– Ay, Jesús, ¿cómo puedes decir eso? -exclamó el padre Álvaro, que reviró otra vez los ojos hacia arriba, casi pidiéndole disculpas al Señor por la blasfemia de su antiguo pupilo, como si sintiese que aquel insulto a Dios también fuese de su responsabilidad-. ¡Virgen Santísima!
– Mire, le digo todo esto por una razón muy sencilla. Si el futuro no está previamente determinado, significa que yo tengo libre arbitrio y que Dios no me controla ni a mí ni al futuro. Ahora bien, si yo controlo mi destino, Dios, por consiguiente, no es todopoderoso. Las cosas no ocurren porque tienen que ocurrir, sino solamente como fruto del azar y de las diversas voluntades individuales, sin propósito último ni razón trascendente. En ese caso, probablemente, Dios no es más que un deseo, una creación humana destinada a otorgarle un sentido inexistente a la existencia.
– ¿Y tú, hijo? ¿Qué opinas?
Afonso se recostó en la cama y fijó los ojos en el techo. Había dos arañas pegadas a sus telas en un rincón de las paredes encaladas y oscurecidas por la humedad, y el capitán se quedó observándolas deambular entre los insectos inertes sujetos a sus redes. ¿Estarían aquellos movimientos de las arañas determinados desde el comienzo del tiempo? La cuestión, de veras, lo abrumaba.
– Quiero creer que el futuro está previamente determinado -dijo por fin-. Sólo eso da sentido a todo aquello por lo que he pasado y por lo que estoy pasando.
– ¿Creyendo en eso temes a Dios?
– Eso es un disparate, ya se lo he dicho. ¿De qué le sirve a Dios el miedo de los hombres? En realidad, el miedo a Dios es un concepto ridículo, dado que sugiere que el Creador es inseguro, tal vez hasta prepotente, mimado, mezquino y egoísta. Pero, si el futuro está previamente determinado, supuestamente por El, ¿de qué le sirve que los hombres lo amen o lo teman, si ha sido Él quien lo ha determinado todo al escribir la ópera cósmica que interpretamos en todo momento? -Afonso meneó la cabeza e hizo una mueca con la boca-. No, Dios no está para ser amado ni para ser temido. Dios es, simplemente es. Se mueve con un propósito misterioso, y creo que todos nosotros, hombres, animales, plantas, cosas, todos formamos parte de ese propósito, de ese proyecto. Nada ocurre por casualidad, todo tiene una causa y un efecto. Agnès murió, ése es un acontecimiento aparentemente insignificante en la escala del universo. Sin embargo, creo que esa muerte forma parte del universo, creo que el universo se ha vuelto diferente con la desaparición de Agnès y de cada uno de mis compañeros de armas. Su fallecimiento es un acto más de la grandiosa pieza de teatro previamente compuesta por el dramaturgo divino, aunque el propósito de la muerte nos parezca gratuito. Su verdadero sentido sigue siendo desconocido para nosotros.
– Los designios del Señor son insondables -sentenció el padre Álvaro.
Afonso lo miró con expresión meditativa.
– Esa es posiblemente la única gran verdad que la Iglesia enseña, padre Álvaro. Todo tiene un propósito, creo yo, pero ese propósito se nos escapa. -Bajó la cabeza-. La alternativa sería simplemente insoportable. La de que las cosas ocurren porque ocurren, sin sentido ni razón. Eso sería insoportable.
Afonso echó en falta al padre Nunes, pensó que tal vez su antiguo maestro sería capaz de comprenderlo realmente. Se calló. La tarde se prolongó, silenciosa y lánguida. El padre Álvaro se despidió al anochecer, se marchó intranquilo e inquieto, pero Carolina se quedó. Ese día y los días siguientes. Afonso se volcó hacia ella en busca del equilibrio, de la salvación. No tenía capacidad para seguir sus razonamientos, pero le ofrecía consuelo emocional. Carolina le daba la mano en los momentos más difíciles, llegaba incluso a abrazarlo cuando lo sentía desesperado, perdido, vacío. Le dio fuerzas y calor humano, lo ayudó a enfrentar los fantasmas del pasado, los recuerdos de Agnès, el dolor por la pérdida, los remordimientos y el sentimiento de culpa, la furia y la rebeldía por la partida que le había impuesto el destino, la desesperación por ser aquél un camino sin retorno. Frágil, Afonso se aferró a aquella boya, se refugió en aquel puerto seguro, soltó sus emociones y abrió su alma. El se le abrió tanto que, casi sin quererlo, mansamente, fue abriéndole también el corazón.
Carolina y Afonso se casaron en el verano de 1920, en una boda sencilla celebrada en la pequeña iglesia de Rio Maior. Ofició la misa el anciano padre Álvaro, tío de Carolina y protector de Afonso en Braga, un entusiasta maestro de ceremonias muy compenetrado con su papel, ya que insistía en otorgar a aquel casamiento una solemnidad y grandiosidad que lo volverían inolvidable.
Sin embargo, uno de los contrayentes apenas lo oía. De pie en el altar, frente al sacerdote que oficiaba la misa en latín, el capitán se pasó gran parte del tiempo abstraído de lo que ocurría a su alrededor, con la mente vagando por el pasado como un vagabundo perdido, buscando a Agnès, imaginándola a su lado, fingiendo que aquélla no era la pequeña iglesia de Rio Maior sino la gran catedral de Amiens: la ensoñación se hizo tan nítida que hasta creyó captar un acento francés en el latín del sacerdote. Durante algunos instantes, sin embargo, regresaba a la realidad e intuía vagamente la monstruosidad de su traición, percibía que entregaba su cuerpo incompleto a aquella mujer, le faltaba el alma y el corazón, ambos rehenes del amor de otra. Comprendía la falsedad de ese momento, la doblez de aquella situación, sus sentimientos se encontraban lejos de allí, se casaba con una y difícilmente pasaba una hora sin pensar en la otra. Se arrepentía y le apetecía huir, salir de la iglesia y correr, abandonar el altar y buscar refugio en el útero acogedor de la habitación de Carrachana. En un supremo esfuerzo por distraerse, la mente deprisa se sumergía en su sueño, en su fantasía, en el camino imaginario por donde avanzaba presa de un delirio febril, un sendero hecho de recuerdos y sensaciones, de remembranzas de tiempos felices y de deseos sin satisfacer.
En el momento de la verdad, cuando el padre Álvaro le formuló la pregunta sacramental, Afonso dijo que sí. A su lado estaba Carolina y, al oírlo decir «sí», supuso que se lo decía a ella, no sabía que se lo estaba diciendo a la otra que ya no podía estar allí, el fantasma que sería para siempre su sombra.
Se instalaron en una casa junto a la Praça do Comércio, en Rio Maior, por detrás de la vieja Casa Comercial de José Ferreira Lopes. Doña Isilda inició a Afonso en la gestión de la Casa Pereira. Lo llevó a las fábricas adonde iba a buscar la mercancía, se lo presentó a los abastecedores, le explicó las cuentas y le reveló las técnicas de venta. Le enseñó cómo exhibir los productos, cómo recibir a los clientes, cómo evaluar a los empleados, cómo decidir cuándo se debe o no se debe conceder crédito a un cliente, cuánto crédito y durante cuánto tiempo.
– Un comerciante no tiene corazón -le repitió ella-. La prioridad es defender el negocio, eso es lo que cuenta. Las decisiones no las dicta la piedad, sino la racionalidad.
Afonso se acarició el bigote, meditando en estas palabras, dudando de si tendría estómago para poner en práctica lo que, dicho en palabras, parecía tan fácil.
– Pero, doña Isilda, a veces encontramos situaciones humanas…
– Que las resuelva la Iglesia -interrumpió la suegra-. Si eres piadoso y concedes crédito a todo el mundo que no puede pagar, si mantienes en la tienda a empleados incompetentes, todo porque esas personas te dan pena, te quedarás rápidamente en la ruina. Si eso ocurre, muchacho, has perjudicado a todos. Te has perjudicado a ti mismo, a tu familia, a tus buenos empleados y a tus buenos clientes. -Hizo una pausa y lo miró fijamente a los ojos-. ¿Y sabes cuál es la gran ironía? ¿Lo sabes? Que, en resumidas cuentas, los malos empleados y los malos clientes se quedarán como se habrían quedado si los hubieses enfrentado antes, unos sin empleo y otros sin crédito, porque la casa ha entrado en bancarrota. La piedad no les ha servido ni siquiera a ellos. Ni siquiera a ellos.