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Caminaron serenamente por las calles hasta Rio da Ponte, se quedaron oyendo el agitado rumor de las aguas frías y cristalinas del río Maior y subieron, aquella mañana soleada, hasta el Moinho do Canto, el paseo se hizo agotador y el calor era intenso, pero Afonso se sentía feliz. A pesar de haber salido del seminario disgustado y de las incertidumbres acerca de su futuro, en el fondo no le desagradaba estar libre de los monótonos rituales que marcaron su vida durante tres años. Por otro lado, la presencia de una chica a su lado lo embriagaba. Las mujeres provocaban en él un bienestar inexplicable, disfrutaba de la charla sin rumbo y de los silencios embarazosos, vivía el intercambio de miradas como un juego, se ocupaba de adivinar intenciones en los menores gestos y en las palabras más simples y se descubría dando y disimulando señales.

Ninguno de los dos, sin embargo, era muy bueno en el arte de la disimulación, o tal vez ninguno verdaderamente desease serlo. Caminando por la carretera, Carolina acercó su hombro izquierdo a Afonso, como quien no quiere la cosa, y sus brazos se rozaron repetidas veces. Uno o dos toques pueden ser accidentales, pero el roce permanente hacía al gesto intencional. El chico perdió el control de sí mismo a partir de ese momento, entrando en un estado de excitación que, contenida al principio, no dejaba de aumentar. Comenzó sintiendo que le hervía la sangre, que el corazón se le aceleraba, que la erección se notaba en los pantalones. Ella caminaba pegada a él, sin decir palabra, y él no hacía nada por apartarse. Jadeando, se atrevió a buscar la mano de la chica con los dedos, sin mirarla. Le tocó la mano y aguardó un instante, esperando a ver si ella lo evitaba, pero no lo hizo. Las manos se enlazaron y así siguieron caminando, siempre en silencio, mientras un torbellino de sentimientos trastornaba sus cabezas, el deseo se acumulaba como una tormenta que avanza en el cielo, conteniéndose en un volumen intenso antes de desencadenarse con furia sobre la tierra. Recorrieron todo el paseo de regreso cogidos de la mano. Al acercarse a la Casa Pereira, Carolina finalmente se desprendió de él.

– Mañana, a las diez de la mañana, espérame aquí, en la esquina -dijo.

Le dio un beso furtivo y corrió hacia la tienda. Se había reanudado el flirteo, pero no en el punto en el que había quedado cuatro años antes. Es cierto que Afonso, a pesar de la llamada de la carne, tenía que vencer aún las inhibiciones heredadas de los años de seminario. Pasó esa noche rezando, implorándole a la Virgen que lo protegiese del deseo, de la lujuria y del pecado. Cuando se durmió, sin embargo, no fue en la Virgen en quien pensó, sino en la virgen que deseaba. Tenía el cuerpo maduro. Imaginó mil pecados entre los cálidos brazos de Carolina.

Se despertó ansioso. Temprano, mucho antes de la hora señalada, fue corriendo hacia la Casa Pereira. Aguardó hasta las diez con impaciencia, nervioso, lleno de dudas y vacilaciones, su alma le aconsejaba prudencia, le tentaba la carne, acicateándolo. Cuando finalmente apareció Carolina, los dos se fueron por la carretera, otra vez cogidos de la mano, ahora camino de las salinas. Junto al pinar, Afonso la llevó al otro lado de la carretera, con el corazón agitado, la excitación imperiosa, las manos trémulas. Se tumbaron detrás de un arbusto. Procuró con su mano debajo de la falda, le quitó precipitadamente las bragas, con tanta torpeza que llegó a rasgarlas. Se colocó entre las piernas de Carolina, se quitó deprisa los calzoncillos y la penetró con ardor, ambos jadeantes, temblando de deseo, de voluptuosidad, de gemidos y suspiros. El cuerpo la cubrió, como un animal incontrolable, y desencadenó movimientos rápidos y acompasados, y no se detuvo hasta que los ojos se llenaron de estrellas y la carne estalló de placer.

Fue doña Alzira, vecina de doña Isilda, quien le dio la noticia a la madre de la muchacha.

– ¿Así que su hija Carolina ha conseguido novio? -preguntó Alzira desde el balcón de su casa mientras tendía la ropa al sol-. ¿Para cuándo es el casorio?

Doña Isilda, pillada desprevenida, se asustó. Se puso pálida y volvió la cara para ocultar la sorpresa, pero no fue lo bastante rápida. Alzira se dio cuenta de que le había revelado algo nuevo a su vecina y sonrió, maliciosa.

Lo cierto es que, a partir de entonces, la propietaria de la Casa Pereira no le quitó el ojo de encima a su hija y bastaron sólo dos días para enterarse de quién era el pretendiente. Se quedó sorprendida, no por descubrir que se trataba de Afonso, sino por comprobar que había sido ingenua, por haber pensado que la cuestión estaba zanjada, que los cuatro años de separación habían sido más que suficientes para enterrar el asunto. ¡Qué tonta había sido! ¿No conocía acaso a su hija? ¿Qué nube habría pasado por su cabeza para ignorar la naturaleza obstinada de la moza? Una naturaleza que ella, en resumidas cuentas, conocía más que bien.

Pero doña Isilda era una mujer práctica y sabía que no valía la pena perder el tiempo recriminándose, no era eso lo que resolvería el problema, lo que necesitaba ahora era un buen plan. Se puso a meditar sobre el asunto y concluyó, después de una larga reflexión, que de nada serviría intentar impedir lo inevitable, ella misma había sufrido la oposición de sus padres cuando comenzó a salir con quien sería su marido: en efecto, no fue esa oposición la que impidió la boda. Si se querían, ¿cómo podría resolver el asunto? Claro que tenía la opción de mandar a su hija a la casa de los primos de Lisboa, pero eso sólo serviría para tener a esa muchacha alocada libre como un pájaro y sabe Dios qué haría, lejos de su vigilancia, en aquella tierra de donjuanes y perdularios. No, la solución debía ser otra. Pensó un poco más. Afonso era, sin duda, un buen muchacho, admitió, el problema residía en su pobreza. Pero la verdad, siguió analizando, es que ya había recibido alguna educación en Braga, incluso sabía latín y hablaba lenguas extranjeras, lo que hacía de él un candidato más interesante. Para poder casarse con Carolina, no obstante, hacía falta que completase su educación, necesitaba alcanzar un estatus de caballero y tener ingresos seguros. Llegada a este punto de su razonamiento, doña Isilda comenzó a elaborar un nuevo plan. Le vino a la mente el rostro de su primo Augusto, mayor de artillería en el Ejército. Decidió escribirle, para preguntarle cómo podría convertirse en oficial un mozo de diecisiete años. La respuesta llegó a vuelta de correo.

Lisboa, 2 de junio de 1907

Querida Isilda:

Te agradezco la carta con las novedades de Rio Maior. Nosotros por aquí, muy bien. Odete anda con una tos terrible, pero el médico ha dicho que no hay problemas, me entrega unas recetas y me voy a buscar las medicinas a la farmacia. Parece que los alemanes tienen unos medicamentos nuevos muy buenos para los pulmones. Los chicos ya han sentado cabeza, y lo importante es que André ya va al Liceo del Reino.

Me tomo la libertad de suponer que la duda que me planteas sobre el Ejército significa que tienes a alguien en la mente. Para ser oficial es necesario hacer el curso completo en la Escuela del Ejército, aquí en Lisboa. Para ser admitidos, los candidatos tienen que haber aprobado algunas de las asignaturas de la universidad o de la Escuela Politécnica, pero no se trata de nada muy complicado. Tienen que tener un certificado de buena conducta, un certificado de antecedentes penales de la comarca y menos de veinticuatro años. Si fuesen menores de edad, hace falta una autorización del padre o del tutor. El coste de la matrícula oscila entre los cinco y los seis mil réis. Existe también un número limitado de plazas y los candidatos han de poseer cualidades físicas adecuadas para servir como oficiales, pero yo consigo arreglarte eso hablando con el comandante de la escuela, el general Sousa Telles, que suele visitar a mi padre.

Espero tus noticias. Dale un beso a Carolina.

Cariños de

Augusto

Doña Isilda tomó una decisión en cuanto acabó de leer la carta. Fue a hablar con Carolina, le contó que lo sabía todo y le dijo que llamase al muchacho. Quería conversar con él.