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Marcel era el mayordomo del Château Redier, un hombre áspero que a los chicos les caía mal.

– ¿Ah, sí? ¿Y nosotras no podemos quedarnos con ellos?

– No, hija, esto no es para chicas.

Claudette sintió que había llegado el momento de jugar la última carta. Hizo una seña a Agnès y ésta se acercó a su padre, poniendo boquita de piñón, con los ojos dulces y solicitantes, con el tono de voz irresistiblemente meloso.

– Oh, papá, sé mignon, déjanos ir…

Paul miró a Agnès y tragó saliva.

– Bien…, yo… -titubeó-. En fin…, eh…, ¿por qué no? -dijo con un suspiro, vencido-. Está bien, está bien. Mañana os llevo.

Lo abrazaron, efusivas.

– ¡Merci, papá!

– Ya, ya -dijo Paul, derritiéndose en el abrazo-. Pero tenéis que portaros bien, ¿habéis oído?

Fue la única vez que el padre consintió llevar a las dos chicas consigo. A la mañana siguiente, un domingo gris y húmedo, metió a los cuatro hijos en un coche, conducido por Marcel, y todos emprendieron la marcha por la carretera: coche, caballos y perros en medio de gran alboroto hasta el bosque. Cruzaron el río Aisne y entraron en el Bois de Compiègne, pasando por entre los grandes robles hasta los Beaux Monts, desde donde se dirigieron hacia los Etangs de Saint-Pierre. Agnès y Claudette se quedaron allí sentadas junto a un lago rodeado de hayas, mientras que sus hermanos jugaban a la guerra entre los arbustos, bajo la mirada aburrida de Marcel. El padre galopaba con el barón Redier tras los perros y las liebres. A las niñas la experiencia les resultó enfadosa, no había allí aventuras ni excitación, sólo un tedio sin fin. Decepcionadas, nunca más quisieron oír hablar de cacerías, eran mil veces preferibles los bostezos en el Château Redier.

Paul era un hombre avanzado para la época y, cuando Claudette terminó el instituto, decidió pagarle los estudios universitarios. La hija mayor, apasionada por la arqueología y estimulada por los recientes descubrimientos en Egipto y en la Mesopotamia, fue a estudiar historia a la Sorbona.

Al año siguiente, en 1911, pareja oportunidad le llegó a Agnès. Sin sorpresas, la segunda hija del matrimonio Chevallier decidió a los veinte años seguir los pasos de su heroína Florence Nightingale y se matriculó en Medicina, también en la Sorbona. No era Enfermería, pero estaba en el mismo departamento. En París compartió con Mignonne y su hermana un apartamentito simpático en Saint Germain-des-Prés. El apartamento estaba situado en un primer piso de la Rue de Montfaucon, junto al mercado, y fue allí donde pasó los mejores años de su vida.

Claudette y Agnès frecuentaban facultades diferentes, por lo que sólo se encontraban por la noche y los fines de semana. Una vez por mes, iban a Lille a pasar un fin de semana con sus padres y recibir la mesada. El dinero les alcanzaba para la comida, que iban a comprar al Marché Saint Germain, justo al lado, y para pagar el alquiler del pequeño apartamento, compuesto por cocina y una sala grande, donde tenían dos camas, un sofá, un armario, un escritorio y una bañera. El cuarto de baño, en la planta baja, era un pequeño cubículo con un inodoro blanco decorado con motivos azules, como si fuesen tatuajes sobre la porcelana, y servía para todos los inquilinos del edificio.

La carrera de Medicina resultó absorbente. El primer contacto con Anatomía resultó inolvidable. Agnès era de las pocas mujeres que iba a ese curso y tuvo mucho miedo la primera vez que entró en la sala de disecciones, donde se daría la primera clase de esa temida disciplina. En medio de la sala había una mesa y, sobre ella, se hallaba extendido el cadáver de un hombre desnudo. Los alumnos rodearon la mesa con un silencio respetuoso, fascinados ante la visión del muerto, y sólo el profesor parecía relajado, tal vez incluso algo divertido, sabía bien cómo fantaseaban los alumnos acerca de las siniestras experiencias de aquella cátedra, sobre todo antes de conocerla de verdad. El profesor Bridoux tenía fama en la Sorbona, entre los estudiantes de Medicina, por sus extravagancias con los cadáveres. Al contrario de la mayoría de los profesores de Anatomía, que disponían de cirujanos para las clases de disección, a Bridoux le gustaba cortar él mismo los cuerpos y poner al descubierto sus entrañas. Agnès conocía su legendaria fama de hombre morboso, una reputación entre los estudiantes que, en rigor, le aseguraba una clientela fiel; al fin y al cabo, el responsable de la cátedra de Anatomía era generalmente considerado, por su rareza, el personaje más fascinante de la facultad.

– Muy bien, señores -comenzó diciendo el profesor Bridoux mientras se frotaba las manos-. La palabra «anatomía» deriva del griego anatemnein, es decir, «cortar y abrir». -Levantó un dedo-. Van a iniciarse ahora en la disciplina más antigua de la Medicina y, si me permiten, vale la pena recordar aquí la importancia histórica de este trabajo. -Los estudiantes absorbían cada palabra, pendientes de la exposición de esta leyenda viva de la Facultad de Medicina-. Herófilo de Calcedonia y Erasístrato de Kos efectuaron las primeras autopsias trescientos años antes de Cristo, pero esta práctica se prohibió en el siglo ii por motivos religiosos. -Bridoux miró los rostros a su alrededor con expresión desafiante-. La religión, estimados alumnos, es la fuente del oscurantismo. Si ella los tienta, resistan. Si ella ya los ha tentado, desistan. La ciencia y la superstición no se llevan bien, créanme. Miren el ejemplo de esta noble disciplina nuestra, tan importante para el conocimiento del hombre. Pero, a pesar de su importancia, el oscurantismo religioso se impuso con tanta fuerza y duró tanto tiempo que hubo que esperar hasta el siglo xiv para que volviera a hacerse una autopsia en Europa. -Bridoux cogió un bisturí-. Durante todo ese tiempo, todo lo que la medicina sabía sobre la anatomía humana lo debía al trabajo del griego Galeno de Pérgamo, el médico de Marco Aurelio, que publicó un centenar de trabajos destinados, decía él, a traer luz a las tinieblas. Y no fue hasta el siglo xvi, señores, cuando alguien retomó los estudios de anatomía y fue más lejos que Galeno. -Miró a los estudiantes-. ¿Saben quién fue ese genio?

Un joven muy delgado, que Agnès sabía que era oriundo de Burdeos, levantó tímidamente la mano y el profesor le hizo una seña para que hablase.

– ¿Morgagni?

– Ese vino después -respondió el profesor Bridoux, blandiendo el bisturí-. El médico que fue más allá de Galeno, llegando incluso a cuestionar sus conclusiones, fue el belga Andreas Vesalius. Vesalius era conocido como «el Loco», fíjense, y tenía esa triste fama simplemente por poseer la pasión por el conocimiento. Comenzó disecando muchos animales y pasó después a los cadáveres de las personas ejecutadas en Bruselas. Llegó incluso a hacer autopsias en público, algo nunca visto hasta entonces. Expuso sus descubrimientos en Tabulae anatomicae sex y, sobre todo, en De humani corporis fabrica libri septem, el trabajo más fundamental de desarrollo de la anatomía, disponible en la biblioteca de la facultad para quienes deseen ejercitar su latín. -Alzó la mano derecha, en un tono dramático-. Pero, hélas!, nadie es profeta en su tierra. Vesalius fue tan hostigado por sus colegas por haber cuestionado a Galeno, por haber desafiado algunas de las viejas enseñanzas, que se vio obligado a emigrar a España, donde se convirtió en médico de la corte. -Bridoux miró al alumno delgaducho que había hablado hacía un momento-. Del mero estudio de la anatomía, las autopsias pasaron en el siglo xvii al estudio de la causa de la muerte de las personas como forma de ayudar a los vivos. Apareció entonces un nuevo científico. ¿Quién?

– Morgagni -sonrió el estudiante, ruborizándose y sintiéndose lisonjeado por la cortesía del profesor.