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– Schopenhauer fue el primer filósofo explícitamente ateo -explicó el maestro, ya resignado a la idea de que no saldría inmediatamente de la sala, conociendo como conocía al alumno que tenía enfrente-. El creía que no fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen. Sic. Dios no era más que una creación antropomórfica, una proyección del hombre…

– ¿A la manera de los griegos?

– ¿Qué griegos?

Afonso consultó sus notas.

– Protágoras -exclamó-. Protágoras dijo que el hombre es la medida de todas las cosas.

– Pues sí -asintió el sacerdote con un gesto vago-. Pero hay más. Schopenhauer rechazó la propia idea de alma, diciendo que todo el conocimiento está en el cerebro, no en el espíritu.

Consideraba que el mundo no tiene significado, no tiene propósito, existe por sí mismo, et caetera. O sea que el mundo no tiene sentido, somos nosotros quienes se lo atribuimos, nosotros le inventamos un sentido para reconfortarnos.

– ¿Y usted cree en eso?

– Qué va, Afonso, claro que no. Si creyese en eso, no sería sacerdote, válgame Dios.

– ¿No hay nada que considere verdadero de lo que él ha dicho?

– Bien, eso es otra cosa. Mira, Schopenhauer veía el mundo como algo cruel, un lugar de sufrimiento en el que es preciso matar para vivir. Por ejemplo, en todo momento los animales están matando a otros animales, hay millares y millares de muertes por segundo en todo el mundo. Vae victis. Para que un solo animal carnívoro viva durante un año, tendrá que morir un centenar de animales para alimentar a ese único sobreviviente. Y para que un solo animal herbívoro viva durante ese mismo año, tienen que morir muchos vegetales para darle de comer. Por otro lado, las propias plantas viven a costa de la putrefacción de la carne de los animales y de los restos de las otras plantas. O sea que la vida se alimenta de mucha muerte. Dura lex sed lex. Schopenhauer opinaba que el mundo de los hombres obedece a la misma ley, los seres humanos viven una vida de sufrimiento en que los hombres son esclavos de sus necesidades y deseos. Es una vida hecha de violencia, de frustraciones, de dolor, de enfermedades, de miedo, de esclavitud, de lucha, de victorias efímeras y derrotas permanentes, es un proceso de pérdidas constantes y sucesivas, y lo peor es que todo eso siempre acaba mal, la vida termina invariablemente con la pérdida final, la muerte; en nuestra existencia no hay finales felices.

– Resulta aterrador.

– Es deprimente.

– ¿Considera todo eso verdadero?

– En cierto modo -dijo el maestro-. Vivir es sufrir. Y lo más curioso es que, a pesar de ser un constante sufrimiento, nos aferramos a la vida con todas nuestras fuerzas, como si fuese el mayor tesoro, la cosa más preciosa. Pero la vida está siempre in artículo mortis. Ella nos rehúye, se nos escapa como agua entre los dedos, morimos en cada respiración, a cada palabra, en cada mirada, momento a momento se acorta la distancia que nos separa de nuestro final, nacemos y ya estamos condenados a la muerte. La vida es breve, no es más que un instante fugaz, un brillo efímero en las tinieblas de la eternidad.

– ¿Le parece?

– Aún no tienes noción de ello, Afonso, eres muy joven. -El maestro sonrió con tristeza-. Cuando somos jóvenes, todo parece lento, pausado, casi eterno. Pero ten en cuenta que ello va cambiando con la edad. Parece que fue ayer cuando tenía quince años, y ahora, casi pari passu, ya estoy llegando a los cuarenta. Parece que la vida se va acelerando, los años ganando velocidad, y eso me asusta. Repara en don Crisòstomo, que tiene sesenta. Sesenta años aún es una edad de trabajo, de actividad. Pero, si nos fijamos bien, dentro de diez años, probablemente, ya no estará vivo. Diez años, hijo mío, no es nada. Diez años es un mero soplo en el polvo del tiempo.

Afonso no se inmutó, para él diez años eran mucho tiempo, eran dos tercios de su existencia, eran un día lejano que se perdía en la eternidad del futuro. Creía que la vida era larga, tenía aún mucho camino por delante y aquella conversación le parecía incongruente. Su preocupación era comprender la vida para conquistarla, no para que ella lo derrotase…

– Si los filósofos ateos no le encuentran sentido a la vida, ¿para qué viven entonces?

– Buena pregunta. -El padre Nunes se rio, sintiéndose cómodo en ese terreno-. El problema de Schopenhauer es justamente que, sin Dios, el mundo se convierte en algo vacío, absurdo, sin razón de ser. Entonces, para sustituir a Dios, esgrime el concepto de arte. Schopenhauer decía que, con el arte, el hombre se libera momentáneamente de la esclavitud del deseo y de la tortura de la existencia, es arrancado de los grilletes del espacio y del tiempo y transportado a una realidad paralela, sublime, celestial. Lo que nos lleva, mi apreciado Afonso, a concluir que Dios es un artista.

– O a que el arte es divino.

– O a que el arte es divino -coincidió el sacerdote con una carcajada.

Afonso lo miró con intensidad y vaciló un momento, pero se decidió y, pesando las palabras, formuló la pregunta que más lo atormentaba en aquel diálogo.

– ¿ Será posible, padre, que hayamos inventado a Dios para darle sentido al mundo?

La amplia sonrisa del padre Nunes se deshizo y suspiró, interrogándose adónde iba a buscar aquel chico ideas tan próximas a la herejía.

– Ésa es la pregunta más terrible de todas -declaró pesadamente-. Tal vez por ello no debería ser una vexata quaestio. En vez de hablar ex cáthedra sobre este asunto, debemos tener fe y creer que Dios existe independientemente de nuestra voluntad, la creencia en su existencia no depende de la lógica ni de la prueba científica, depende únicamente de nuestra fe. Pero, si me pidieran un raciocinio lógico, yo respondería con otra pregunta: ¿nos resultaría posible estar aquí si no fuese por la voluntad de alguien?

– Pero ¿se puede probar que Dios existe?

– Probar, probar, yo no diría, por lo menos no según los llamados criterios científicos de los que tanto se habla ahora -repuso-. Hubo un filósofo escocés, Hume, que sostuvo que la existencia de Dios es una cuestión de hecho, o El existe o no existe. Según Hume, las cuestiones de hecho sólo pueden resolverse a través de la observación. Fíjate en que Hume era un empirista, creía en la observación. Pero, como es evidente, nosotros no conseguimos observar a Dios, su existencia no es demostrable in vitro, lo que no significa, digo yo, que El no exista. En realidad, buscar pruebas no es otra cosa que lana caprina. Nunca he visto Bragança, pero sé que Bragança existe. Hume comprobó que las pruebas de la existencia de Dios no son directas, sino resultados de una inferencia. Verbi gratia, el orden existente en el universo indica que el universo fue organizado por una inteligencia superior. Ese es un indicio, pero no, lo admito, una prueba final. Si quieres, tal vez haya sido Descartes quien presentó el mejor indicio de la existencia de Dios. Descartes expuso ese indicio de un modo lógico, llamando la atención sobre el hecho de que el hombre es imperfecto pero tiene en la mente el concepto de un ser perfecto. Claro que, como nadie es capaz de imaginar algo mayor que sí mismo sólo basado en sus recursos, se deduce que ese concepto emana de la realidad. Si soy incapaz de imaginar por mí mismo un ser perfecto, y sin embargo lo imagino, sólo puede ser porque ese ser perfecto efectivamente existe.

– Entonces, si Dios existe, ¿dónde está El?

– Está en todo -afirmó el maestro, abriendo los brazos y mostrando lo que lo rodeaba-. Tu amigo Spinoza puede incluso haber sido un judío hereje, pero dio una buena respuesta a tu pregunta. Newton dijo que Dios creó el universo y después se quedó fuera y lo dejó funcionar según las reglas que El mismo había establecido. Pero Spinoza consideró que esa idea estaba mal formulada, pues si Dios es infinito, ello se debe a que El está en todo. Si estuviese separado del mundo y de los hombres, como una especie de entidad exterior, el mundo y los hombres serían su límite. No puede ser. Algo infinito, por definición, no tiene límites. Siendo infinito, no puede Dios ser una cosa y el mundo y los hombres cosas diferentes. No puede haber nada que Dios no sea. Luego, si Dios es infinito, a fortiori Dios es todo.