– Quiero agradecer que me hayan recibido -dijo Afonso, aclarando la voz y mirando esos perturbadores ojos verdes, envolviéndose así, casi sin darse cuenta, en un sutil juego de seducción.
– Oh, es un placer -repuso Agnès, devolviéndole la mirada y aceptando el juego-. Jacques y yo estamos convencidos de que debemos cooperar con el esfuerzo de la guerra.
– No puedo negarme a una petición del presidente del ayuntamiento -comentó el barón-. Pero a veces me da la impresión de que monsieur le maire cree que mi château es un hotel, y eso me fastidia.
– C'est la guerre, Jacques -exclamó la francesa con una expresión reprobadora de las palabras de su marido.
Afonso se dio cuenta de que, aunque intentaba ocultarlo, el barón no se sentía del todo complacido con su presencia. El alojamiento de militares en el castillo le llegaba impuesto por el alcalde del consistorio de Armentières, encargado de instalar a los oficiales de los ejércitos expedicionarios aliados que combatían en Francia. En aquel sector se concentraban la 1a y la 2a Divisiones del Cuerpo Expedicionario Portugués, el CEP, flanqueado, a la izquierda, por la 38a División del XI Cuerpo, y, a la derecha, por la 25a División del I Cuerpo, ambas pertenecientes al I Ejército de la British Expeditionary Force, la BEF, fuerza expedicionaria británica. Los soldados que no ocupaban el frente se instalaban en fincas rústicas de la región, a veinte céntimos por noche con cama y cinco céntimos cuando no había cama. Por cada caballo se pagaban cinco céntimos por establo cerrado, y los propietarios franceses se reservaban el derecho a quedarse con el estiércol para usarlo como abono. Las autoridades civiles francesas se mostraban, sin embargo, empeñadas en evitar, en la medida de lo posible, que los oficiales ocupasen los corrales y las caballerizas donde dormían los soldados y los solípedos. Un oficial pagaba un franco por noche y se sentía naturalmente con derecho a instalaciones más dignas que las plazas y los animales. Pero, con las pensiones atestadas, las casas particulares ya requeridas y los hoteles que cobraban tarifas inaccesibles, a veces sólo quedaban como alternativa los palacetes de la región.
– ¿Cómo va la guerra, capitán Alphonse? -quiso saber la baronesa-. ¿Es como dicen los periódicos?
– ¿Y qué dicen los periódicos?
– Que estamos ganando.
– No se puede creer siempre en los periódicos…
Agnès se sorprendió.
– ¿Estamos perdiendo?
– No, no ganamos ni perdemos. Estamos inmovilizados.
– Pero ¿no es verdad que el enemigo ha retrocedido hace algunos meses?
Afonso sonrió.
– Retroceder, ha retrocedido. Pero ha retrocedido por iniciativa propia, no porque los hayamos empujado nosotros.
– ¿Cómo es eso? -interrumpió el barón, con la garganta templada por el cognac-. Si ellos retroceden, se debe a que nosotros avanzamos, nadie retrocede porque le apetece.
– Lo que ha ocurrido, m'sieur le baron, es que los boches construyeron unas trincheras mejores en una posición elevada, en la retaguardia de sus trincheras habituales, y después abandonaron sus posiciones y fueron a instalarse en esas trincheras. Llamamos a ésas nuevas posiciones la línea Siegfried, pero parece que los boches la llaman línea Hindenburg. Sea como fuere, este retroceso significa, para la Siegfried, que han perdido unos kilómetros pero han ganado posiciones casi inexpugnables.
– Entonces, ¿no cree que vayamos a ganar la guerra?
– Para ganar la guerra es necesario que la guerra acabe -comentó el capitán con frialdad.
– ¿Y ésta no va a acabar? -quiso saber Agnès.
– No da señales de que pueda acabar. Fíjese en que ya estamos a 20 de noviembre, pronto acabará 1917; por tanto, la guerra lleva ya más de tres años y las posiciones permanecen estáticas. Ni nosotros avanzamos ni ellos se mueven.
– Usted es un hombre de poca fe, por lo que veo -comentó la francesa.
– Por el contrario, m'dame, soy un hombre de fe.
– Pues no lo parece -observó ella-. ¿No fue en su país donde apareció, el mes pasado, la Virgen para anunciar el inminente fin de la guerra?
– Sí, ya he leído esa noticia -dijo, inclinándose para coger su cartera-. Hasta tengo aquí un periódico que me mandaron hace días con referencias a esa aparición, fíjese.
El capitán sacó de la cartera un ejemplar de O Século, una hoja enorme doblada en dos, es decir, con cuatro páginas, y arrugada por el cartero, pero perfectamente legible. El periódico era del lunes 15 de octubre, es decir, de treinta y cinco días antes. Las dos columnas del lado derecho de la primera página estaban ocupadas, de arriba abajo, por un texto dedicado al tema, cuyo antetítulo anunciaba en caja alta: «¡Cosas asombrosas!». Su título aludía a: «Cómo el sol se movió al mediodía en Fátima». El subtítulo era largo: «Las apariciones de la Virgen. En qué consistió la señal del Cielo. Varios miles de personas afirman que se produjo un milagro. La guerra y la paz».
Agnès se inclinó para ver mejor el periódico.
– ¿Quiénes son? -preguntó, señalando una gran fotografía que, por encima del texto, mostraba a tres niños con los ojos fijos en la imagen, dos chicas de falda ancha y pañuelo en la cabeza que flanqueaban a un chico con una gorra, detrás de un muro de piedra.
– Son los niños que dicen haber hablado con la Virgen -explicó Afonso y, leyendo el pie de la foto, los identificó moviendo el dedo de izquierda a derecha-. Esta se llama Lucia, éste es Francisco y ésta es Jacinta.
La francesa miró fascinada la imagen.
– ¿Y qué vieron exactamente?
El capitán se puso a leer el texto, momentáneamente silencioso.
– Bien, el reportero comienza describiendo cómo llegó a la gándara de Fátima, diciendo que vio allí a mucha gente y que todos estaban rezando -dijo, explicando el texto que acababa de leer. Hizo una pausa más mientras leía los párrafos siguientes-. Comenzó a llover y los tres niños llegaron al lugar media hora antes de la anunciada aparición, los fieles se arrodillaron en el barro a su paso, y una de las niñas, Lucia, les pidió que cerrasen los paraguas. -Nueva pausa para leer-. El reportero dice que, a la hora esperada, el cielo comenzó de repente a clarear, la lluvia amainó y salió el sol. -Aún una pausa más-. Esto es muy interesante, escuchen -exclamó Afonso, que se puso a traducir el texto palabra a palabra, en voz alta-: «El astro recuerda una placa de plata mate y es posible mirar el disco sin el menor esfuerzo. No quema, no ciega. Se diría que se está produciendo un eclipse. Pero he ahí que se oye una sonora exclamación y a los espectadores más próximos que gritan: "¡Milagro, milagro! ¡Maravilla, maravilla!". Ante los ojos deslumbrados de aquella gente, cuya actitud nos transporta a los tiempos bíblicos y que, pálida de asombro, con la cabeza descubierta, encara el azul, el Sol tembló, el Sol tuvo movimientos bruscos nunca vistos, fuera de todas las leyes cósmicas: el Sol "bailó", según la típica expresión de los campesinos». -Afonso levantó la cabeza del periódico-. Interesante, ¿no?
– Oui -dijo Agnès, fascinada, mirando la fotografía de los tres niños en la primera página-. ¿No dice nada más?
El portugués retomó la lectura silenciosa del periódico y resumió su contenido.
– Dice aquí que el reportero habló con las personas y no todo el mundo estaba de acuerdo con lo que todos acababan de presenciar. La mayoría confirma haber visto bailar al Sol, pero otros aseguraron haber observado el rostro de la propia Virgen y que el Sol giró sobre sí mismo como una rueda de fuegos artificiales, bajando del punto donde se encontraba. Y unos pocos aseguran que hasta lo vieron cambiar de color.
– Ilusión óptica -comentó el barón Redier con una sonrisa condescendiente.