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– Tenemos el restaurante del hotel, al otro lado de la plaza.

– ¿Se come bien?

– Mejor que en las trincheras, mi comandante.

Abandonaron las instalaciones del Pópulo y fueron a almorzar juntos al restaurante del Grande Hotel Maia, justo enfrente del cuartel, al otro lado del Campo del Conde Agrolongo. Pidieron unos filetes de hígado a la moda de Braga y se sumergieron en los recuerdos del pasado. Por petición de Mardel, Afonso le contó todo lo que le había ocurrido desde el día de la batalla. Cuando concluyó el relato, el coronel se mantuvo silencioso, con la mirada ausente.

– ¿En qué piensa, mi comandante?

Mardel carraspeó.

– Me pregunto si todo esto habrá merecido la pena -dijo-. Hemos cumplido con nuestro deber, es cierto, pero ¿habrá servido para algo?

Afonso lo miró a los ojos.

– La guerra la hacen los jóvenes, que se matan para la gloria de los viejos. Para los jóvenes, está claro que no ha merecido la pena. Para los viejos…

La frase quedó suspendida y fue Mardel quien la concluyó.

– Para los viejos quedan glorias que no se merecen -dijo-. Lo sé. -Hizo una mueca-. Mire, capitán Brandão, sólo fueron condecorados seis batallones por su arrojo en el combate durante el 9 de abril. En ese número se contaban nuestros cuatro batallones de la Brigada del Miño, además de los dos batallones tramontanos, la Infantería 10, de Braga 1193, que combatió a la derecha de Ferme du Bois, y la Infantería 13, de Vila Real, que resistió en Lacouture.

– El segundo comandante del 13, el mayor Mascarenhas, es amigo mío desde la época de la Escuela del Ejército.

– ¿ Ah, sí? Pues, mire, su amigo fue un valiente.

– Lo sé.

– Bien, todo esto para decirle que sólo combatieron los soldados del Miño y los tramontanos. Los restantes batallones, incluidos todos los de la Brigada de Lisboa, además de los del Algarve, del 3, y los del Alentejo, del 11 y del 17, huyeron del enemigo o se rindieron casi sin oponer resistencia. No han recibido, desde luego, ninguna distinción.

Afonso frunció el ceño.

– Es curioso -comentó con lentitud-. ¿Acaso la gente del norte es más valiente que la del sur?

– No estoy seguro de que ésa sea la pregunta adecuada. Pienso que la verdadera cuestión es saber si la gente del campo es más valiente que la de las ciudades. -Mardel se pasó la mano por el pelo-. Capitán Brandão, ¿sabe?, no hay guerrero más temible que el agricultor. La gente del campo está habituada a la dureza de la vida, al trabajo de la tierra, a las contrariedades que impone la naturaleza, y no se deja impresionar fácilmente por las dificultades de la guerra. ¡Son duros, son tremendos! Los finolis de las ciudades ya se sabe cómo son, lo que quieren es juerga y fado, mujeres y buena vida, ocio y comida en la mesa. Cuando la cosa está que arde y la vida se pone dura, todos se las piran.

– Eso puede explicar el comportamiento de los lisboetas, no digo que no, pero ¿los habitantes del Algarve, los del Alentejo?

– Reconozco que no encuentro explicación para ellos. Me dicen que tienen una naturaleza más indolente, pero dudo de que haya sido la indolencia la que los hizo poner pies en polvorosa. Incluso porque Wellington tenía unidades del Algarve y no se cansaba de elogiarlas.

– Bien, no interesa -exclamó Afonso, haciendo un gesto impaciente con la mano-. Lo cierto es que fuimos la única fuerza que resistió en bloque. Pero ¿de qué ha servido?

– De nada, me parece. -Mardel suspiró y se encogió de hombros-. De nada. Murieron cuatrocientos portugueses en esa batalla y más de seis mil fueron hechos prisioneros. Si nos fijamos bien, los más listos fueron los lisboetas, que se las piraron y andan ahora paseándose con sus mujeres por el Rossio y por la Rotunda, vivitos y coleando. Los tramontanos y nosotros, que enfrentamos la lucha, estamos como estamos: en vez de estar saboreando la vida, lloramos a los muertos y consolamos a las viudas. Y lo trágico, estimado capitán, lo trágico es que el sacrificio de los que combatieron ha sido en vano. Los boches entraron en nuestras líneas como un huracán, las invadieron, los gringos las pasaron moradas para frenarlos y la situación se hizo tan crítica para los aliados que los ingleses llegaron a lanzar una orden diciéndoles a los soldados que se quedasen donde estaban hasta morir. ¿ Imagina lo que es eso, capitán Brandão, recibir la orden de morir sin vía de escape posible?

El capitán meneó la cabeza.

– Menos mal que nunca recibimos una orden semejante…

Mardel hizo un silencio pensativo.

– En eso se equivoca -dijo finalmente-. También nos dieron esa orden.

– ¿A nosotros, a los portugueses?

– Exacto.

– ¿De morir en el sitio en el que estábamos?

– Exacto.

– ¿Y esa orden la dieron los gringos?

– Exacto.

– ¿Durante la batalla?

– Antes de la batalla.

– ¿Antes de la batalla? ¿Cómo?

– Seis días antes del ataque de los boches, el general Haking, que comandaba el XI Cuerpo, envió una orden a la 2a División del CEP para morir en la línea B en caso de que el enemigo avanzase. La orden mencionaba explícitamente esa instrucción, morir en la línea B.

– ¿Y qué hicieron ustedes?

– ¿Y qué podíamos hacer? Escuchamos, callamos y no le dijimos nada a nadie, no queríamos sembrar el pánico. Por eso usted no se enteró.

– Ah, bien -exclamó Afonso-. Ahora veo claras muchas cosas. -Hizo una pausa, observando al camarero del restaurante del hotel que servía los filetes de hígado, acompañados de arroz blanco y cebolla frita. Cuando el camarero se retiró, los dos oficiales comenzaron a comer en silencio. Afonso mordió el primer trozo de su filete y retomó la conversación mientras masticaba-. Entonces, coronel, me estaba diciendo que los boches avanzaron y los gringos comenzaron a ver las cosas negras.

– Así fue, pero todo volvió a su cauce y llegó a comprobarse que aquélla fue verdaderamente la última gran ofensiva de los boches. Los aliados detuvieron la hemorragia abierta en nuestro sector y pasaron después al ataque, hasta que consiguieron ganar la guerra.

– De acuerdo, de acuerdo, y nuestra reputación consiguió salir ilesa…

Mardel dejó momentáneamente de masticar e hizo una mueca con la boca.

– No, capitán Brandão, no. A decir verdad, nuestra reputación quedó por los suelos. Los gringos empezaron a mirarnos con desconfianza, decían que no teníamos capacidad de combate, que nos escaqueábamos, que éramos unos desorganizados, que sólo servíamos para echarles unos polvos a las demoiselles, que esto y lo de más allá, y mandaron a nuestras tropas a cumplir tareas de patrulla, como si sólo fuésemos unos obreros sin calificación, unos chapuceros. Fue una vergüenza.

– ¡Vaya por Dios! Pero ¿no sabían ellos lo que ocurrió?

El coronel se inclinó en la mesa y lo miró fijamente.

– Y dígame, ¿qué ocurrió?

Afonso le devolvió la mirada, cohibido.

– Bien…, pues…, en fin, de todo -tartamudeó.

– Pero ¿qué? Explíqueme qué podríamos haberles dicho nosotros a los gringos.

– Yo qué sé… Tal vez, no lo sé, tal vez que hubo seis batallones nuestros que resistieron, por ejemplo, o que nuestra única división, que se encontraba ya muy cansada y desgastada, tuvo que enfrentarse a cuatro divisiones boches, todas ellas frescas como lechugas. O que nuestra única división defendía una línea que supuestamente estaba defendida por dos divisiones, por lo tanto con menos soldados por kilómetro de trinchera. -El capitán adoptó una actitud inquisitiva-. ¿No? Que yo sepa, no fue poco, ¿no le parece? En aquellas condiciones, ¿qué pretendían ellos que ocurriese, eh?

Mardel volvió a su plato, cortando un trozo más de carne.

– Algunos ingleses sabían lo que realmente ocurrió, es verdad, pero la mayor parte sólo se fijó en el hecho de que los boches entraron por nuestro sector. O sea que, si nosotros cedimos, se debió a que éramos débiles. Punto final. Todo lo demás era puro blablablá.