicadas. La leyó y me dijo que me quedase tranquila, que no era nada importante.

– ¿Doña Isilda leyó la carta?

– Sí, Afonso, la leyó y…

Afonso se levantó de la mesa, interrumpiéndola.

– Disculpe, madre, pero es urgente que yo sepa qué decía esa carta. ¿Cuándo la recibió?

– Yo qué sé…, fue antes de Navidad, justo antes.

– ¿En diciembre?

– Sí, hijo.

Afonso se puso una chaqueta y se dirigió deprisa hasta la puerta.

– Pero, hijo, acaba de cenar. ¿Adónde vas, válgame Dios?

– Voy a ver a doña Isilda -dijo, y se despidió-. Enseguida vuelvo.

El capitán se fue a pie desde Carrachana hasta el centro de Rio Maior. La Casa Pereira estaba cerrada, ya era de noche, pero Afonso sabía que la propietaria vivía en el piso de arriba y golpeó la puerta. Oyó pasos y la puerta se abrió. Carolina lo miraba sorprendida, incluso estupefacta.

– Hola, Carolina, ¿cómo estás?

Estaba más madura, con el pelo desordenado, aunque seguía siendo atractiva. Nunca había sido una belleza, pero no hay duda de que era capaz de despertar la atención de los hombres.

– ¡Afonso…, qué sorpresa! ¿Qué estás haciendo aquí?

– He venido a hablar con tu madre. ¿ Está?

Los ojos de Carolina revelaron cierta decepción, contenida a duras penas, porque Afonso hubiese ido en busca de su madre y no de ella.

– Sí, sí, entra -dijo, abriendo totalmente la puerta-. Disculpa que te reciba así, con estas pintas, pero sinceramente no te esperaba.

Subieron las escaleras y Carolina lo llevó ante la presencia de su madre. Doña Isilda le pareció mucho más vieja, acabada, con su cuerpo menudo envuelto en una manta junto a la chimenea. Le brillaron los ojos cuando vio a su antiguo protegido entrar en la sala, garboso con aquel uniforme azul de militar.

– ¡Mira quién ha llegado! -exclamó-. Nuestro héroe.

Afonso le besó la mano.

– ¿Cómo está, doña Isilda?

– Mejor -sonrió ella-. Mejor ahora que te veo. Estás hecho un hombre, muchacho, un hombre.

– Y usted sigue saludable…

– No digas disparates, Afonso. La edad no perdona.

– ¿Cómo anda su hermano?

– Bien, anda bien. Fue trasladado a Chaves, fíjate, pero se encuentra bien. Y pregunta muchas veces por ti, ¡vaya si pregunta!

– Transmítale mis saludos, doña Isilda. Dígale que lo echo de menos.

– Así lo haré. Se pondrá contento cuando sepa que has vuelto de la guerra. Qué cosa terrible la guerra, ¿no? Terrible.

Afonso suspiró.

– Sí, es algo inimaginable. -Hizo una pausa-. A propósito, he hecho muchas amistades en Francia, y mi madre me dijo que había recibido una carta para mí escrita en una lengua que ella no identificó, supongo que será francés, y que se la trajo para que usted se la leyese. ¿Tiene esa carta?

Doña Isilda se agitó en la silla, incómoda. Su rostro se ensombreció y miró de soslayo a Carolina, que seguía la conversación de pie.

– Carolina, hija mía, ve a preparar una infusión para tu madre y para Afonso, ¿sí?

Carolina bajó la cabeza en señal de asentimiento y se fue a la cocina. En cuanto su hija abandonó la sala, doña Isilda le hizo una seña a Afonso para que se sentase y le cogió la mano.

– Hijo mío, tienes que ser fuerte -dijo simplemente.

Afonso la miró con horror, con un pavoroso presentimiento que le oprimía el alma.

– ¿Qué ocurrió, doña Isilda?

– Yo quemé esa carta.

– ¿Que quemó la carta? Pero ¿por qué motivo?

– Quemé la carta porque era terrible, Afonso, terrible.

El capitán sintió que el corazón le daba un vuelco.

– ¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué decía la carta?

La vieja bajó los ojos y suspiró.

– No me acuerdo de los detalles, sólo de lo esencial. La carta venía de Lille y estaba firmada por un señor.

– ¿Un hombre?

– Sí, un hombre.

Sólo podía ser Paul Chevallier, pensó Afonso.

– ¿Y qué decía?

Doña Isilda le apretó la mano aún con más fuerza.

– Decía que su hija había muerto.

Afonso abrió la boca, horrorizado. No quería creer en lo que estaba oyendo.

– ¿Qué…, qué hija? -balbució.

– Me acuerdo de que se llamaba Agnès -dijo doña Isilda-. Ella murió. Ella y… la niña. ¿Entiendes? La niña. Contrajeron la gripe española y murieron en Lille.

Afonso se quedó un largo rato paralizado, boquiabierto, en estado de choque. Intentó hablar, pero no consiguió decir nada. Se acordó de la última imagen que guardaba de Agnès, la francesa en el portón del hospital, sonriente, con sus ojos enamorados, despidiéndose de él con expresión feliz, alegre por la noticia de que Afonso pronto abandonaría las trincheras. El capitán se levantó con brusquedad y se arrastró por la sala, sintió que perdía el equilibrio, oyó vagas voces a su alrededor, eran doña Isilda y Carolina hablando, pero no las entendió, se tambaleó por las escaleras tropezando varias veces con el pasamanos, se sintió hundido en una pesadilla, caminó como un sonámbulo y, cuando finalmente salió a la calle, la noche se puso turbia de lágrimas y lloró, lloró como nunca había llorado desde su infancia, lloró con abandono, con desesperación, lloró perdidamente, y su voz lanzaba terribles gemidos, sumido en un sufrimiento atroz. Se sintió perdido, repudiado por la suerte, hostigado por el destino. Se descubrió horriblemente solo.