Al tercer día, tomó la decisión. Iría a Lille a conocer a su hija, iría a buscarla, le doliera a quien le doliese, le costara lo que le costase. Si Carolina verdaderamente lo amaba, no tendría otro remedio que aceptar la realidad y acoger a la hermana de sus hijos. Fue con esa convicción en la mente con la que, después del desayuno, invitó a su mujer a dar un paseo hasta las salinas. La idea provocó la extrañeza de Carolina.
– Pero ¿para qué quieres ir ahora hasta las salinas? -preguntó ella-. Tienes cada idea…
– Tengo que hablar contigo.
– Habla, pues.
– Aquí no.
La mujer lo miró, desconfiada, pero él evitó la mirada, lo que sólo sirvió para perturbarla. Dejaron a los niños al cuidado del ama y subieron al Hispano-Suiza que habían comprado el año anterior, el premio por la buena gestión de la Casa Pereira. El hermoso coche azul, un H6B Torpedo Scaphandrier, era el orgullo de Afonso y una atracción en Rio Maior, una máquina capaz de poner verde de envidia a un santo.
Se internaron por el camino de tierra apisonada y pronto llegaron a las salinas. Se veían hombres amontonando la sal con las palas y echándola en sacos. El sol, aún bajo en su ascenso, dibujaba los contornos de los pinos en sombras tendidas en la tierra, jirones de neblina se aferraban a las copas de los árboles como algodones dulces y pegajosos, eran el bostezo lento y complacido de la placidez perezosa que se extendía por aquella fresca mañana de primavera.
Afonso estacionó el vistoso automóvil debajo de un pino manso y le mostró entonces a su mujer la carta que había descubierto entre los objetos de doña Isilda. Le narró los acontecimientos del pasado y tradujo el contenido de la misiva. Al final, Carolina estaba lívida.
– ¿Qué quieres que te diga? -preguntó la mujer sombríamente.
– No quiero que me digas nada -repuso Afonso, mirándola fijo a los ojos-. Pero he tomado una decisión.
– ¿Ah, sí?
– Voy a Lille a buscar a mi hija.
– ¿Qué? -exclamó Carolina, exaltada, con los ojos desorbitados en una expresión de horror.
Afonso ya se esperaba aquella reacción y no se dejó impresionar.
– Ya lo has oído. Voy a buscar a mi hija.
– Pero ¿te has vuelto loco, Afonso? ¿Qué disparate se te ha metido en la cabeza, Dios mío?
Carolina gesticulaba.
– No es ningún disparate. Tengo una hija que vive en Francia y voy allí a buscarla, es tan sencillo como eso.
– ¡Tú no irás a buscarla, era lo que nos faltaba!
– Claro que iré.
– ¿Y nuestros hijos?
Afonso hizo una mueca con la boca, con la expresión de quien no entendía adonde quería ella llegar.
– ¿Qué tienen que ver nuestros hijos?
Carolina respondió con un gesto de impaciencia.
– ¡Afonso, no te hagas el tonto! ¿Qué van a pensar nuestros hijos cuando vean a una niña extranjera entrar en nuestra casa para vivir con nosotros?
– Se quedarán todos contentos porque han ganado una hermana mayor.
– ¿Y qué dirán las personas, válgame Dios?
– ¿Qué personas?
– Doña…, doña Maria Vicência, por ejemplo. -Era la mujer del profesor Manoel Ferreira-. Doña Constanza. -Era la mujer del médico-. Doña Isabel. -La mujer del abogado-. ¿Has pensado en la humillación por la que me vas a hacer pasar al traer a mi casa a tu hija bastarda? ¿Lo has pensado?
Afonso suspiró.
– ¡ Ay, querida, no me importa lo que esas cotorras piensen! Me da exactamente igual. La cuestión está en que he descubierto que tengo una hija y no voy a eludir mis responsabilidades. -La miró apuntándola con el dedo-. Escucha, ¿tú serías capaz de dejar a un hijo abandonado?
– ¡Afonso, no intentes confundirme! Yo no tengo ningún hijo abandonado, gracias a Dios. Lo que no quiero es un escándalo de hijos bastardos en mi casa, disculpa, pero eso no puede ser.
Su marido la miró a los ojos, evaluando la situación. Aquella reacción negativa era natural, pensó. La noticia que le había dado resultaba, sin duda, chocante. Por un lado le daba, como nunca le había dado, una idea de la intimidad de sus relaciones con Agnès, le mostraba como algo brutalmente real el hecho de que la relación que había tenido con la francesa no era de naturaleza meramente platónica; eso, ciertamente, la hacía sentirse incómoda. Por otro lado, significaba un importante cambio en su vida y, sobre todo, una afrenta a la moral de la buena sociedad de Rio Maior. Pero, al fin y al cabo, y por mucho que protestase, a Afonso no le cabía la menor duda de que Carolina acabaría conformándose con la situación. Por otra parte, no había otro remedio. La decisión ya estaba tomada.
Soportó con infinita paciencia las recriminaciones, el reproche, las lágrimas, la furia y las amenazas, y una mañana de mayo, decidido y esperanzado, cogió el tren hasta Lisboa, desde donde siguió hacia Madrid, después a París y, finalmente, a Flandes.
Fue un viaje largo, hecho en silencio, con la mente sumida en un torbellino de pensamientos. Le preocupaba lo que iba a encontrar, la forma en que su hija reaccionaría ante su presencia y cómo él se comportaría ante la de ella. Serían extraños de la misma sangre, unidos por una única mujer, ella huérfana de madre, él viudo del amor que no había vivido, ambos víctimas de acontecimientos que no controlaban, meros juguetes en manos del destino, hojas arrojadas al viento por el soplo de una terrible y asombrosa tormenta.
Cuando el tren recorría velozmente la melancólica planicie de Flandes, Afonso sintió un deseo irresistible de reencontrarse con el pasado, de enfrentarse con los fantasmas que diariamente ensombrecían su sueño. Decidió por ello, en un ímpetu, en un arrebato, hacer escala en Aire-sur-la-Lys antes de proseguir viaje hasta Lille. Se apeó en la estación de Aire, admiró el aspecto familiar que tenían las cosas, le extrañaron los pequeños cambios, las paredes reconstruidas, las calles arregladas. Había aún muchas ruinas, pero se sentía el aroma de las cosas nuevas. Se subió a un taxi y le pidió al chauffeur que lo llevase a las antiguas trincheras del sector entre Fauquissart y Ferme du Bois. El pequeño Peugeot siguió hasta Laventie y pasó al lado del cementerio militar. Afonso le ordenó parar y fue a visitar el recinto. Consultó a un responsable y descubrió algunas tumbas que buscaba. Estaban allí la de Joaquim y la de Vicente, el Manitas, que habían muerto en Picantin Post, pero no había señales de las sepulturas del sargento Rosa, de Abel, el Canijo, y de Baltazar, el Viejo, probablemente enterrados deprisa por los alemanes en una fosa común. Las lápidas de Joaquim y de Vicente, el Manitas, igual que las restantes, estaban descuidadas; el cementerio daba sensación de abandono. Se arrodilló sobre ambas tumbas, conmovido, y rezó en memoria de los hombres a quienes había dirigido hasta el momento de su muerte.
Volvió después al taxi y prosiguió hasta Fauquissart. Reconoció la Rué Tilleloy, ahora bien arreglada, la carretera reparada, los campos verdes a un lado, dorados de trigo al otro, los árboles vigorosos y las flores garridas, el rocío reluciente en los pétalos coloridos, semejante a lágrimas frescas y cristalinas. El horizonte se llenaba de robustos chopos, plátanos, tilos, olmos, se veían perezosas vacas pastando donde antes sólo se encontraba desolación; la vida había renacido bajo los cráteres y todo se había transformado. En vez de que la despanzurrasen granadas, los instrumentos agrícolas removían ahora la tierra para plantar patatas, cereales, remolacha, avena, zanahorias. Las viejas trincheras se veían irreconocibles, tapadas por la vegetación, la naturaleza se había encargado de ocultar con plantas aquellas cicatrices abiertas en el suelo. Identificó por aproximación el lugar donde había estado situado el Picantin Post, escenario de tantas pesadillas, volvió a acordarse de Joaquim y de Vicente, el Manitas, que habían caído allí. Sintió una emoción enorme al pasar por el antiguo puesto, pero no había duda de que todo había cambiado, se había vuelto diferente, más apacible, incluso acogedor.