– ¿Se da cuenta de que nos parecemos? ¿Se da cuenta? Tal como yo, también usted juzga a los demás por su aspecto.
– Vaya novedad, todos lo hacemos. Pero dígame entonces de dónde es.
– Soy de la región más atrasada de Francia, fíjese.
– ¿Es de Córcega?
– Bien, soy atrasado pero no hay que exagerar. -Serge se rio-. No, vengo de la Bretaña.
– ¿Ah, sí? Y ¿qué está haciendo un bretón en París?
– Lo mismo que usted, supongo. Estoy estudiando.
– ¿Y qué estudia?
Serge reviró los ojos y suspiró.
– Estoy terminando Derecho en el Collège de France.
– Quien lo oyese hablar diría que no le gusta la carrera.
– ¡Bah!
– ¿No le gusta su carrera?
– Nada.
– ¿Y por qué sigue?
– Oh, es muy complicado -dijo él con un gesto de fastidio-. En primer lugar, porque vengo de una familia de abogados, el Derecho es una tradición que viene de lejos. Causaría un disgusto en mi casa si no siguiese la carrera. Además, porque lo que a mí me gustaría hacer no alcanza para alimentar a nadie. Por otra parte, no tengo talento para dedicarme a lo que realmente me apasiona.
– ¿Y qué le apasiona?
– El arte.
Agnès hizo un gesto de agradable sorpresa.
– Ah, ¿usted es artista? ¿Es músico?
– No. -Serge sonrió-. No soy artista ni músico. Pero me interesa mucho la pintura, me encantaría saber pintar.
– Como Cézanne…
– Sí, Cézanne me gusta, pero ahora hay otros artistas más interesantes, artistas verdaderamente revolucionarios.
– ¿Quiénes?
– Picasso, Braque, Derain…
– Nunca he oído hablar de ellos.
– Es natural, sólo son conocidos en el medio e, incluso allí, no siempre por los mejores motivos.
– ¿Por qué?
– Porque su pintura rompe con las reglas clásicas. Y cuando se rompe con las reglas clásicas… oh la la… ¡Hay gente que no está de acuerdo!
– ¿Y con qué reglas han roto?
– En primer lugar, la perspectiva. -Cogió un lápiz e hizo un dibujo en una hoja-. ¿Lo ve? Cuando dibujamos algo, lo hacemos siempre a partir de un punto. Un poco como en las fotografías, que se sacan desde un punto hasta otro. Nosotros vemos el otro punto por la perspectiva del punto desde donde se ha sacado la foto o se ha hecho la pintura. Eso es la perspectiva. Pero estos nuevos pintores han decidido hacer cuadros desde varias perspectivas simultáneas.
– Eso no es posible.
– No sólo es posible, sino que ellos lo han hecho. Picasso comenzó a pintar objetos con el afán de mostrar sus tres dimensiones, colocando muchas perspectivas en el mismo cuadro. Hace como si fuesen fotografías superpuestas del mismo objeto, en las que vemos el objeto simultáneamente desde varios ángulos, desde varias perspectivas. Eso fue lo que hizo, pero no se quedó ahí. En vez de mostrar los objetos como unidades, los cortó en pedazos y comenzó a pintarlos de forma fragmentada.
– Pero ¿se puede entender así la pintura?
– No se entiende nada -exclamó Serge con una carcajada contagiosa. Abrió los brazos e hizo un gesto amplio con las manos-. El título del cuadro nos da una indicación y nosotros, a partir de ahí, logramos descubrir el objeto, que está sólo insinuado. Pero, si no conocemos el título, resulta un mero conjunto de figuras geométricas indescifrables. Como si el pintor partiese de una imagen concreta y después removiese los rasgos de la realidad, creando una amalgama de formas y colores.
– ¿Y el resultado es bonito?
– No sé si es bonito, es una cuestión de gusto, pero tenga en cuenta que la idea es fascinante.
Lo que a Agnès le pareció realmente interesante en Serge fue su conservación, diferente de la de los demás chicos que había conocido. En vez de intentar proyectar una imagen de hombre fuerte, viril y protector, Serge parecía más empeñado en hablar de arte. Tenía alma de artista, mirada soñadora, una forma dulce de hablar y muchos conocimientos del ambiente artístico, gracias sobre todo a sus amistades con la gente de la École des Meaux-Arts. Otra característica era que se mostraba frágil; Agnès se sorprendió al verse atraída por esa cualidad. Descubrió que le gustaban los hombres frágiles, no sabía por qué, pero la vulnerabilidad la conmovía, le despertaba tal vez un tierno sentimiento maternal.
Para el segundo encuentro eligieron Le Procope, supuestamente el más antiguo café del mundo, con fama de haber sido frecuentado por Voltaire y Napoleón. Después de beber dos tazas de chocolate caliente y de ponerse de acuerdo en tratarse de tú, Serge invitó a Agnès a visitar la galería Kahnweiler, donde, según él, estaban revolucionando el mundo de la pintura. Caminaron los dos bajo un paraguas hasta la Rue Vignon y, al dejar atrás la puerta de la galería aquella tarde lluviosa, Agnès entró en el universo del cubismo.
Kahnweiler exponía en ese momento varios trabajos importantes terminados hacía poco, todos de pintores aún poco conocidos: se veían allí L'oiseau bleu, de Metzinger; La femme et l'ombrelle, de Delaunay; y Compotier et verre, de Braque. Pero la sorprendieron sobre todo los tonos naranja y amarillo tostado de Femme dans un fauteuil, de Picasso. Se quedó asombrada mirando el desconcertante cuadro, se preguntó incluso si eso sería realmente pintura y vaciló un buen rato antes de opinar, le daba vergüenza parecer una ignorante.
– Esta mujer no tiene rostro -exclamó finalmente, conteniendo apenas la decepción.
Era lo mínimo que podía decir de la grotesca imagen expuesta, se sentía casi defraudada, como un gourmet a quien alguien le ha prometido gratin de queues d'écrevisses y acaba viéndose obligado a comer caracoles fritos.
– No, no tiene rostro -comentó Serge-. Lo que ocurre es que el rostro está reconstruido, así como el cuerpo. -Señaló un detalle del cuadro-. Fíjate aquí: son los senos, aquí se ven los pezones. En el fondo, la idea es presentar un cuerpo fragmentado donde el todo se reconoce a través de las partes.
– Pero, aparte del sillón, los senos y el periódico, yo veo casi solamente figuras geométricas…
Serge sonrió.
– Ahí está el truco. El pintor ha insertado figuras sintéticas cubistas, las geometrías, en un espacio clásico, tradicional. El efecto es sorprendente, ¿no te parece?
Agnès hizo una mueca resignada.
– Sorprendente es, no me cabe la menor duda. Pero ¿será realmente arte?
– Y del más puro -aseguró Serge con entusiasmo-. Yo sé que, para quien lo ve por primera vez, se produce siempre un choque, estos cuadros violan todas las convenciones, remueven nuestras más profundas convicciones sobre qué es la pintura. Yo mismo, cuando empecé a ver las pinturas cubistas, confieso que no me quedé muy convencido. Pero ¿sabes?, esto es como la cerveza: la rechazamos al principio, pero después no podemos pasar sin ella.
Al anochecer, cuando salieron de la galería, Agnès dejó que Serge apoyase la mano en su hombro, enlazándose ambos debajo del paraguas. Comenzó el noviazgo esa tarde y una semana después, rendida a los encantos de aquella alma de artista, perdió la virginidad.
Se sucedieron los proyectos compartidos a una velocidad asombrosa. Aún no había terminado el invierno y Serge ya la invitaba a cenar en el Pharamond, el famoso restaurante de Les Halles, donde pidieron boeuf en daube regado con sidra de Normandía. Después del postre, él le dio las manos y, a la luz de las velas y al son de un violín previamente contratado, le propuso matrimonio.
– Cásate conmigo, dulce princesa.
Al «oui» emocionado de Agnès le siguió un brindis con un afrutado Beaujolais Villages que él, cuidadosamente, cató y aprobó.