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Trindade se rio.

– Vaya, Aplomadito, ¿así que no sabes quién es Moltke? -Meneó la cabeza-. No me sorprende, pues, que digas semejantes disparates. Puedes tener mucha cultura filosófica, no lo discuto, pero tu bagaje de historia militar, disculpa que te lo diga, deja mucho que desear. Moltke, amigo, fue el general prusiano que invadió Francia en 1870. Un gran general, si te interesa mi opinión.

– Pues te repito que es la primera vez que oigo hablar de ese individuo.

– Ya me he dado cuenta. Moltke no era un tipo de medias tintas, decía lo que muchos pensaban pero no se atrevían a expresar. Denunció la paz, sí, diciendo que la paz duradera es sólo un sueño, para colmo un sueño desagradable. Fue él quien destacó una evidencia de la que nadie quiere hablar, la de que la guerra es una parte necesaria del orden de Dios.

– ¿Y tú, Mocoso, crees en eso?

– ¿Y cómo no iba a creer? Fíjate en la historia, Afonso, fíjate en nuestro pasado. ¿Qué ves? Guerras, siempre guerras. Eso sólo puede significar una cosa, que las guerras forman parte de nuestra humanidad, de nuestra naturaleza, son un mal necesario y van a existir siempre. Moltke y Hegel tienen razón, créeme.

– Podría citarte otros autores que dicen exactamente lo contrario.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, el general Fortunato José Barreiros -respondió Afonso, que se refería a un antiguo comandante de la Escuela del Ejército, autor del Ensaio sobre os principios geraes da Strategia e de grande Tactica-. El considera la guerra el mayor flagelo que puede sufrir una nación, por lo que es conveniente abreviarla lo más posible.

– Barreiros está superado.

– Están también Voltaire y Adam Smith, quienes dicen que la guerra es el resultado de leyes equivocadas, falsas percepciones e intereses ocultos.

– Líricos.

Afonso suspiró, resignado.

– Mira, Mocoso, sólo espero que no haya ninguna guerra que te haga tragar todas esas ideas tuyas.

– Y yo, Aplomadito, espero que haya una guerra para que veas si tengo razón o no. -Alzó el índice derecho y adoptó un tono profesional, pomposo-. Las guerras hacen a los grandes hombres. Fíjate en el duque de Wellington, fíjate en Napoleón, fíjate en Afonso Henriques. Todos grandes hombres, todos hombres de guerra. Mata a un hombre por dinero y eres un criminal. Mata a mil hombres por una idea y eres un gran genio. Las cosas son así. El propio Nietzsche admitió que el colapso de nuestra civilización es el pequeño precio que hay que pagar para tener a genios como Napoleón. Nietzsche, querido Aplomadito, observó que la infelicidad de las personas insignificantes de nada vale, a no ser en los sentimientos de los poderosos. La crueldad espiritualizada e intensificada es la forma más elevada de cultura.

– Nietzsche es idiota.

– No, Afonso. Nietzsche es un genio.

Los choques intelectuales con Trindade generaban en Afonso un sentimiento ambivalente. Por un lado, apreciaba el duelo de ideas, el placer de la discusión filosófica, el descubrimiento de nuevos caminos, la exploración de conceptos diferentes, la revelación de novedades. Pero, por otro, se debatía con un sentimiento contradictorio de fascinación horrorizada, se descubría seducido por aquellas ideas tan radicales y agresivas y, al mismo tiempo, atemorizado por alimentar esa atracción, experimentaba una repulsa moral contra los valores tan antagónicos con respecto a los que había adquirido en el seminario, intuía que su amigo despertaba en él una racionalidad animal que sólo podía reprimir la fuerza de la voluntad moral. Por eso mismo, sólo buscaba a Trindade cuando deseaba un diálogo estimulante, combativo.

Por estas razones, su amigo más próximo no era el Mocoso, sino Gustavo Mascarenhas, un inquieto joven de Vila Real a quien conoció ya desde los primeros días. A Afonso le resultó curiosa la coincidencia de que sus mejores amigos fueran tramontanos, ya en el seminario su gran compañero había sido Américo, el gordito de Vinhais. Mascarenhas no era gordo, sino corpulento y musculoso, tenía incluso un aspecto de troglodita, aunque fuese inteligente y divertido. Provenía también de una familia de militares, su padre era coronel de caballería; Mascarenhas pretendía seguirle los pasos. Para que no lo acusasen de imitador y de falta de imaginación, optó por la infantería, incluso porque en Vila Real estaba instalada la Infantería 13 y le convenía quedarse cerca de casa, siempre sería más cómodo.

Como ambos se encontraban lejos de la familia, los domingos Afonso solía llevar a Mascarenhas al football, pero no coincidían en las simpatías. El chico de Rio Maior era un supporter del Sport Lisboa, pero el de Vila Real prefería al Sporting Club. Ambos discutían frecuentemente la importante cuestión de determinar quiénes eran los mejores players. Afonso argüía que, sin los ocho atletas que había ido a buscar al Sport Lisboa, el Sporting Club no sería nada ni ganaría a nadie, pero Mascarenhas le replicaba defendiendo a Francisco Stromp, el crac del emblema del león que no había venido del club del águila, e insistía en que el Sporting era un club en serio, tenía campo e instalaciones adecuadas, mientras que el Sport Lisboa no era más que un hatajo de desharrapados.

El football y sus rivalidades llenaban así sus conversaciones, aparte de «las chicas», claro, pero Afonso tenía también otros intereses. Se pasaba tardes enteras encerrado en la biblioteca de la escuela. Apreciaba el olor dulzón a papel viejo que impregnaba el aire y disfrutaba del aspecto eminente de los armarios cargados de libros y apoyados en las paredes, cuya madera, de caoba tallada, hacía contraste con la tarima de cerezo claro barnizado. Había escaleras de caracol, en dos esquinas de la biblioteca, que permitían acceder a una barandilla de caoba que se extendía por todo el perímetro de la sala, a unos tres metros de altura, y donde había más libros, lugar por donde al cadete le gustaba deambular examinando los lomos en busca de ejemplares con títulos que le parecían pintorescos: Instrucciones para el campeonato del caballo de guerra, Arquitectura sanitaria, Nomenclatura de máquinas de vapor y El combate de la infantería contra la caballería. La mayor parte de las obras guardadas allí eran textos militares, pero Afonso descubrió ejemplares de Ees voy ages extraordinaires de Jules Verne, editados por la Collection Hetzel. Como leía bien francés, gracias al padre Fachetti, devoró el Voyage au centre de la Terre y Michel Strogoff. Después siguió con divertida atención los absurdos problemas balísticos propuestos en De la Terre a la Lune.

Verne lo hacía soñar, pero la biblioteca disponía de pocos libros de ficción y Afonso se vio forzado a llevar frecuentemente novelas a ese lugar, obras que leía absorto, con las páginas iluminadas por la luz natural que entraba difusamente por las dos grandes claraboyas abiertas en el techo. Fue allí donde conoció a Machado de Assis y lo angustió la duda de saber si Capitú había traicionado o no a Bentinho en Don Casmurro; fue allí donde devoró a Eça de Queiroz y se escandalizó con El crimen del padre Amaro, sobre todo porque imaginaba que los tormentos de la carne sólo lo atacaban a él y a unos pocos más en el seminario. Primero se negó a aceptarlo, aunque le habían advertido que aquél era un libro de pecado, de lujuria, de voluptuosidad, ¿dónde se ha visto que se describa a los sacerdotes de esa manera? ¿Cómo se atrevió el escritor a colocarlos en aquella situación? Qué falta de respeto, debería prohibirse.

No obstante, por la noche, meditando sobre lo que leía, pensaba que tal vez aquello no fuese un disparate. Se acordó de que san Agustín había abordado el problema de la sexualidad y fue a consultar sus Confesiones. En la mitad del texto, entre las asombrosas revelaciones de la promiscuidad sexual del santo cuando era joven, sobresalía la súplica de san Agustín a Dios, a quien le imploraba: «Señor, hazme casto, pero no todavía». ¿Pero no todavía? Poco a poco Afonso acabó concluyendo que, en resumidas cuentas, aquélla era una tentación universaclass="underline" «Todos son del mismo barro». Esta corta frase de Ega, simple pero poderosa, se le quedó grabada en la mente. Sí, es evidente, todos son del mismo barro, si se observa bien es realmente así, qué afirmación tan reveladora y verdadera, si hasta san Agustín había cedido a la pecaminosa tentación, ¿qué decir de los otros, qué decir del padre Álvaro? Pues sí, el padre Álvaro. Al fin y al cabo, hasta el padre Álvaro, el buen padre Álvaro que lo había acogido y lo había ayudado en Braga, estaba hecho de aquel barro. Hasta el austero vicerrector, casto y castigador, justiciero y vengador, tenía sin duda sus pequeñas tentaciones, tal vez, quién sabe, si investigasen sus máculas, también merecería su cartita lacrada, la misma carta que, por mucho menos, echó a Afonso, pero que jamás se dirigiría a sí mismo por pecados quizá mucho peores. ¡ Ah, los filisteos!