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A los once años, el vino ya no encerraba misterios para ella. Sabía que el corcho era el tapón ideal para las botellas de vino debido a su levedad, limpieza, impermeabilidad y elasticidad. La muchacha acompañaba a su padre en los paseos para quitarles la cáscara a los alcornoques y producir tapones de corcho que se deslizaban suaves, pero firmes, hasta su posición en el gollete de las botellas. Lo veía cubrir el tapón con cápsulas hechas de hoja de plomo y grabadas en relieve, o sumergiendo el gollete en lacre, a la manera antigua. Lo más espectacular sucedía cuando su padre, durante cenas en casa con amigos, en que se bebía vino añejo guardado con tapones ya frágiles y quebradizos, se ponía su uniforme de húsar y, a la manera de Champagne, desenvainaba el sable frente al gollete, partiéndolo de un solo golpe y liberando el vino sin quitar el tapón. Era siempre un momento muy aplaudido, de gran intensidad dramática, aunque en situaciones rutinarias con vinos nuevos prefería usar el sacacorchos hipodérmico, que reventaba el corcho de las botellas.

Agnès sabía que era importante guardar las botellas siempre acostadas, para mantener así el corcho húmedo a través del contacto permanente con el vino, y en lugares oscuros, para que la luz no lo estropease. Aprendió a decantar los vinos añejos, observando a su padre usar decanters de tres anillos, el modo de evitar la parte turbia; pero era la apreciación de los vinos en sí lo que aparecía como el lado más fascinante de todo el oficio. Cuando era pequeña, se quedaba muy admirada viendo cómo su padre observaba el color y la textura del vino danzando en el cristal, y cómo lo olía, con la nariz literalmente dentro del vaso, pero lo más desconcertante era el modo cómo saboreaba el líquido, con la lengua soltando pequeños chasquidos. Agnès descubrió que los tintos Cabernet eran de un rojo más denso y oscuro que los Pinot Noir, que los buenos Bordeaux dibujaban una elipse en los vasos y que los Chardonnay sólo adquirían aroma cuando se los mantenía en cubas de roble.

De la observación y del olor pasó, a los doce años, a la degustación del vino. No comprendió de inmediato todo el valor que se le daba a aquella bebida cuando su padre la autorizó por primera vez a saborear el néctar. Le pareció agrio, ácido o avinagrado, nada que ver con las palabras misteriosas que él había usado en la bodega de la tienda para cautivarla, pero con el tiempo fue aprendiendo a distinguir y a apreciar los sabores. Lo primero que le explicó es que no había dos vinos iguales, el paladar de un vino dependía del enólogo que lo criaba, de la casta de la uva, del clima y de las características del suelo. Después, aprendió a distinguir un blanco seco Trebbiano, un blanco suave Gewurztraminer, un blanco dulce Sauternes, un Marsannay rosé, un Chianti afrutado, un tinto Bordeaux de mucho cuerpo y un tinto oscuro Châteauneuf-du-Pape, además de las combinaciones respectivas con carne, pescado, queso y fruta. Por ejemplo, el Chablis combinaba bien con mariscos, el Sancerre con Roquefort, el Médoc con cordero, el Sauternes con foie gras y el Sauvignon Blanc con salmón. Sus conocimientos en la adolescencia eran tales que su padre comenzó a considerar seriamente la posibilidad de pasar un día el negocio, no a uno de los dos chicos, como a primera vista sería más natural, sino a aquella hija suya, tan atenta y conocedora.

Paul Chevallier trataba con clientes de toda clase. Entre ellos había algunos que un día se volverían notables en la ciudad, como es el caso de monsieur De Gaulle, que a veces aparecía en la tienda con su hijo Charles, un muchacho narigudo, alto y desgarbado, un año mayor que Agnès y que llegaría a ser más tarde el hijo más célebre de Lille, a la par, claro, del recién fallecido Pasteur. Al fin y al cabo, la ciudad era pequeña y todos se conocían. Otros clientes venían de la clase alta, incluso dueños de castillos y mansiones a quienes les gustaba ver sus bodegas ricamente pertrechadas, y Paul se volvió por ello visita frecuente de sus palacetes y casas solariegas.

El enólogo trabó una especial amistad con el barón Jacques Redier, un cliente apreciador del método de abrir botellas a lo húsar y con quien iba a caballo a cazar conejos en el bosque de Compiègne durante el verano. La baronesa Solange Redier era una mujer frágil y enfermiza, con quien se quedaba a veces la madre de Agnès haciéndole compañía, ayudándola a enfrentar los ataques de tos derivados de una tuberculosis lenta y en apariencia crónica, y que acababan en expectoraciones con restos de sangre. Las dos hijas permanecían en esos casos con su madre, mientras que Gaston y François participaban de las cacerías en Compiègne. En esas ocasiones, Agnès se sentía Florence Nightingale y no escatimaba esfuerzos para ayudar a la baronesa que fue, al fin y al cabo, su primera paciente.

– Su hija es una santa -comentó la baronesa después de un ataque de tos especialmente violento que le valió innumerables caricias de su pequeña y esforzada enfermera.

– Sí, es muy cariñosa -coincidió Michelle, ella misma secretamente sorprendida por las atenciones con que su hija rodeaba a la anfitriona-. Siempre ha sido diferente de sus hermanos.

– La niña debería ir a jugar, en vez de estar aquí aburriéndose con nosotras -observó la baronesa Redier, sacudiendo el abanico-. A esa edad es un desperdicio que pierda el tiempo con una enferma como yo, ¿no le parece?

– Oh, no se preocupe, baronesa, a mi hija Agnès le encanta estar entre los adultos. A veces, fíjese, se queda horas sentada en un rincón, callada, escuchando nuestras conversaciones, como abstraída de sí misma. Me confunde un poco, es un hecho, pero ésa es su naturaleza, ¿qué quiere? Siente un gran placer estando entre los mayores.

– Pero ¿no tiene amigas?

– Tiene a su hermana y a Mignonne.

– ¿Es una vecina?

– No -sonrió Michelle-. Es la muñeca.

Cuando los hombres volvían de la cacería, su alegría incontenible y su entusiasmo contagioso suscitaban gran curiosidad entre las dos hermanas. Contaban hazañas de caza, relataban persecuciones maravillosas: la liebre que costó tanto capturar, el faisán que se escapó, el jabalí que rodearon a caballo; todo aquello parecía un excitante mundo de aventuras, un inagotable manantial de historias, un universo de emociones vibrantes que les estaba injustamente vedado. Claudette se aburría terriblemente en el Château Redier y convenció a su hermana para que se uniese a ella en una firme campaña para persuadir a su padre de que las dejase ir con ellos. El recurrir a su hermana no era inocente, Claudette sabía que Paul sentía una debilidad especial por Agnès y se mostraba decidida a usarla en su provecho.

– Ni pensarlo, Claudette, la caza no es cosa de chicas -exclamó el padre cuando su hija mayor le manifestó su deseo.

– Oh, papá, déjanos ir.

– No puede ser, hija. Tenemos que andar a caballo, tenemos que galopar detrás de los zorros, disparamos, es peligroso.

– Pero Gaston y François van.

– Es diferente, son chicos.

– Pero son mucho más pequeños que nosotras, no es justo.

– Sí, es verdad, pero ellos no salen en las cabalgatas con nosotros, eso sí que no.

– ¿Ah, no? ¿Y adonde van ellos?

– Se quedan en los Etangs de Saint-Pierre con Marcel.