– ¡Marcel! -llamó el barón, volviéndose hacia el pasillo de la izquierda.
Asomó solícito un hombre calvo con chaleco oscuro en el foyer.
– Oui, m'sieur le barón?
– Acompaña al ordenanza a la habitación de nuestro invitado para que deje allí la maleta.
Marcel ayudó a Afonso a quitarse el abrigo, lo colgó en un armario del foyer y luego guio a Joaquim por la escalinata, con la maleta en la mano, hasta que ambos desaparecieron en el piso superior.
– ¿Tiene hambre? -preguntó el barón, avanzando hacia la sala, a la derecha.
– He cenado en un estaminet, gracias -respondió el invitado.
– Pero no se negará a beber un licor…
– Allons y!
El salón estaba templado, agradable, las maderas oscuras iluminadas por las velas encendidas en las paredes y en las mesas, proyectando luces amarillentas y sombras trémulas sobre los sofás, los muebles y la tarima cubierta de alfombras. En la pared junto al sofá ardía leña en una chimenea intensa, entre chispas y crepitaciones, algunos trozos de madera amontonados en un cesto de mimbre esperaban que alguien los usase para alimentar aquel fuego acogedor. El barón se dirigió al bar y cogió dos copas.
– Cognac? ¿Oporto?
– ¿Tiene whisky?
El barón se rio.
– Whisky? No me imagino a un portugués bebiendo whisky…
– La culpa es de los oficiales del regimiento escocés -sonrió Afonso-. Los jocks me presentaron el whisky y ahora no quiero otra cosa.
– Pero mire que los ingleses hacen siempre los brindis con oporto -puso de relieve el barón-. Sólo se inclinan por el whisky cuando ya no hay más oporto.
– Lo sé, lo sé, pero ¿qué quiere? El whisky me estimula más.
El anfitrión se inclinó, cogió una botella y la apoyó en la barra del bar. El líquido dorado danzaba y brillaba dentro del recipiente delgado, cuya etiqueta rezaba «The Balvenie».
– Tengo este blended scotch que seguramente le gustará -anunció-. Me lo regaló un coronel del regimiento de Yorkshire. -Alzó la cabeza y miró en dirección a la chimenea-. Agnès, qu'est-ce que tu prends?
Afonso miró en la misma dirección, sorprendido. De una mecedora a la sombra, junto a la chimenea, salió una bocanada suave de humo gris azulado que rápidamente se disipó en el aire. El oficial portugués notó por primera vez la presencia femenina en el salón.
– Du champagne -murmuró una voz dulce, impregnada de una entonación tierna de la que sólo son capaces las mujeres francesas.
El capitán intentó distinguir el rostro de la mujer, pero la sombra allí era densa y sólo identificó el perfil de la mecedora y de la cabeza femenina, unas piernas largas que asomaban en la penumbra, medio escondidas entre un vestido rojo con volantes blancos, desconcertante y sensual.
– M'dame -saludó, bajando levemente la cabeza y mirando sin verla.
– Asseiez-vous, s'il vous plait -dijo la mujer, señalando con la mano un sofá junto a la chimenea, con un cigarrillo entre los dedos.
Afonso cogió el vaso con scotch y el otro con champagne, que entre tanto había preparado el barón, y se acercó a la mecedora. La silla giró y la mujer se incorporó con delicadeza; avanzó un paso para recibir el champagne. El capitán absorbió primero y estimuló en sus sentidos la fragancia de L'heure bleue que emanaba de aquel cuerpo escultural, la armoniosa mezcla de rosas, lirios, vainilla y almizcle del sofisticado perfume de Guerlain. Después, la oscilante luz amarillenta de la chimenea iluminó el misterioso rostro, descubriendo sus rasgos finos y distinguidos, sus cabellos castaños, largos, y los rizos con mechones rubios, la nariz pequeña y delicada, los ojos de un verde profundo y luminoso, el aspecto dulce y vulnerable, una sonrisa enigmática en sus labios gruesos y bien delineados. Traslucía un tono sereno, algo inaccesible, en aquel rostro bello, sublime incluso, de francesa coquette. Afonso recibió el impacto, sintió una falta súbita de aire, ¡oh, qué encanto!, se quedó perturbado por el brillo que ella irradiaba, la belleza de esa mujer era deslumbrante, inalcanzable, tanto que se hacía difícil mirarla de frente e imposible dejar de mirarla. El capitán se sintió paralizado por la sorpresa, no esperaba ver allí una flor semejante. Una mujer joven, tal vez de unos veinticinco años, poco más joven que él mismo, una joya rara tan cerca del sector del frente. ¿Sería hija del barón?
– Ma femme -la presentó el barón, acercándose con su cognac-. Agnès.
– Enchanté, madame la baronne -saludó el oficial, esforzándose lo más posible por ocultar la perturbación que le causaba la mujer y la fuerte decepción al enterarse de que estaba casada con su anfitrión. Le besó la mano y se presentó-: Je suis le capitaine Afonso Brandão, a sus órdenes.
– Alphonse? -sonrió la francesa.
– Si lo desea…
La sonrisa se deshizo en el rostro de Agnès en el momento en que por primera vez lo vio de cerca. La francesa lo miró intensamente, por momentos pareció reconocerlo, vaciló, lo examinó de arriba abajo, observó su aspecto soñador, dulce, los ojos grandes y penetrantes, la tez pálida, la nariz recta, el bigote bien diseñado, el pelo castaño oscuro corto y bien peinado, el porte altivo y tranquilo. Suspiró.
– Usted me recuerda a alguien que conocí una vez -dijo con lentitud, algo seria, tal vez solemne, con una inesperada palidez que le desdibujaba el semblante, era evidente que una enigmática perturbación ensombrecía su mirada. Pero deprisa el rostro marmóreo se volvió a iluminar con una sonrisa, primero forzada y tensa, después gradualmente genuina y fácil, con un candor que llegó a ser apabullante-. ¿De dónde viene usted, Alphonse?
– De Merville.
– No. -Agnès se rio, esforzándose por mostrarse más alegre, parecía que se había transformado en unos pocos segundos-. ¿Cuál es su país?
– Soy portugués, m'dame.
– On dit que les portugais sont toujours gais -exclamó, citando un dicho francés según el cual los portugueses son siempre divertidos.
– Pas toujours, m'dame -negó Afonso.
Agnès hizo una mueca tristona con la boca, como si estuviese decepcionada.
– ¿Usted no es divertido?
– Lo soy -exclamó, corrigiendo su primera respuesta y deseando complacerla-. Pero si viese a mis generales…
La baronesa volvió a sentarse en la mecedora y los dos hombres se acomodaron en el sofá, un refinado canapé de haya tapizado en gros y petit point. Afonso no pudo evitar pensar que había una sensible diferencia de edad en la pareja anfitriona: él rozaba los sesenta; ella, unos treinta años más joven, tendría alrededor de veinticinco. Era hermosa como una princesa, pero vivía encerrada en aquel palacete, una prisionera encarcelada en una tierra de miseria y desolación, rodeada de ruinas y destrozos, en un mundo de hombres y rencores, con la guerra cerca y el enemigo a las puertas. Extrañamente no se marchitaba, esa vulnerabilidad la hacía aún más atrayente, más deseable, más frágil, era como una flor porfiadamente expuesta a una tormenta, delicada pero obstinada, y esa impactante porfía despertaba en el oficial un inexplicable e irresistible afán de protección.