– Was für ein schreckliches Wetter! -vociferó entre dientes, con su voz ronca y baja, rezongando contra el tiempo y el frío.
Alzó los ojos hacia el cielo gris, buscando inexistentes rayos de sol, pero su atención fue atraída por la soberbia fachada que se levantaba enfrente. El general se detuvo frente a los enormes portones abiertos, y admiró la arquitectura del edificio del Consistorio Municipal e ignoró a los soldados que se cuadraban y la extraña estatua de hierro que protegía la entrada.
– Was ist das für ein Kunststil? -preguntó al ayudante de campo, sin apartar los ojos de la fachada. Quería saber cuál era el estilo arquitectónico de la Mairie.
– Gotik, Herr Kommandant.
El ayuntamiento de Mons estaba situado en la plaza principal de la ciudad, capital de Hainant, provincia belga ocupada. Era un antiguo fuerte del siglo xv, construido en estilo gótico, imponente, la fachada pintada de rosa y decorada con sumo detalle por los arquitectos y pedreros medievales. La estatua de hierro colocada junto a la gran puerta era la popular Grande Garde, el mono de la Guardia, una escultura de la Edad Media, de origen desconocido, que mostraba a un mono en cuclillas, con la mano izquierda rascándose la cara. Al lado de la original estatua había una tablilla con Eintritt Verboten escrito en gruesas letras góticas, una prohibición de ingreso, obviamente destinada a los civiles belgas. En lo alto del edificio, en la zona central, se alzaba, como una corona imponente, una torre casi cilíndrica, en cuya base un reloj marcaba las 8:09.
Era la mañana, en Mons, del 11 de noviembre de 1917, según indicaba el calendario. Después de apreciar la fachada del Hotel de Ville, el general recién llegado dejó atrás los portones, atravesó el túnel y llegó al jardín interior, llamado Le jardín du Mayeur. Lo cruzó, entró por una puerta ancha, subió al salón noble de la sede del municipio, el ayudante de campo tras él, y saludó apresuradamente al grupo que lo esperaba.
– Guten Morgen -saludó el general Erich Ludendorff, cuartel maestre general de las fuerzas armadas alemanas, el cerebro por detrás de las operaciones militares de Alemania, el tercer hombre en la jerarquía militar del país, después del comandante en jefe, el káiser, y del mariscal Paul von Hindenburg, pero en realidad el verdadero comandante de todos los ejércitos alemanes, la gran eminencia gris del país.
En el salón trajinaban unos hombres uniformados, atareados en medio del bullicio de la actividad, frente a un mapa gigantesco, desplegado sobre la mesa, en el centro, del sector del frente occidental. Cuando entró el general, se impuso instantáneamente el silencio, los hombres se cuadraron e hicieron la venia.
– Guten Morgen, Herr General -exclamaron todas las voces, más o menos al unísono; el sonido reverberaba en el salón.
Los miembros subalternos de los diversos estados mayores abandonaron rápidamente el local, en medio de una agitación de papeles revueltos y botas que retumbaban en la tarima impecablemente encerada. Los sonidos se fueron alejando y la tranquilidad se instaló poco a poco hasta que el silencio se abatió del todo en el ambiente de la sala. Ludendorff apoyó la cartera que llevaba en la mano, se quitó de la cabeza el característico pickel-haube, el imponente casco negro con una flecha gótica apuntada hacia arriba, se sentó en el sillón que le estaba reservado, en posición dominante j unto a la mesa, se limpió el monóculo con meticulosa atención, lo ajustó al ojo y, callado y escrutador, miró a los tres altos oficiales que tenía enfrente. Estaba reunido el Oberst Heeresleitung, el Comando Supremo Alemán, en un consejo de guerra que se revelaría decisivo.
– Meine Herren -comenzó el general en tono vigoroso-. He estado conferenciando con el mariscal Hindenburg y hemos decidido anticipar la ofensiva de la primavera.
No estaban a la mesa los comandantes de los diversos cuerpos de ejércitos alemanes, sino, como era costumbre en la tradición marcial de Alemania, los respectivos jefes de Estado Mayor. Eran ellos quienes discutían la estrategia, no los comandantes nominales. Sentado con Ludendorff se encontraba el general Hermán von Kuhl, jefe de Estado Mayor del cuerpo de ejércitos del príncipe Rupprecht de Baviera y anfitrión de aquella cumbre. En Mons era donde estaba asentado el cuartel general del príncipe Rupprecht, y eran sus tropas bávaras las que garantizaban la seguridad del edificio, con los estandartes ajedrezados en azul y blanco de Baviera al lado de la bandera de Alemania en la fachada del municipio. También se encontraban presentes el general Von der Schulenberg, jefe de Estado Mayor del cuerpo de ejércitos del príncipe heredero, Guillermo, y el consejero de estrategia del propio Ludendorff, el coronel Georg Wetzell.
– Como saben, la entrada de América en la guerra, hace siete meses, ha modificado el panorama -declaró Ludendorff con un suspiro-. Los soldados americanos ya están llegando en gran número, pero creemos que hasta el verano su influencia no podrá ser decisiva en el teatro de operaciones.
– Estamos en una carrera contra el tiempo -observó Von Kuhl.
– Ni más ni menos -coincidió Ludendorff-. La inminente salida de Rusia de la guerra nos ha liberado el frente este y nos ha abierto una ventana que tenemos que aprovechar. Nuestras fuerzas del este ya han comenzado a afluir en el frente occidental y, por primera vez, comenzamos a tener ventaja numérica sobre los franceses y los ingleses. Tenemos ahora ciento cincuenta divisiones en el frente occidental y podremos aumentar en breve nuestro contingente con treinta divisiones más provenientes del frente este, pacificado, y de Caporeto, donde derrotamos a los italianos. Esta ventaja va a durar poco tiempo, por culpa de los americanos, y por ello tenemos que sacar el máximo partido posible de la situación actual. La primera cuestión es saber dónde vamos a atacar.
– ¿De qué tipo de ataque estamos hablando? -quiso saber Von Kuhl.
– De un ataque decisivo -aclaró Ludendorff con un gesto vehemente-. Nuestra ofensiva tendrá que doblegar a los aliados y obligarlos a firmar la paz. Ni más ni menos. Será la ofensiva la que nos dará la victoria.
– En ese caso, sólo veo un sitio posible -dijo Von Kuhl-: Flandes.
– ¿Flandes? -preguntó Ludendorff, sonriente.
El cuartel maestre general sabía que Flandes era justamente el sector situado frente al VI Cuerpo de Ejércitos del príncipe Rupprecht de Baviera, cuyo jefe de Estado Mayor era el propio Von Kuhl.
– Flandes -confirmó Von Kuhl-. Los ingleses han quedado agotados después de la batalla de Passchendaele; éste es el momento de asestarles el golpe decisivo.
– Flandes no me parece buena idea -interrumpió Von der Schulenberg, meneando la cabeza-. Los ingleses son huesos duros de roer y creo que es mejor que entremos por el sector francés, menos disciplinado.
– ¿Y en qué sector francés está pensando? -preguntó Ludendorff.
– Bien, Verdón me parece el sitio ideal -afirmó Von der Schulenber-. A los franceses se los ha castigado duramente en Verdón, y pienso que existen condiciones para quebrantarlos.