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Afonso se fue abriendo lentamente. De oyente pasivo se convirtió en narrador activo, al principio titubeante, era difícil transformar los sentimientos en palabras, el dolor era inefable, inexpresable. Pero, con el tiempo, el capitán se volvió más locuaz, más articulado su discurso, resurgió poco a poco del abismo en el que estaba sumido. Sentado en la cama o asomado a la ventana, revivió dolorosamente el pasado, convirtió los sentimientos en palabras, le habló de Agnès, de su vida, de sus sueños, de sus proyectos compartidos, del amor que no había vivido y del dolor que lo desgarraba. Lloró como un niño cuando comenzó a rozar la profunda herida que le rasgaba el corazón, hablaba entre sollozos y con esfuerzo, temiendo aquel sufrimiento pero enfrentándolo para resolverlo; lo afrontó con tal determinación que hasta parecía un acto de autoflagelación, daba pena verlo sufrir de aquella manera.

Una tarde, después del almuerzo, el padre Álvaro entró en la habitación de Afonso. Carolina salió para dejarlos a solas. El sacerdote se sentó al borde de la cama en la que Afonso estaba acostado y se asustó ante el aspecto de su antiguo discípulo, con el pelo despeinado y revuelto que le daba cierta apariencia de enfermo, de loco. El capitán, a su vez, miró al religioso que lo llevó, siendo adolescente, a Braga: lo halló viejo, con la piel surcada de arrugas y el cuerpo flaco cada vez más encorvado, casi como si le estuviese creciendo una joroba, los pelos canosos que se desordenaban rebeldes en la cabeza y en la barba.

– ¿Qué ocurre, hijo? -preguntó el padre Álvaro con una voz tierna-. ¿Qué te ocurre?

Afonso se quedó callado. Lo examinó con la mirada y después se fijó en el infinito, en un punto perdido más allá de la ventana. Sólo habló al cabo de unos tres minutos.

– ¿Por qué? -le preguntó por fin el capitán.

El cura lo observó sorprendido.

– ¿ Cómo?

– ¿Por qué?

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? ¿Por qué me ha ocurrido esto? -Afonso lo miró-. He pasado la guerra pensando que moriría, que tal vez no llegaría a salvarme. Y, cuando veo que me he salvado, cuando pienso que todo ha acabado, que la guerra ha terminado y que podré finalmente vivir, justamente en ese momento me entero de que ella ha muerto. ¿Qué sentido tiene que las cosas se hayan dado así? ¿Para qué ha servido esa muerte? ¿Por qué ha ocurrido? ¿Por qué?

– Ha sido la voluntad de Dios, hijo mío.

Afonso endureció la mirada y volvió a fijarse en el infinito más allá de la ventana.

– Dios no existe -sentenció finalmente.

El padre Álvaro se incorporó, incómodo por la blasfemia, miró a su alrededor, como si estuviese asegurándose de que el Señor no estaba en la habitación y no había oído semejante herejía, y miró a su protegido.

– Vamos, hijo, ¿qué dices? Escucha, escúchame, es necesario creer en El, en su bondad. -Extendió el dedo, indicando que aquélla era una advertencia, y levantó la voz hasta una altura que consideraba suficiente para que el Señor lo escuchase-. Y es necesario también temer a Dios.

– ¡Qué disparate! -repuso Afonso, con los ojos clavados en el sacerdote, fijando allí su rebelión interior-. ¿Dios es bondadoso o Dios es temible? ¿Eh? ¿En qué quedamos? ¿Qué contradicción es ésa? O es bondadoso o es temible. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

El padre Álvaro lo contempló con serenidad.

– Dios es bondadoso, tenemos que tener fe, pero también tenemos que temerlo.

Afonso suspiró, impaciente.

– ¿Sabe, padre Álvaro?, yo he visto muchas cosas estos últimos dos años. Cosas de las que no quiero hablar, cosas de las que ni siquiera consigo hablar. Incluso ya me he olvidado de algunas de ellas, fíjese. Al ver todo eso, y después de mucha reflexión, sólo puedo concluir que nos engañamos cuando hablamos de Dios.

– Pero ¿qué cosas dices, hijo mío, por Dios?

– Es toda una sarta de disparates -exclamó, y levantó la mano izquierda, con la palma vuelta hacia arriba-. Mire, dice la Iglesia que es necesario creer en Dios, es necesario tener fe, es necesario rezar. Y yo me pregunto para qué. ¿O sea que los que no creen en Él se van al Infierno sólo por no creer en Él? ¿Quiere decir que si yo fuese un canalla y rezase todos los días como un beato, y otro fuese un hombre de bien, íntegro y honesto, pero no tuviera fe ni rezase, yo me iría al Cielo y él al Infierno? ¿Yo que soy un canalla y él que es íntegro? Pero ¿qué sentido tiene eso? ¿ Qué Dios es éste, tan egoísta que exige que lo idolatren, que impone la adoración por encima de la bondad?

El sacerdote reviró los ojos, rezando una plegaria silenciosa para que el Señor estuviese distraído y no escuchase aquel desborde de palabras pecaminosas.

– Dios es el Creador, tenemos que respetarlo, amarlo, temerlo.

– Mire, si quiere, incluso estoy dispuesto a aceptar su existencia -asintió Afonso-. Pero le aseguro que, si Dios existe, no es ciertamente el Dios del que habla la Iglesia. Dios no es bueno ni malo, Dios es inexpresable, está más allá de las palabras, de los conceptos, de la moral. Es simplemente el Creador, la fuente de las cosas, el origen de la muerte y la inspiración de la vida. A Dios le importa muy poco que mueran diez, cien o mil soldados, a Él no le intereso yo ni le interesa usted, ni Agnès ni nadie, en definitiva. Para Dios, una piedra vale tanto como una golondrina, como una persona, como usted o como yo, todo lo que existe son creaciones suyas, todo tiene el mismo valor. -Afonso carraspeó, pensativo-. Mire, ¿sabe cuál es la gran cuestión, la cuestión que responde a todo?

– ¿Cuál?

– La gran cuestión es la vieja duda de saber por qué razón El nos ha creado, por qué razón nos inflige tanto sufrimiento y con qué propósito. Esa es la gran cuestión, el gran misterio. -Se mordió los labios-. Creo que la clave de ese misterio radica en el problema de determinar si el futuro está abierto o está cerrado. Es decir, si las cosas están o no previamente determinadas, si somos realmente libres y dueños de nuestro futuro o si sólo tenemos la ilusión de la libertad y no somos más que esclavos del destino, meros personajes en el teatro divino. -Afonso se examinó las uñas, las contempló sin verlas verdaderamente, sus ojos se internaban en el misterio que lo abrumaba-. ¿Estaría la muerte de Agnès previamente determinada? Creo que la respuesta a este problema nos permite entender cuál es el designio de la creación. -Su mirada se perdió de nuevo en la ventana-. La dificultad, naturalmente, está en que no sé cómo responder a esa pregunta que tanto me atormenta. ¿Estaba la muerte de Agnès determinada de antemano? -Suspiró una vez más-. Bien, si su muerte estaba escrita desde el principio de los tiempos, eso significa que Dios es todo, El lo controla todo y todo lo decide, nosotros somos una ínfima parte de su ser. Así como una célula desconoce que forma parte del cuerpo, nosotros desconocemos que formamos parte de Dios. El cuerpo está constituido por millones de células, cada una es una entidad viva que tiene una individualidad y que no sabe que forma parte de un todo muy complejo, el cuerpo. Pues nosotros, al igual que ocurre con las células, vivimos con la ilusión de que tenemos una individualidad y que una cosa somos nosotros y otra el mundo, el universo, Dios, cuando, al fin y al cabo, todo es la misma cosa, todo es una ínfima parte del todo, de Dios.

– ¿Y si el futuro no está previamente determinado?

– En ese caso, padre Álvaro, mucho me temo que Dios no existe. O, si existe, tiene muy poco poder.

– Escucha, hijo, ¿no será ése más bien el indicio de que Dios decidió concebir al hombre como un ser libre?

– No lo creo. Mire, no creo en esa idea de que el Todopoderoso haya alienado su poder de decidirlo todo. Si así fuese, no sería todopoderoso. Si existe realmente un Creador omnipotente, puede estar seguro de que El no creó el universo para dejar las cosas entregadas al azar. Si El es todopoderoso, lo ha decidido todo. En consecuencia, si el futuro no está ya determinado, ello se debe a que El tiene poderes limitados. Un dios con poderes limitados no es Dios. Con esa hipótesis, tal vez Dios realmente no existe.