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Afonso apareció en la Casa Pereira al atardecer. Carolina lo introdujo, nerviosa, en el despacho de su madre. Informado de que doña Isilda estaba al tanto del noviazgo, le costó mirarla a los ojos y se sentó abatido en la silla, retorciéndose las manos apoyadas sobre sus piernas. No sabía qué decir y ella mantuvo un silencio pesado. Solamente lo rompió cuando se quedaron a solas.

– Vaya sacerdote que me ha salido -comentó doña Isilda con frialdad.

Afonso no dijo nada. Miraba al suelo, cohibido, con ganas de desaparecer de allí. Se sentía un traidor, alguien que había abusado de la confianza de quien le había prestado su ayuda. -Si no he entendido mal, estás saliendo con mi hija. Sintiendo que era una pregunta, el chico soltó un gruñido de asentimiento.

– Y quieres casarte con ella.

Afonso jamás había pensado en eso, se quedó incluso sorprendido de que doña Isilda llevase el asunto tan lejos y tan rápido, pero supuso en aquel instante que sería de mal tono negar que sus intenciones fueran honestas, así pues, volvió a asentir, esta vez con un silencioso movimiento de la cabeza.

– ¿Y se puede saber cómo pretendes mantenerla?

Afonso se encogió aún más en la silla. No tenía respuesta para esta pregunta, nunca se había enfrentado a semejante perspectiva. Se quedó callado y con los ojos bajos, al tiempo que unas gotas de sudor le brotaban de la frente. Hubo una nueva pausa pesada.

– Por tanto, si no he entendido mal, no tienes medios para mantenerla y quieres casarte con ella -concluyó doña Isilda con un suspiro, como quien dice que ya se lo imaginaba. Una pausa más-. Yo podría, claro está, colocarte en la tienda como dependiente, siempre ganarías algo, pero eso no alcanza. Como quiero lo mejor para mi hija, he decidido ayudarte a completar los estudios de modo que cuentes con medios para mantenerla.

El muchacho alzó la cabeza, con los ojos desorbitados.

– Gracias, doña Isilda -balbució.

– No me agradezcas nada todavía -interrumpió la viuda de forma áspera-. He hablado con un primo mío y existe la posibilidad de que ocupes una vacante en la Escuela del Ejército. Para dar mi consentimiento al noviazgo, quiero a cambio que te inscribas en esa escuela y te hagas oficial.

– Pero eso es caro, doña Isilda.

– No te preocupes por los gastos, que ése es mi problema. Lo que quiero es que se acaben los flirteos con Carolina mientras no te hagas oficial, no vaya a ocurrir una desgracia. Cuando salgas de allí siendo alférez, ya estarás en condiciones de formalizar la relación con mi hija. ¿De acuerdo?

Afonso la miró, indeciso.

– ¿De acuerdo? -insistió la viuda, imperiosa.

– ¿Cuánto tiempo dura la carrera?

– Deja que lo vea. -Sacó un folleto que le había enviado su primo y consultó la tabla-. Son dos años para infantería y tres para artillería.

– ¿Dos para infantería?

– Sí.

– Me apunto en infantería.

El acuerdo quedó cerrado y doña Isilda, presurosa, mandó inmediatamente a Afonso a la casa de su primo Augusto, con el pretexto de que el joven necesitaba prepararse para la admisión en la Escuela del Ejército. En rigor, el pretexto era verdadero.

Afonso no había cursado el instituto ni el politécnico y necesitaba aprobar algunas disciplinas como Trigonometría Esférica, Algebra Superior, Dibujo, Geometría Analítica y Geometría Descriptiva, con lo que cubriría los requisitos curriculares necesarios para matricularse en infantería o caballería.

El mayor Augusto Casimiro, el primo de doña Isilda, vivía en un piso de Belém con su mujer y sus dos hijos. Cuando desembarcó en el Rossio, Afonso siguió las indicaciones manuscritas por la madre de Carolina y le pidió al cochero que lo llevase hasta la Rua Direita de Belém. La familia Casimiro, que lo acogió con simpatía, le consiguió enseguida profesores particulares para las disciplinas exigidas. El muchacho tenía menos de dos meses para preparar los exámenes del politécnico y conseguir, así, los certificados que le permitirían ingresar en la Escuela del Ejército, y se empeñó con ahínco en los estudios. Sabía que no tenía otras opciones y que ésta era una inesperada y preciosa segunda oportunidad. Si fallaba, regresaría a Carrachana y no le quedaría más alternativa que seguir los pasos de su padre e ir a trabajar la tierra por la zona del Cidral o volver al aserradero donde Joaquim seguía perdiendo su juventud.

La mujer del mayor, doña Odete, debía de ser tuberculosa, porque tosía tremendamente. Afonso, imbuido de un espíritu cristiano que había adquirido en el seminario, se multiplicaba en esfuerzos para ayudarla. Iba muchas veces a la farmacia situada en una esquina de la calle, con el rótulo por encima de las elegantes canterías de las puertas y ventanas de la fachada que anunciaba: Laboratorio Franco. Especialidades Farmacéuticas. Allí recogía las medicinas que recetaba el médico. En una de las visitas a la farmacia reparó en la fotografía de un equipo de football pegada a la pared.

– ¿Quiénes son? -le preguntó al empleado mientras esperaba que le preparasen la receta.

El hombre sonrió.

– Es el Grupo Sport Lisboa -dijo con orgullo-. Es el team en el que yo juego.

– ¿Usted juega al football?

– Todos los domingos -exclamó, señalando enseguida al otro empleado de la farmacia-. Yo, Daniel y hasta el señor conde.

El conde era Pedro Franco, conde de Restelo y dueño del laboratorio Franco.

– ¿Cómo se llama exactamente el equipo?

– Hombre, es el Sport Lisboa, ¿nunca ha oído hablar de él?

– No.

– Ya veo que no le gusta el football.

– Al contrario, me gusta mucho.

– ¿Le gusta el football y nunca ha oído hablar del Sport Lisboa?

– Pues no.

– Caramba, hombre, usted anda un poco despistado.

– Ocurre que no soy de Lisboa, he llegado hace poco tiempo.

– Ah, vale -exclamó el empleado-. El Grupo Sport Lisboa nació en esta farmacia hace unos tres años. Es un club formado por chicos de la calle, los hermanos Catatau, los Carrillo y los Monteiro, toda gente que vive aquí y que se unió al grupo que era de la Casa Pia.

– ¿ Y juegan bien?

– ¿Si jugamos bien? -El empleado se rio-. ¡Hombre, usted realmente está en la Luna! El año pasado quedamos en segundo lugar en el primer Campeonato de Lisboa. Segundo lugar, ¿ha oído? Por delante de nosotros sólo está el Carcavellos Club y detrás quedaron el Lisbon Cricket y el CIF de los hermanos Pinto Basto.

– ¿Ah, sí? ¿Ustedes juegan con el Carcavellos Club? -preguntó Afonso, ahora genuinamente impresionado.

Ya en la época del Club Lisbonense, el Carcavellos Club era el equipo más temible que había, formado por ingleses del cable submarino. Si el team del empleado de la farmacia jugaba con el Carcavellos Club, razonó Afonso, debía de ser realmente bueno.

– Somos bicampeones de Lisboa -repitió el hombre con incontenible orgullo.

– ¿Puedo ir a ver algún partido?

– Este domingo, si quiere. Vamos a enfrentarnos con el Cruz Negra en un match amistoso. El campeonato no comienza hasta el otoño.

– ¿Y dónde es?

– Aquí al lado, en las Salésias, el campo que está al lado del cuartel. A las tres y media de la tarde.

Afonso no faltó al encuentro. Eran las tres de la tarde del domingo y ya había tomado asiento en las Salésias, un descampado rodeado de casas y que pertenecía a un cuartel de caballería. Las caballerizas estaban alineadas al fondo, y del otro lado se veía el Tajo deslizándose perezosamente hacia el mar. Había ya una pequeña multitud aglomerándose en torno al campo de tierra apisonada, observando a algunos jugadores que se entrenaban junto a porterías improvisadas. Unos vestían camisetas verdes con una cruz negra bordada al pecho, otros llevaban camisetas rojas y calzones blancos, entre ellos los dos empleados del laboratorio Franco. A Afonso le resultó fácil entender que los primeros pertenecían al Cruz Negra y los segundos al Grupo Sport Lisboa. Al cabo de media hora, un hombre con pantalones, corbata y chaleco llamó a los captains de los dos equipos y los tres eligieron el campo y la pelota. Era el referee.