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Decidió esa noche beber en memoria de sus compañeros y de su amada Agnès, personas que quedaron en su carne, personas que lo acompañaban todos los días, en pensamientos, en sueños, en pesadillas. Las pesadillas eran diarias desde que regresara a Portugal. Soñaba con Joaquim, que se había quedado en el puesto de Picantin para morir. Soñaba con el sargento Rosa, abatido a su lado en una trinchera miserable. Soñaba con Baltazar, caído cuando levantaba las manos en señal de rendición. Soñaba con Matias, el gran Matias, generoso y valiente, un corazón de oro y unos pulmones hechos polvo. Y soñaba sobre todo con Agnès, la veía entrar en su casa, dialogaba con ella, hablaban sobre Freud y sobre la vida, sobre Dios y la medicina, el arte y la ciencia. Conversaban tanto en tantas noches que Afonso llegaba a preguntarse si los sueños no serían realmente una forma de mantener el contacto con el más allá, de establecer conexión con las personas que realmente contaban.

Meneó la cabeza, espantando a los fantasmas como si fuesen una nube de humo que regresase de aquel mundo ya desaparecido. Ahora, razonó, no podía seguir con fantasías, tenía que volver realmente al presente y rehacer las cuentas. Se inclinó sobre el escritorio y se sumergió de nuevo en las facturas.

Oyó un tumulto en el pasillo, la puerta del despacho se abrió con violencia y Carolina irrumpió llorando.

– ¡Afonso! ¡Afonso!

– ¿Qué ha pasado, querida?

– Mi madre… Mi madre no se encuentra bien.

Al día siguiente fue el entierro de doña Isilda, una mañana primaveral de abril. Carolina era hija única y única heredera, pero no se encontraba en condiciones de ocuparse de los papeles, tarea de la que se encargó Afonso. Se pasó dos días revisando los documentos de su suegra. Vio títulos, hipotecas y cuentas, y al final se dedicó a la carpeta con la correspondencia. Había sobre todo cartas de su hermano, de sus primos, de amigas, de vendedores, de acreedores y de abastecedores. Cuando se preparaba para cerrar la carpeta, Afonso vio, en medio de todas aquellas cartas, un pequeño sobre con su nombre. Le extrañó ver entre la correspondencia dirigida a doña Isilda una carta para él y miró el sello. Era francés. Estudió el matasellos y comprobó que el sobre venía de Lille. Abrió la boca de asombro y se quedó mirando el sobre, incrédulo, interrogándose sobre su contenido, decidiendo qué hacer. Con las manos trémulas, sacó la hoja doblada dentro del sobre y leyó el texto, redactado en francés:

Lille, 9 de diciembre de 1918.

Estimado capitán Alphonse Brandão:

Con mucho pesar debo comunicarle la muerte de mi querida hija, Agnès Chevallier, víctima de la terrible gripe española que tantas vidas está segando en toda Europa.

Desconozco si usted ya ha regresado de su cautiverio, pero le ruego a Dios que esta misiva lo encuentre bien de salud. Fue mi propia hija quien me dio la dirección de su señora madre, que espero le haga llegar la carta que habría deseado no tener que escribirle jamás.

Lille fue liberada el pasado 17 de octubre por las tropas británicas, y Agnès apareció en mi casa el día 20. No puede calcular nuestra alegría ni la felicidad que sintió cuando le mostré la carta que usted me había enviado desde la Citadelle, ella que lo creía muerto en los campos de batalla. Agnès estaba, como sabrá, embarazada y el día 27 de octubre dio a luz una hermosa niña, a quien bautizó con el nombre Marianne, aparentemente en homenaje a su señora madre.

Pero nuestra felicidad no duró mucho. La semana pasada, Agnès empezó a quejarse de fuertes dolores de cabeza, diciendo que parecía que estaban dándole martillazos justo detrás de los ojos. Además, le vino una tos terrible y le sangró la nariz. Alarmados, la llevamos al hospital de Saint Sauveur, de donde ya no volvió a salir. La llevaron a una enfermería especial y no nos dejaron quedarnos con ella. Un amigo mío, que trabaja en el instituto Pasteur, pidió informaciones a sus colegas del hospital y nos dijo, esa noche, que el caso era muy grave. La tos se había vuelto muy violenta y las hemorragias se habían extendido a los oídos. Agnès contrajo la gripe española y fue instalada en cuarentena en una enfermería donde estaban ingresadas todas las personas que habían contraído la enfermedad. Como puede imaginar, fuimos presos del pánico, para colmo nuestro amigo nos comunicó que la piel de ella se había puesto de color azul oscuro: parecía una negra de África. No hay duda, fue atacada por la peste negra, sólo que nadie la llama con ese nombre para no asustar a las personas más de lo que ya están. Me aseguró nuestro amigo que muchas personas afectadas por la gripe española acababan recuperándose, pero, lamentablemente, no fue ése el caso de mi querida hija Agnès. Después de tres días de delirio y sufrimiento, falleció.

Le envío esta carta, mi estimado amigo, para darle la triste noticia de la desaparición de Agnès y para comunicarle que ella le ha dejado una bonita niña, ahora con un mes de edad, y que Claudette se ocupa de cuidarla hasta que usted nos dé instrucciones.

Aguardo noticias suyas y le pido que conserve firme su ánimo en estos tiempos difíciles que estamos viviendo.

Que Dios lo bendiga.

Paul Chevallier

Afonso leyó la carta dos veces, atónito.

– ¡Vieja del demonio! -murmuró cuando concluyó la segunda lectura-. La muy zorra.

Entendió que doña Isilda no le había contado toda la verdad, le había mentido cuando dijo que también había muerto la niña. Se hacía ahora evidente que la boda con Carolina fue planeada por la vieja mujer después de la viudez de su hija y que la existencia de la niña era la piedra en el zapato de ese proyecto. Para eliminar el problema, escondió la piedra bajo la alfombra. Ocultó la carta y alteró la crucial información que la misiva transmitía, la noticia de que el capitán tenía una hija que lo estaba esperando.

Afonso estuvo dos días reflexionando sobre el asunto, sin decirle nada a nadie. Tomó gradualmente conciencia de que doña Isilda había sido, de una extraña forma, la persona más importante de su vida. Fue ella quien convenció a sus padres de que le permitiesen ir al seminario, lo que le dio una oportunidad de educación que de otro modo no tendría. Cuando ese medio de alejarlo de su hija falló, se le ocurrió la idea de inscribirlo en la Escuela del Ejército, otorgándole un nuevo rumbo a su vida. Y diez años antes, cuando regresó de la guerra, lo preparó todo para facilitar la boda con su hija viuda. Por esa vía mintió, ocultó, maniobró, sedujo, manipuló, hizo todo lo necesario para alcanzar sus objetivos, siempre fiel a la vieja máxima de que un comerciante no tiene corazón, su prioridad es defender el negocio. Afonso comprendió que, en resumidas cuentas, le debía todo lo que de bueno y de malo le había ocurrido en la vida, y que todas las decisiones cruciales de su existencia no fueron tomadas por él, nunca por él, sino por ella. Ahora, sin embargo, Afonso se veía enfrentado con una decisión de gran magnitud, una de aquellas opciones determinantes para su futuro, y doña Isilda no se encontraba allí para, en las sombras, elegir una vez más por él. En rigor, él podría deshacer lo que ella había decidido en secreto diez años antes. Y la decisión que podía adoptar era muy clara. ¿Debería Afonso reconocer o no la paternidad de la niña? Por un lado, aquella niña representaba un estorbo para su vida familiar, sólo iba a trastornar su existencia, su vida familiar, a sumergir a Carolina en el disgusto y a sus hijos en la vergüenza de tener una hermana bastarda. Pero, por otro lado, pensó que la pequeña no representaba vergüenza alguna, era un legado de Agnès, era el fruto del mayor amor de su vida, no tenía derecho a renegar de él. Además, no estaba en su sangre abandonar a alguien de su misma sangre.